La Cuba del tabaco y los guajiros

Un paseo por el Valle de Viñales, en el occidente de la isla, allí donde descansa la tierra de los famosos habanos.

Noelia Ferreiro
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Foto: Vadim_Nefedov / ISTOCK

Ni la Cuba bullanguera de La Habana ni la de las playas resplandecientes que emulan el paraíso. Hay otra Cuba de interior que exhibe la esencia rural, que discurre entre vegas de tabaco y árboles de frutas tropicales, que está habitada por hombres de piel curtida que arrean yuntas de bueyes y mujeres que contemplan el paisaje silencioso desde sus casas con el techo de palma. Es la Cuba que descansa en el occidente de la isla, a 180 kilómetros de la capital, en el que está considerado uno de los enclaves más bellos, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Estamos en la provincia de Pinar del Río, donde se encuentra el campo más fértil. Aquí el suelo no sólo es óptimo para el cultivo del mejor tabaco del mundo, sino también para el del café, la caña de azúcar, los plátanos y los aguacates. En este lugar, además, los pinares relucen sobre el rojo intenso de la tierra y los mogotes, esas formaciones kársticas moldeadas por la erosión, emergen de forma abrupta como montañas redondeadas.

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Enclavado en plena Sierra de los Órganos reside el Parque Nacional de Viñales, la máxima expresión de la labor agraria de los guajiros. Y también la cuna de los famosos habanos, como se aprecia en las extensas plantaciones salpicadas de bohíos, las típicas viviendas de los campesinos donde las hojas se secan al sol. Hay un lugar para aprender sobre este mundo: la Casa del Veguero, una finca con tabacales y secaderos regentada por varias generaciones, donde se puede aprender todo sobre el proceso de producción.

A caballo, como los propios jinetes locales protegidos por sombreros de paja, se pueden recorrer estas tierras lo largo de 150 km2. Para ello existen rutas señalizadas en las que saldrán al paso los diferentes atractivos de la región. Como el Mirador de los Jazmines, el mejor lugar para admirar la belleza del conjunto: desde su altura se divisa el esplendor del valle salpicado por flamboyanes anaranjados, cedros, ceibas y algarrobos que puntean entre las plantaciones de tabaco. 

Mural de la Prehistoria. | lenawurm / ISTOCK

También está el valle de las Dos Hermanas, a la derecha del pueblo de Viñales. Dos mogotes, en realidad, que están presididos por el Mural de la Prehistoria, una gigantesca pintura (180 x120 metros) realizada sobre un paredón rocoso por el artista cubano Leovigildo González, que fue discípulo de Diego Rivera.

Es esta también una provincia plagada de cuevas fabulosas.  Como la del Indio, cuyo interior se puede sortear a bordo de un bote que navega por el río San Vicente. Es un bonito paseo entre formas caprichosas (estalactitas, estalagmitas y hasta restos de pinturas precolombinas) que puede completarse con un baño en los manantiales de aguas hipotermales que, a unos dos kilómetros, fluyen de las entrañas.

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Otra cueva sorprendente es la de San Miguel, también conocida como El Palenque de los Cimarrones. En su fondo aguarda una especie de museo que recrea el que llego a ser, siglos atrás, un asentamiento de los esclavos africanos escapados de sus señores. Nada sin embargo enloquecerá más a los amantes de la espeleología que la Cueva de Santo Tomás, en Moncada, al oeste del valle. Con sus ocho niveles y 46 km de galerías, se trata del mayor sistema cavernario de Cuba y del segundo del continente americano.