Creta, una isla para hedonistas

No sólo es la mayor del país heleno sino también la más completa, diversa y fascinante. Algo así como una isla-universo porque, realmente, lo tiene todo

Noelia Ferreiro
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Asentada en la encrucijada de tres continentes, allí donde Europa, África y Asia cruzan sus destinos, Creta es la más extensa de las Islas Griegas. También es, para muchos, la más seductora, ya que en su grandeza atesora una variedad inimitable, ideal para el viajero que un destino redondo, para aquel que persigue experiencias playeras, culturales, gastronómicas y de aventura.

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Increíble riqueza histórica

Y es que Creta, que precisamente por su atractivo acoge a la cuarta parte de los turistas de Grecia, es una isla dibujada con un cautivador conjunto de montañas y playas, de llanuras y desfiladeros, de ciudades cosmopolitas y tranquilas aldeas de pescadores. Unas isla dotada además de una apabullante riqueza histórica. En este territorio hundido en el origen de los tiempos donde la mitología sitúa el nacimiento de Zeus, emergió también la cultura minoica y se fueron amontonando después una civilización sobre otra. El resultado: ruinas legendarias de la Antigüedad, pintorescos puertos de sabor veneciano, exóticas mezquitas y monasterios bizantinos.

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Pero más allá de su belleza natural y su diversidad arquitectónica, esta isla famosa por ser la cuna de Doménico Theotocopulos, El Greco, y más tarde, por convertirse en el set de rodaje de la inolvidable película Zorba El Griego, se distingue por el culto a la buena vida. Por el amor a la tierra y el calor humano. Los cretenses son gente cálida y hospitalaria que mantiene viva su cultura y que cuida con mimo sus costumbres. Pasando por alto algunos pocos estragos acometidos en la costa, existen aldeas tradicionales de montaña y poblaciones no contaminadas por el turismo.

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Además, con sus cuevas misteriosas, sus impresionantes gargantas que se deslizan hacia el mar, sus idílicas playas y sus calas remotas, aquellos que la visiten podrán encontrar siempre un lugar solitario para vivir una Creta propia. Un rincón donde dejarse contagiar de la esencia del Mediterráneo. O en definitiva, de la Grecia más hedonista. 

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Hania y Rethymnon

Hania (o Chania) y Rethymnon son, sin duda, las ciudades más evocadoras. La primera, con su red de calles retorcidas que van a parar al puerto, es el lugar donde perderse para saber lo que es el tiempo congelado y, ya de paso, repasar la historia de la isla. Ecos de minoicos, helenísticos y romanos retumban en su atmosfera, en la que también se escucha el rumor que dejaron después otras invasiones posteriores.

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La segunda, como un cuadro pintado por Canaletto, conserva el color auténtico de la ciudad de las góndolas, el estilo medieval que quedó impregnado bajo el largo dominio veneciano. A su espalda, el casco antiguo, con sus casas decadentes reconvertidas en tiendas y restaurantes, da cuenta de otros tiempos más próximos: cuando esta población, que hoy hace gala de incombustible ambiente universitario, fue el centro bohemio de Creta gracias a la llegada de artistas e intelectuales procedentes de Constantinopla.

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Fuera de ambos puertos pintorescos, nadie que viaje a Creta debe perderse el Palacio de Cnossos para apreciar la sofisticación de los minoicos, ese pueblo que dejó tan alto el listón en el arte y la ingeniería. Un interesante yacimiento que tiene un plus de resonancias mitológicas puesto que este palacio, que data de hace 4.000 años, no sólo fue el hogar del rey Minos, hijo de Zeus, sino que también acogió un famoso episodio: el del laberinto construido entre sus muros para esconder al terco minotauro, del que sólo Teseo, con el hilo de Ariadna, pudo escaparse sano y salvo.

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Tampoco hay que dejar de ver la Garganta de Samaría, la joya natural de la isla, que es el desfiladero más largo de Europa, cincelado por el río Omalos en el corazón de las Montañas Blancas. Un paisaje espectacular en el que, a lo largo de dieciocho kilómetros, el camino es un vaivén de pasadizos entre paredes verticales que compiten por arañar el cielo.

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Y por supuesto, está el apartado de las playas, fantásticas como todas en Grecia. Las hay para dar y tomar, pero nos quedamos con dos imprescindibles: la de Balos, situada en un Parque Natural al noroeste de la isla, famosa por acaparar las portadas de las revistas; y la de Elafonisi, de arena rosada y cálidas aguas cristalinas, considerada entre las más bellas de Europa.