Cuenca: Comienza el año viendo arte abstracto en las Casas Colgadas

Cuenca no está en un cruce de caminos. El viajero cambia a propósito su rumbo para alcanzar una capital de provincia encaramada en una mole de piedra y abrazada por dos ríos, el Júcar y el Huécar. Una vez allí, nos aguarda uno de los museos más encantadores de España.

Manuel Mateo Pérez
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El Museo Nacional de Arte Abstracto es uno de los centros culturales de mayor singularidad en Cuenca. Ya sea por su emplazamiento o por las sobresalientes obras de arte que encierra, este museo es de obligada visita.

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Enclavado en las Casas Colgadas y gestionado por la Fundación Juan March, sus salas exhiben obras de Sempere, Tapies, Torner, Chillida, Serrano o Antonio Saura, que tanta vinculación guardó con éste y otros rincones de la ciudad. Fue Fernando Zóbel (1924-1984) quien más apoyó la idea de crear un museo de estas características en una ciudad que también evoca un carácter abstracto en cuanto a su urbanismo. 

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La historia y la leyenda cuentan que Cuenca nació el mismo día y a la misma hora que Roma. Su apiñado caserío, de ocres tonalidades, se levanta desafiante entre las hoces de dos míticos ríos, el Huécar y el Júcar, alimentados por una limpia agua y por decenas de evocadoras leyendas. La capital de las Casas Colgadas encierra su mejor postal en el interior de sus plazas y empinadas callejuelas. 

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Muy cerca de las Casas Colgadas, a un salto del Museo de Arte Abstracto, se halla la Catedral, cuyas vidrieras emparentan con aquella tradición pictórica de la segunda mitad del siglo pasado. La construcción de la Catedral se inicia en el Siglo XII. Hoy es la más sobresaliente muestra del arte gótico-anglonormando en España, una pieza original, inigualable, una rareza con la que Alfonso XIII quiso complacer a su esposa Leonor, una princesa inglesa nacida en tierras normandas.

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Monumento Nacional, de su interior destaca la rejería renacentista, obra de Esteban Lemosín. Las puertas de las salas capitulares son atribuidas a Berruguete, y las esbeltas esculturas son de Pedro de Mena. La tenue luz que ilumina la nave central de la Catedral invita al reposo y al descanso del que hasta aquí ha llegado. Ubicada en la plaza Mayor, la blanca fachada de la Catedral contrasta con los colores tostados que pigmentan las paredes del laberíntico plano urbano de Cuenca.

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En 1447, años antes de que toda la Península Ibérica fuera territorio cristiano, Cuenca empieza a configurarse como ciudad. Nacen así dos nuevos barrios: el de San Antón, junto al Júcar, formado por callejuelas y guardando el santuario de la Virgen de la Luz, y el barrio de los Tiradores, a la izquierda del Huécar. 

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Al encuentro del visitante salen recoletas plazas, concurridas y animadas en verano por frescas terrazas. La calle de San Pedro sube al barrio alto de la ciudad, donde, no sin dificultad, se vislumbra lo poco que queda en pie de la arquitectura islámica. Cuenca, que debió a aquel pueblo buena parte de lo que hoy es, apenas posee de su refinada cultura algunos lienzos de muralla, un desbaratado castillo y un muro decorado con yeserías con restos de escritura cúfica que puede admirarse en el Palacio Diocesano.

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Más abajo, aún resiste el paso del tiempo la Torre de Mangana, una atalaya desde donde se divisa una espléndida vista de la ciudad y de sus alrededores. Los musulmanes quisieron ubicar en esta zona la barriada de artesanos y comerciantes, la zona de más bullicio. Hoy la Torre de Mangana, los restos que quedan de la antigua fortaleza mora, abre el paso a la ciudad vieja.