Cráter del Ngorongoro

En los apenas veinte kilómetros de diámetro de este cráter de un volcán ya extinto queda encerrada, o casi, tal representación de la fauna africana que resulta casi irreal.

Elena del Amo

Los animales, en realidad, no tienen dificultad en entrar y salir a voluntad del interior de este cono hundido que se extiende por 300 kilómetros cuadrados cercados aparentemente por las paredes del cráter. Sin embargo, el fértil suelo volcánico y la abundancia de agua hace que la vegetación sea profusa, con lo que los herbívoros, complacidos, no parecen tener intención de buscar fortuna en otros horizontes, y mucho menos los predadores, a los que la cantidad de presas les supone un cebo irresistible. Como consecuencia, en un espacio reducido, y hasta manejable para el viajero, se concentran de forma permanente entre 20.000 y 30.000 animales, por lo que el cráter, elevado al noreste de Tanzania a 3.188 metros sobre el nivel del mar, se convierte a todas luces en el rincón más espectacular de la mucho más amplia Zona de Conservación del Ngorongoro. Por sus praderas y zonas boscosas, sus charcas saladas y áreas de sabana no habrá que buscar la pista de jirafas o leopardos. Sin embargo, abundan sus famosos leones de melena negra, amén de elefantes, búfalos, elands, cebras, bandadas de flamencos tiñendo las orillas del lago Magadi y hasta rinocerontes negros, en tal densidad que esta caldera suele compararse como una especie de Jardín del Edén.

Para los masais, que a pesar de los leones siguen pastoreando con sus rebaños, el cráter es un territorio sagrado. Y en algo así parece también haberse erigido para la no menos notable densidad de visitantes que suele atraerse en cualquier época del año esta maravilla, que, a menudo, combinan los safaris por el cráter con otros espacios protegidos de Tanzania, como los cercanos Parques Nacionales del Serengeti o Lago Manyara, o también de Kenia, dada su proximidad y el mejor precio de los vuelos a Nairobi.