Cuenca, arte moderno y mucho vértigo

La ciudad antigua representa cada día su espectáculo de piedra, agua y arquitectura rodeada por el paisaje insólito de las profundas hoces, los farallones y las empinadas laderas de sus cerros. La inimitable relación entre el espacio natural y el urbano hizo de Cuenca un escenario único, que la Unesco declaró, hace 25 años, Patrimonio de la Humanidad.

Enrique Domínguez Uceta
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Foto: Freeartist / ISTOCK

Nada se parece a Cuenca. Lo sabía quien se aventuraba en el paseo de su parte alta, antigua, quien se perdía en el laberinto de sus callejas y pasadizos, y se asomaba desde la altura al abismo de las hoces que la rodean. Esos dos desfiladeros, tallados por los ríos Júcar y Huécar, aprietan las casas y los monumentos urbanos como un puño ciñe un manojo de espigas.

Para quien la encuentra hoy, Cuenca sigue siendo única, mágica, incomparable. La Unesco supo reconocer esa excepcionalidad hace ahora 25 años, incorporándola a su lista del Patrimonio de la Humanidad, para hacerla universal sin que dejara de ser secreta y fascinante. Los ríos de Cuenca, Júcar y Huécar, han abierto dos profundos cañones, dos hoces, en el límite de la serranía, donde esta se asoma en balcón a las tierras bajas de la Alcarria y La Mancha.

Casas Colgadas de noche, con el Museo de Arte Abstracto Español en primer término. | Iakov Filimonov / ISTOCK

Las hoces se unen en ángulo agudo esculpiendo una afilada proa rocosa coronada por la fortaleza y las casas de la ciudad histórica. Allí se instalaron los árabes, especialistas en ocupar estos enclaves escarpados, con el bosque a la espalda y la llanura a sus pies. Así era posible vivir a mil metros de altitud, gestionando los escasos recursos con perseverante inteligencia.

Parador de Cuenca. | jacquesvandinteren / ISTOCK

El casco viejo de la ciudad es estrecho, largo y alto, guardado en los costados por farallones de piedra que sirven como murallas naturales. Desde la parte baja, que ocupa la ciudad moderna, se accede al núcleo histórico por la calle Alfonso VIII. Pendiente y sinuosa, asciende hasta la plataforma de la plaza Mayor, dejando a ambos lados pequeños barrios en fuerte desnivel alrededor de templos y deliciosas placitas. La calle San Pedro sigue subiendo hasta el castillo, que defendía la entrada al recinto fortificado en el punto más alto y angosto, donde las dos hoces de los citados ríos entran casi en contacto.

El río Júcar a su paso por la ciudad. | zoom-zoom / ISTOCK

A los musulmanes se debe la primera fortaleza y el primer conjunto edificado, de calles retorcidas, en cuesta, con las casas sacando cuerpos en voladizo para generar un pintoresco juego de rincones y pasadizos. En el siglo XII es conquistada por el rey cristiano Alfonso VIII, que será su protector y le otorgará el famoso Fuero de Cuenca, modelo de leyes y libertades para otras ciudades. Ya cristiana, Cuenca comienza la formidable catedral de Santa María y San Julián, temprana avanzadilla del estilo gótico, con insólitas influencias normandas. La ciudad permanece vinculada a la elaboración de lana y de paños, mientras la parte alta se llena de casas nobles.

Vista de Cuenca desde el Parador. | Freeartist / ISTOCK

Paseando por Cuenca, es sencillo imaginar la población medieval compuesta por gente más culta que libre, congregada en cofradías y oficios, secretista y temerosa de la Inquisición. Los cristianos viejos se mezclaban con musulmanes y judíos conversos, participando en una trama compleja de intereses y de talentos diversos, desde los fundidores de metales a fabricantes de papel, tejedores y artesanos. Conviviendo todos en una ciudad pequeña, ceñida por precipicios, con puertas secretas, pasadizos y escalerones para enlazar las calles con los huertos, y grandes casas de hasta 10 plantas, con más pisos por debajo que por encima del portal, colgadas en el borde de las hoces.

Museo Fundación Antonio Pérez, Cuenca | D.R.

Artistas de vanguardia

Desde el siglo XVII, con la decadencia del comercio de paños, Cuenca sufre un progresivo estancamiento, y se presenta a mediados del siglo XX conservando su antiguo encanto, con un casco histórico casi abandonado, repleto de callejones deliciosos (Canónigos, Colmillo, del Peso), rebosante de iglesias, conventos y plazuelas que casi agotan el santoral (San Felipe Neri, San Miguel, San Pedro, San Nicolás…) y miradores volcados sobre las hoces desde los que la ciudad se contempla a sí misma con evidente agrado. Esa Cuenca antigua y empobrecida de mediados del siglo pasado enamoró a artistas de vanguardia que abrieron en silencio residencias y talleres en los que pasaron largas temporadas. Fueron frecuentes los encuentros entre Fernando Zóbel, Gerardo Rueda, Antonio Saura o Gustavo Torner, y de ellos surge la idea de crear el pionero Museo de Arte Abstracto Español en las Casas Colgadas, que se inauguró en 1966. Dedicado al informalismo español que triunfaba en el mundo, el museo abrió una nueva sensibilidad hacia el patrimonio, mostró que el arte de vanguardia y la arquitectura tradicional podían dialogar, iniciando el proceso que ha convertido una olvidada capital de provincia en una meca cultural, repleta de museos, con especial presencia del arte moderno.

Catedral de Santa María y San Julián. | Konstantin Kalishko / ISTOCK

La Cuenca del viajero tiene su centro en la animada plaza Mayor, la más amplia meseta en el entramado de desniveles de la parte alta. Desde ella parten, y a ella regresan, los recorridos por los caminos de ronda de la antigua ciudadela. En uno de sus costados se levanta la catedral, mientras el Ayuntamiento barroco forma un puente sobre la plaza, a la que divide en dos partes enlazadas por una elegante arquería.

La catedral de Santa María y San Julián es pionera entre las góticas en Castilla, con exótica influencia de modelos normandos. En el bello espacio interior guarda elementos extraordinarios, un hermoso triforio protogótico, el renacentista Arco de Jamete, y las vidrieras modernas diseñadas por artistas de vanguardia del siglo XX, Bonifacio Alfonso, Gerardo Rueda o Gustavo Torner. A doscientos metros del templo se encuentran las Casas Colgadas, nunca colgantes, una agrupación de edificios del siglo XIV, con bellas balconadas de madera del siglo XIX, junto a un mirador que contempla los rascacielos del barrio de San Martín.

Arco de Bezudo junto a restos de la muralla. | TONO BALAGUER / ISTOCK

En el interior de las Casas Colgadas se visita el Museo de Arte Abstracto Español, frente a una de las vistas más bellas de la ciudad, la del espectacular desfiladero de la hoz del Huécar. Desde sus balconadas se observa la fachada urbana de Cuenca formando un curvo friso panorámico de casas junto al precipicio y, al otro lado del cañón, el antiguo convento de San Pablo, repartido ahora entre el centro de arte Espacio Torner y el privilegiado Parador Nacional.

Uniendo las dos orillas de la hoz se extiende el ligero puente metálico de San Pablo, que invita al vértigo y permite al visitante colocar la mirada en el aire para sumergirse en las tres dimensiones del paisaje conquense.

Fachadas de colores en la plaza Mayor. | Marc Venema / ISTOCK

Desde la plaza Mayor, dos pasadizos descienden a las escalonadas terrazas del barrio de San Miguel, apoyadas al borde de los barrancos por cuyo fondo corren las aguas verdes del río Júcar. Otro camino se abre paso en el laberinto urbano hacia la plataforma de la esbelta Torre de Mangana, vestigio de las defensas del sur de la ciudad. Otra senda impresionante baja desde la plaza Mayor hacia la ermita de las Angustias por un retorcido escalerón empotrado en el farallón rocoso que pasa junto a la Cruz del Convertido, asociada a la leyenda de un perseguido por el diablo que salvó la vida al tocar la cruz, en la que quedó impresa su mano.

Vistas a la naturaleza

Desde la plaza Mayor hacia el Castillo se puede ascender por la calle San Pedro, entre casonas con escudos renacentistas, o bien tomar el camino de ronda que circunda la parte alta del recinto antiguo, abierto en miradores a las hoces de los dos ríos. Ambas rondas coinciden en la plaza del Trabuco, otro amplio espacio urbano junto a los restos del castillo y el arco de Bezudo, única entrada en el punto más elevado, al que en su día se podía acceder por un puente levadizo.

Hoz del Júcar y vista de Cuenca, con la Torre del Ángel de la catedral en lo más alto. | Roel Slootweg / ISTOCK

Los ríos, con su frondoso arbolado de ribera, los acantilados y los montes cubiertos de pinares cercan y aprietan la vieja ciudad, en la que siempre están presenten las vistas a la naturaleza. En cualquier momento es sencillo salir a los senderos que envuelven el casco y pasear por las hoces, frente a panorámicas impresionantes de los edificios apiñados.

La calle de los Tintes es muy especial. Habla del oficio antiguo de los tintoreros, y corre a orillas del río Huécar, que dibuja la cintura que separa las partes alta y baja. La puerta de Valencia es otro acceso posible a la acrópolis conquense, aunque el principal sea el formado por la larga cuesta de Alfonso VIII y la calle San Pedro. De este eje se desprenden recorridos llenos de encanto.

Vista del antiguo Ayuntamiento desde la Bajada de las Armas. | / ISTOCK

Desde la puerta de San Juan es posible bajar a la orilla del Júcar, por San Felipe se va al Jardinillo del Salvador, sin olvidar las plazas conectadas de La Merced y Mangana, la bajada a San Miguel o las rondas. Al denso tejido de templos y conventos se suman las sedes de las cofradías que dan vida a una Semana Santa extraordinaria, por su dramatismo y la belleza de sus recorridos en un ambiente medieval.

Calle Alfonso VIII | MFG / ISTOCK

La ciudad moderna se extiende en la llanura a los pies del accidentado casco antiguo, a modo de patio de butacas ante un escenario. En esa zona llana transcurre la tranquila vida cotidiana, en torno a la calle principal, Carretería, a la calle Colón y al urbano parque de San Julián. Junto a los convencionales edificios residenciales destacan varias obras modernas de interés arquitectónico, la Delegación de Hacienda de Zuazo, el Banco de España, la Caja de Ahorros de Cano Lasso, la insólita Casa de la Cultura de Fisac y, en las afueras, el Teatro-Auditorio y el reciente Museo de Paleontología de Castilla-La Mancha.

Senderos de las hoces del Júcar y Huécar | David Andres Gutierrez / ISTOCK

En torno a Carretería y a la plaza Mayor se concentran las reposterías tradicionales, los bares y restaurantes que animan la vida diaria y añaden sabores a los paseos. Cuenca tiene personalidad en la gastronomía, con el morteruelo por emblema, un delicioso paté caliente con seis tipos de carne.

De la serranía llegan truchas y del mar, el bacalao en salazón presente en el ajoarriero. Sus bosques aportan venado y jabalí y caza menor (liebre, conejo, perdiz y codorniz). Los típicos zarajos recuerdan que es tierra de pastores, expertos en calderetas y asados de cordero. El alajú es un postre que mezcla miel, almendras y azúcar, y se puede acompañar con resolí, un licor con acentos de naranja, canela y café.

Vista de la ciudad con (de izq. a dcha.) el Parador, el puente de San Pablo y el casco histórico. | Steve Heap / ISTOCK

Bajo el manto grato de la tranquila vida ciudadana, Cuenca oculta un denso trasfondo de hondura y misterio, en el que los artistas encuentran significativos estímulos estéticos, que han inspirado la poesía de Federico Muelas, de Acacia Uceta o Diego Jesús Jiménez, las canciones de José Luis Perales, las novelas de Raúl Torres o de Raúl del Pozo, las películas de Juan Antonio Bardem, de Carlos Saura o los cuadros de su hermano Antonio y de Fernando Zóbel.

No resulta extraño que la ciudad manchega albergue eventos de prestigio internacional como la Semana de Música Religiosa (suspendida este año 2021 por culpa de la pandemia), porque Cuenca contiene, en el bello cáliz de sus paisajes, un secreto tesoro de oscura e inapresable energía.