Cuba: una ruta tras los pasos de Hemingway

El escritor norteamericano gestó en la isla, entre mojitos y daiquiris, algunas de sus obras más célebres.

Noelia Ferreiro
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Para él fue siempre aquella isla «larga, hermosa y desdichada». Nada acompaña mejor a la imagen literaria de Cuba que la figura inconfundible de ese hombre fornido de andares mansos y barba de plata, de gorra marinera y pipa en los labios.

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Ernest Hemingway, el escritor más omnipresente, lúcido y vital, el cronista desgarrado de las guerras y el dolor, el miembro más desencantado de la Generación Perdida, fue norteamericano de nacimiento, pero cubano de corazón.

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Aquella isla «que le llenaba el alma de jugos» supuso para él mucho más que un motivo de inspiración. Porque es cierto que, palmo a palmo, devoró todos sus rincones, que retrató su mar, su aroma y su calor humano. Pero lo que siempre alabó de ella el autor de El viejo y el mar va más allá de su capacidad para llenarle de energía creativa: «El clima cubano y la actividad deportiva me vigorizan física y mentalmente», repetía con frecuencia.

Enamorado de la brisa

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Más de veinte años vivió Hemingway en La Habana, después de aquel breve primer contacto de 1928, en el que hizo escala en la ciudad rumbo a la remota Cayo Hueso. Impactado por su belleza, el escritor volvería años más tarde para participar en la pesca de altura, una de sus mayores aficiones.

Desde ese instante, ya nunca pudo desligarse de Cuba. Y aunque el tiempo entre visita y visita se fue acortando gradualmente, tuvo que llegar el fin de la Guerra Civil española para asentarse en este trocito tropical de manera definitiva.

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En Cuba conoció el escritor placeres tan saludables como el de abrir de par en par las ventanas del Hotel Ambos Mundos, su primer paradero en la isla, para dejarse invadir de pronto por la brisa de la bahía.

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Allí mismo, en la habitación 511 de ese hotel de la calle Obispo, en pleno centro histórico de la capital, nacieron sus mejores cuentos, esos que situaban la acción en los fondos coralinos de la costa o en los botes de los humildes pescadores amarrados al vetusto muelle.

Tragos míticos

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Cuentan que Hemingway, que fue un hombre dado a la bebida, se levantaba al alba para desayunar en el café de la esquina e iniciar su habitual recorrido hasta El Floridita, donde ha quedado instaurado para siempre el daiquiri Papá (su apodo cariñoso), tanto como esa estatua fundida en bronce con la que ha sido inmortalizado en su gesto más habitual: la mirada perdida en el horizonte, la media sonrisa pícara y el codo firmemente anclado sobre la barra del fondo a la izquierda.

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De aquí a los mojitos de La Bodeguita de En medio (“my mojito in La Bodeguita, my daiquiri in El Floridita”, decía siempre) sólo había un agradable paseo por las calles adoquinadas de La Habana.

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Entrañable y generoso (pero también pendenciero y machista), Hemingway supo contar como nadie la esencia de la isla caribeña y los olores que emanaban de Cuba: el de la harina almacenada de La Habana Vieja, el de la madera de las cajas de envase, el del café tostado y el tabaco.

Su casa museo

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Alentado por su tercera esposa, Marta Gellhorn, en 1939 compró la finca La Vigía, un refugio perfecto en la localidad de San Francisco de Paula, a 15 kilómetros de La Habana. Aquí escribiría algunas de sus obras más célebres: Por quién doblan las campanasA través del río y entre los árbolesParís era una fiestaIslas en el golfo... y la aclamada El viejo y el mar, por la que recibió el premio Pulizter en 1953. 

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Hoy La Vigía es el Museo Hemingway, conservado tal y como estaba: su máquina de escribir Royal y su carabina Mannlicher; su revistero y su poltrona; las habitaciones con las piezas de caza colgadas de las paredes y la biblioteca, con una hilera infinita de más de 8.000 libros colocados en los estantes.