Cracovia para agnósticos

Villa de reyes y antigua capital de Polonia, hoy es un lugar de peregrinaje para fieles llegados de todo el mundo que quieren pisar la localidad natal de Juan Pablo II. Pero Cracovia es mucho más que un destino religioso. Su enorme patrimonio monumental, cultural y artístico, sus hospitalarios habitantes y su rica aunque, en ocasiones negra historia la sitúan al mismo nivel de atractivo turístico que otras ciudades europeas más visitadas como Praga o Budapest.

Carlos Hernández

Un cinturón verde rodea el casco histórico, serpenteando por el mismo lugar en el que, hace más de 700 años, se alzaba la muralla que protegía la ciudad de los ataques enemigos. Hoy apenas queda nada de ella, pero sí permanecen en pie algunos restos que rememoran el poderío defensivo de la que fuera capital del reino de Polonia entre los siglos XI y XVI. La ‘Barbacana'', una pequeña pero impresionante fortaleza construida en 1499, se sigue alzando muy cerca de una de las puertas originales de ciudad. Se trata de la puerta de San Florián, a través de la cual nos adentramos en las calles empedradas de la vieja Cracovia hasta llegar a la mayor plaza medieval de toda Europa.

La Rynek Glówny o plaza del mercado se extiende por una superficie de más de 40.000 metros cuadrados, acogiendo en su interior algunos de los edificios más imponentes de la ciudad: la lonja, la pequeña iglesia de San Adalberto, la gran basílica de Santa María y la torre del viejo ayuntamiento que ofrece fantásticas vistas a 70 metros de altura. Pero el mayor encanto de la plaza no está en su cielo, sino a ras de suelo. Cracovianos y turistas degustan cerveza polaca en alguna de sus terrazas, pasean o se detienen a escuchar a los variopintos músicos callejeros que aportan la banda sonora a este lugar tan especial. La tranquilidad sólo se rompe brevemente cada sesenta minutos, cuando el sonido estridente de una trompeta entona desde una torre de la basílica, el ‘Hejnal'', una melodía que ya hace siete siglos marcaba las horas y alertaba a los habitantes ante inminentes invasiones.

Papas, catedráticos y reyes

Las calles que se ramifican desde la plaza del Mercado ofrecen una incontable cantidad de edificios religiosos. Cada una de ellas rebosa de peregrinos que recorren la ciudad siguiendo la estela de uno de sus Papas más admirados: Juan Pablo II. Estatuas y retratos de Karol Wojtyla, aparecen en los lugares más insospechados. La sociedad polaca sigue siendo profundamente católica. Sólo hay que entrar en alguno de estos templos, como la bella iglesia románica de San Andrés, para encontrar a niños, jóvenes y ancianos rezando al ya ‘San'' Juan Pablo II.

Junto a los edificios eclesiásticos, cada calle cobija pequeñas joyas arquitectónicas. Una de ellas es el Colegio Maius, con su sobrio claustro y su escondido ‘jardín del profesor'' en el que, además de disfrutar de un sorbo de soledad, podemos aprender un poco de ciencia manejando instrumentos tan sofisticados como un medidor de rayos cósmicos.

El ‘recorrido monumental'' acaba en el castillo Wawel, situado en la colina del mismo nombre. Esta suave elevación con hermosas vistas sobre el río Vístula, fue el lugar elegido para construir la primera residencia de los reyes de Polonia. En el recinto del castillo se encuentra el Palacio Real, varios museos y la venerada Catedral del siglo XIV, con su famosa campana de trece toneladas.

La otra Cracovia

Hay otra huella histórica más reciente, pero también más dolorosa, con la que es necesario encontrarse. Cracovia fue uno de los lugares de Europa en los que el nazismo ejerció su oscuro poder con mayor crueldad. El barrio de Kazimierz es uno de los más atractivos de la ciudad. Sus calles, desde el siglo XIV, fueron el lugar en el que se concentró la población judía llegada de otros lugares de Europa, como España, de los que habían sido expulsados. Su legado sigue muy presente en todo Kazimierz donde pueden visitarse media docena de sinagogas de diferentes épocas y estilos, dos cementerios antiguos en los que se apilan lápidas de hasta 800 años de antigüedad y sobrios edificios en los que aún puede verse grabada la estrella de David.

El esplendor del barrio se derrumbó con la ocupación nazi en 1939. Buena parte de los más de 60.000 judíos que vivían en Cracovia, fueron expulsados de la ciudad. El resto terminó siendo confinado en un gueto que crearon en el distrito de Podgorze y que, hoy, es un lugar de visita casi obligada. Allí puede verse algún resto del antiguo muro que delimitaba el gueto y un estremecedor homenaje a las víctimas que creó en su plaza principal el director de cine Roman Polanski: una serie de sillas vacías que parecen aguardar a personas que ya nunca llegarán. El gueto fue ‘liquidado'' en 1943 y la mayoría de sus habitantes terminaron en las cámaras de gas de Auschwitz, situado a menos de 70 kilómetros de distancia.

Ante tanto dolor, el soplo de optimismo lo encontramos a sólo unos metros de la plaza, en el lugar en el que se alza la fábrica de Oskar Schindler. En ella, el empresario alemán explotó a sus trabajadores judíos para enriquecerse. Ya avanzada la guerra, Schindler se humanizó y acabó perdiendo su fortuna y arriesgando su vida para salvar de la muerte a sus mil cien obreros. Las viejas instalaciones en las que sus trabajadores permanecían a salvo de los asesinatos masivos, son hoy un museo en el que podemos contemplar, entre otras cosas, el despacho del mismísimo Schindler.

Europea y hospitalaria

Lejos han quedado ya esos oscuros tiempos. La Cracovia de hoy rebosa de vida en la calle y de optimismo. Ese optimismo de los recién llegados hace que los cracovianos se sientan muy europeos pero sin renunciar a sus sólidas tradiciones. Los restaurantes americanos de comida rápida siguen viéndose superados por las tabernas en las que se sirven carnes de todo tipo, salchichas, sopa de chucrut y Zurek, el guiso nacional por excelencia.

Ese mismo carácter es que les hace reticentes a dar el paso de abandonar su moneda e integrarse en el espacio ‘Euro''. De momento, prefieren seguir con sus viejos pero seguros Zlotys y dedicar sus esfuerzos a otros menesteres. Uno de ellos, quizás el principal reto para el futuro, es el de intentar organizar los Juegos Olímpicos de Invierno en 2022. Una oportunidad que quieren aprovechar para dar a conocer, aún más, la grandeza de la que, para muchos, sigue siendo la capital cultural, histórica y monumental de Polonia.