Cuba en 12 días

Hay canciones que son como un lugar. Así pasa con los acordes de "Guantanamera", escrita por Joseíto Fernández. Las estrofas del poeta José Martí y sus octosílabos inspiran para ponerse rumbo a la Cuba campesina e hincarle rueda a la columna de esta isla caimán. Sólo dejando atrás las luces habaneras resulta posible identificar una "cubanía" interior.

Ana G. Vitienes
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Foto: AGE Fotostock/Patrick Frilet

Día 1. Un poeta, un atasco y una Virgen. La Habana bautiza en el arte del cubaneo. Santigua con unos sorbos de daiquiri -con acento y limón criollo, según lo sirven en El Floridita de la calle del Obispo- y bendice con unos cuantos mojitos sin angostura, al toque criollo, entre pecho y espalda en cuanto uno aterriza. La cuestión es iniciarse para afrontar el calor, la rumba, la relatividad del tiempo, la importancia de la improvisación, la omnipotencia del presente: el gen de la tropicalidad. Pero, claro, luego queda el asunto de la cubanía, imprecisa radiografía identitaria que solapa tipismo y actualidad. Y todo inspira la solución: un viaje campesino. Hasta la fachada colonial, azul y ocre de la Casa Natal de José Martí (Leonor y Pérez, 314. 9-18.30 h. 1 CUC), héroe y poeta nacional. Porque en ausencia del poeta flotan los versos que componen las estrofas de Guantanamera, y entre sus recuerdos personales destaca la señal: un retrato de su esposa camagüeyana. La Bahía desaparece bajo un túnel cerca del Castillo del Morro. Visita obligada para pedir protección en el viaje: el Santuario de Nuestra Señora de Regla o Yemayá, sagrado para cristianos y sincréticos del credo yoruba lucumí. Se reza una oración cristiana o un súreye africano. Ella protege la Bahía, dueña de las aguas, y recibe velas y conchas, vestida de azul y blanco, como mar y espuma. Desde allí, la Vía Blanca pone rumbo a Cojímar y las siete Playas del Este -el circuito azul: Bacuranao, Taraná, Santa María del Mar o Guanabo, favorita de los cubanos-. El fin de semana la carretera es un espectáculo: en el asfalto, una avalancha de Buicks, Pontiacs y Chevrolets de los 50 recauchutados, bicicletas, sidecares, guaguas. bici-taxis, mini-taxis o coquitos, coche-taxis particulares o boteros... En el andén, grupos de personas pidiendo botella (autoestop) o esperando al omnibús 400, rodeados de un batallón de vendedores.

El guía avisa de los baches mientras regatea por unos mangos. Empieza con recomendaciones: madrugar porque las distancias engañan, nunca viajar de noche por la escasa iluminación. Sale al paso Matanzas, puerto y cuna del danzón. El Museo Farmacéutico, cerca de la plaza de La Libertad, es una joya de 1882 que merece un café y una parada. Pero llegar a la Autopista Central, que atraviesa el territorio cubano de este a oeste, se impone.

Día 2. Los dominios del caimán. Los mangles y la humedad dominan la Ciénaga de Zapata, el mayor humedal del Caribe y Reserva de la Biosfera. Su bahía ha sido asentamiento taíno, guarida de piratas, victoria revolucionaria -la de Playa Girón o roja, y Playa Larga o azul, en 1961- y, ahora, enclave turístico. Saluda un compañero con sombrero de yarey que porta un caimán colgado al hombro. En torno a la Laguna del Tesoro, dentro del Parque Nacional, la visita estrella es el Criadero de La Boca (9-16.30 h. 5 CUC). Centenares de cocodrilos rombíferos y otros saurios esperan al sol la comida. Además de los paseos en barca, donde si hay suerte se puede ver el curioso pez fósil manjuarí, la paz es un baño en el Cenote de la Cueva de los Peces y comer luego en la orilla una parrillada de pescado. Tiene su simbolismo la azucarera Central Australia -hoy Museo de la Comandancia (8-17 h. 1 CUC)-, que sirvió de cuartel a Fidel Castro durante la invasión de Bahía Cochinos.

Día 3. Mulata y marinera. Los baches acompañan lo mismo que los pasos a nivel sin barrera, los animales sueltos y varios viajeros que piden botella (transporte) a cambio de su historia. Todo vale mientras se desciende hacia la Bahía de Cienfuegos, protegida del mar por el Castillo de Jagua y el vacacional Rancho Luna. Se distingue ya desde lejos la luz de Cienfuegos, "un largo destello de oro", según precisó Graham Greene en Nuestro hombre en La Habana. Un Dorado de toque francés que recuerda su auge como puerto azucarero; la Perla del Sur derrocha detalles arquitectónicos dejados por sus colonos, llegados de Burdeos y de Nueva Orleans.

Recorrer las casas señoriales de Punta Gorda y admirar las fachadas columnadas con exuberantes tonos pastel desde el Mirador del Palacio Ferrer proporcionan gestos de una Cienfuegos marinera y mulata. Los mitómanos gozarán en el Teatro Tomás Ferry (9-18 h. 1 CUC), donde actuó Enrico Caruso, o tarareando a Benny Moré, El bárbaro del ritmo, en su provincia natal. Los demás tienen el Jardín Botánico de la Soledad (9-17 h. 5 CUC), fundado en el año 1912, con más de 307 especies de palmeras.

Día 4. Las calles del azúcar. Estrenamos el primer parche o ponchera que llevábamos en el kit de emergencias para hacer frente a un pinchazo casi a la entrada de Trinidad. Unos zapatos con suelas gruesas y un sombrero es lo único necesario para saborearla al atardecer, ya sin excursionistas. Crecida con la riqueza de los ingenios azucareros del valle anexo en los siglos XVI al XIX, su producción de oro blanco la dotó de un porte colonial único. Su vetusta hilera de palacios, como el Cantero y el Brunet -hoy convertido en Museo Romántico (9-17 h. 2 CUC)-, las casas opulentas de Padrón o Sánchez -Museo de Arquitectura Colonial- y poderosas familias del azúcar -los Borrel, Iznaga, Bécquer...- muestran interiores decorados al gusto aristocrático europeo. Una vista ideal, la del Convento del Palacio de Asís. Al caer la tarde, vibra la Plaza Mayor, donde los músicos tocan en los escalones de la iglesia de Santísima Trinidad y venden sus compactos mientras el público bebe sodas y baila. En el contiguo Valle de los Ingenios, un tren a vapor sale desde Trinidad y cruza las antiguas plantaciones. Se distingue la Torre de Manaca Iznaga, que servía de observatorio para controlar a los esclavos de las plantaciones. A poca distancia, la Playa de la Boca es un lugar animado para pasar el día; el otrora floreciente puerto de Casilda resulta una sorpresa, lo mismo que sus playas de María Aguilar y Ancón.

Día 5. Café con Che y patinetes. La vertiente norte de la sierra de Escambray asciende entre bosques de palmeras reales, pinos de Mayarí y anacardos; paraje que sirvió de escondite a la guerrilla durante la Revolución Cubana. Por aquí no es raro ver subir a los trabajadores de los cafetales en patinetes caseros. En esta altitud -hasta 700 metros-, el grano de café cobra cualidades aromáticas insospechadas, según nos invita a comprobar una vecina durante una parada técnica. Habla, muele, hierve y endulza en el momento un brebaje negro y espeso que sabe a gloria.

"Tu ejemplo vive. Tus ideas perduran". No hace falta acercarse a la universitaria Santa Clara para recordar su puesto en la memoria colectiva cubana. Los carteles con la imagen de Ernesto Che Guevara, sus consignas y cartas, lo anuncian. Aquí tuvo el líder revolucionario su cuartel general, reposan sus restos desde 1997 y nació su leyenda, en el último eslabón de los barbudos hacia la capital. Los monumentos dedicados a su figura son un must temático: están los 22 vagones del Monumento al Tren Blindado -el auténtico que hizo descarrilar; dos vagones funcionan como museo-, y en la plaza de la Revolución, el Memorial al Comandante, con una sala donde reposan sus restos junto con otros seis compañeros. A la salida, la ruta conduce por el lago Hanabanilla, al pie del macizo del Escambray, hasta un balneario de aguas minero-medicinales y termales: Topes de Collantes.

Día 6. La hermana colonial. Fuera de las comodidades de la carretera principal y, tras los retrasos a causa del caso de un puelco (cerdo) atropellado por un conductor de paso -cuyo estropicio en la máquina, por cierto, no cubre el seguro- que congregaba a unos cuantos dueños en medio de la carretera, la pequeña ciudad de San Juan de los Remedios estimula de nuevo el sabor colonial. Fundada en 1514 y crecida en torno al parque José Martí, su tranquilidad pegajosa sólo se altera cuando celebra las parrandas remedianas. Lo mejor es la ausencia de turistas en esta hermana pequeña de Trinidad. Cerca de la iglesia de San Bautista queda la mansión del jurista y compositor Alejandro García Caturla, hoy Museo de la Música (1 CUC), que introdujo los ritmos africanos en la música cubana y escandalizó a la burguesía local por casarse con una mujer negra. Un cangrejo gigante anuncia la entrada a Caibarén y, de ahí, los 48 kilómetros de travesía por un pedraplén que parece flotar sobre el agua se hacen rápido hasta llegar a Cayo Las Brujas y Cayo Santa María, destinados al relax y la práctica de deportes acuáticos. Sólo los extranjeros tienen acceso; hay un puesto de peaje donde solicitan los pasaportes.

Día 7. Cruce de refranes. De vuelta al cruce de caminos, Sancti Spíritus puede considerarse el nudo de comunicaciones viarias de la isla, lugar de tránsito obligado en el centro de la Carretera Central. Ciudad monumento en proceso de rehabilitación, de calles de trazado irregular y cientos de inmuebles antiguos, su vinculación al cultivo del azúcar permanece cerca: la mayor refinería de la isla, la Central Uruguaya, se distingue justo a la entrada. Da gusto caminar por sus pintorescas casas del Llano, o sentarse a conversar con los paseantes con guayabera y gorras chillonas en el Parque de Serafín Sánchez, entre un intenso tráfico sin apenas turistas. En el barrio de San Juan, encaladas en amarillos intensos y suelos empedrados, las familias se sientan a jugar al dominó y a tocar el tres. A la salida, no tiene pérdida la Casa de los Refranes (Tomás Álvarez), cubierta por cientos de dichos y expresiones cocidas en el puro ladrillo. Y eso que parecían graffitis desde la carretera...

Día 8. Del gallo de Morón. Carteles de consignas revolucionarias, palmas reales y grupos de pioneros o estudiantes de primaria que salen de clase se concentran en las inmediaciones de Morón, una de las puertas a los cayos de los Jardines del Rey. La gracia de esta población, donde residen buena parte de los empleados de sus complejos hoteleros, es su gracejo y su vinculación a la ciudad homónima andaluza y a la historia del gallo de Morón, un son que es todo un canto contra la petulancia ("Anda que te vas quedando/ como el gallo de Morón/ sin plumas y cacareando/ en la mejor ocasión"). Le han construido una gigantesca estatua honorífica que cacarea dos veces al día. Otros suelen buscar aquí alojamiento como alternativa a los cayos, aunque la oferta deja que desear. Los alrededores ofrecen un entorno único, como la Laguna de la Leche, el lago natural de agua dulce más grande de Cuba. El Parque Nacional de Caguanes reúne abundante flora y fauna autóctona, como el murciélago mariposa que habita la Cueva Tres Dolinas, muestras de arte rupestre y petroglifos.

Día 9. Al sol de los Cayos. Aguas cristalinas, servicio agradable, Caribe en estado puro. El cuarto islote en extensión de la República, e insignia de la cayería norte, Cayo Coco, luce separado de Cuba por la Bahía de Perros. Paraíso para el buceo y la observación de aves -incluido el ibis blanco, que le da nombre por su apodo-, tres cuartas partes de su superficie son Reserva Natural. Con 22 kilómetros de playas rodeadas de caobas, sabinas, almácigos, manglares y cocotrinas, hay donde elegir: la cercana Playa Colorada o Los Flamencos y Playa Prohibida, más aisladas. Por su parte, Cayo Guillermo se conecta con Cayo Coco por un pedraplén. En sus playas se puede nadar durante metros sin alcanzar profundidad. La niña bonita: Playa Pilar, explorada en barco por Hemingway y considerada un tesoro entre los conoisseurs. Las desconexiones prolongadas dan tiempo a hacer travesías en lancha, desplazarse al sitio La Güira... Ganan los tratamientos del centro Acuavida Centro Spa-Talaso (Avenida de los Hoteles), bajo el sol made in Caribe.

Día 10. Tinajas gigantes de Camagüey. Es la más española de las villas fundadas por Diego Velázquez en 1515. Lo dicen los tinajones de barro levantados con cinchas y picaresca de herencia catalana que se entierran para recoger el agua de lluvia -hasta cien litros-. Y ese trazado imposible, pensado para despistar a los piratas. Con sus fachadas del siglo XVIII pintadas de ocre, lavanda y rosa lánguido, Camagüey eclosiona desde dentro con embrujo casi sevillano en sus más de veinte iglesias rebosantes de tallas y tabernáculos -Mayor, La Merced, del Carmen...-, sus mansiones dieciochescas -como la que aloja la Casa del héroe Ignacio Agromonte (10-18 h. 2 CUC)- y en sus patios carcomidos por el calor, que gotean una esencia almibarada entre la celosías de hierro y la vegetación. Pero sobre todo se identifica con ese olor a arcilla mojada y ladrillo cocido que despide el piso cuando llueve, con el matiz cobrizo de los tejados rematados con teja criolla, moldeada sobre el muslo del artesano. Nicolás Guillén, poeta camagüeyano, aseguraba que de las andanzas por estas calles nacieron sus más puras emociones humanas.

Día 11. Corales de Santa Lucía. Rumbo al norte, buscando una salida al mar, la carretera llanera recorre cien kilómetros de campos de caña y pastos vaqueros hasta divisar una costa de playa de primera: Santa Lucía, con 21 kilómetros de arena dorada y aguas turquesas. El firme es mejorable y el parque hotelero tiene su edad, pero es un arenal abierto para cubanos y extranjeros. Además, cuenta con el tramo de arrecife coralino más largo del hemisferio oeste, situado a unas brazadas de la orilla. El buceo resulta aquí prácticamente un juego de niños -sólo a su alrededor hay 35 puntos de inmersión-, y la protección de la cercana Sierra de Cubitas lo convierte en un combinado todoterreno para la observación de aves y tortugas y también para la espeleología. Al lado, la Playa Los Cocos tiene un restaurante para comer buen pescado y, si se llega temprano, disfrutar de absoluta intimidad. La visita extra es Cayo Sabinal, antiguo refugio de piratas, lugar de silencio y baño en soledad, con las ruinas del Fuerte San Hilario (1831) y un faro de Colón que aún guía a los navegantes.

Día 12. Tras los restos taínos. La foresta gana en densidad a medida que se toca territorio oriental, provincia de Holguín. El coche acusa el esfuerzo, pero lo que refresca los ojos merece la pena: numerosos bohíos, bosques de palmas reales, cerros como la peculiar silla de Gibara... Los nombres de poblados que marcan ruta -Melones, Potrerillos, Calabazas, Aguada la Seca...- confirman que vamos en la dirección adecuada, rumbo al túmulo taíno del Chorro de Maíta, el sitio arqueológico que completa el Museo Indocubano Bani (Gral. Marrero e/ José Martí. 1 CUC) y su ídolo de Banes. En medio de la selva color jade, llena de flores y de pájaros, este sitio funerario de los indios aruacos se considera el mayor recinto sepulcral de las Antillas: 108 enterramientos originales, cada uno agarrado a sus ajuares, listo para viajar al Cuabay o lugar del que ya no se regresa.

Siete kilómetros cuesta abajo, después de abrir boca con las aguas cálidas de Playa Pesquero, el acuario de Bahía Naranjo y las olas de Playa Esmeralda, desembarcamos en Guardalavaca. Encontramos un mar calmo y tibio, y lo mejor de todo, protegido hasta la orilla por la sombra de árboles uva caleta para no quemarse. Es la invitación a la música, el ron, el reposo; la asimilación definitiva de la cubanía.

El canto del llano

Cuerdas de doma, botas con espuelas, pañuelos al cuello, sombreros de yarey, camisas de manga larga y pantalón de faena, siempre en la grupa como exige el oficio y no muy habladores. Si se bajan de su montura, se sienten incómodos, "como mitad hombre". Pero sobre el caballo demuestran el temple de una tradición ganadera de 200 años. Fuera de la vista del turismo, este carácter menos asociado a la imagen pública del cubano se impone en la fértil llanura camagüeyana, provincia azucarera -también arrocera- que además es la gran productora de carne de la isla. En torno al caballo y la res se desarrolla un estilo de vida peculiar, en total interacción con el paisaje y la tarea. Su música cotidiana, compuesta por décimas cantadas con el tiple, hunde sus raíces en el romance hispánico y tiene más de poesía popular que de variación musical, como bien explica Natalio Galán en Cuba y sus sones. En la isla existen 30 centros equinos y numerosas fincas ganaderas; en muchas predomina un cruce de res con cebú resistente a temperaturas tropicales, denominado Taíno de Cuba. Una visita donde acercase a estos vaqueros diferentes es el centro Rancho King (Ctra. Santa Lucía, km. 21. Guáimaro), donde sirven asado en púa y realizan demostraciones de monta y lazo.

Distancias desde La Habana

Matanzas 98 km.
P.N. Ciénaga de Zapata 150 km.
Cienfuegos 256 km.
Santa Clara 280 km.
Trinidad 345 km.
Sancti Spíritus 348 km.
Cayo Coco 400 km.
Camagüey 535 km.
Guardalavaca 734 km.