Costalegre, el último refugio del Pacífico

En el Pacífico de México primero fue acapulco, luego Vallarta y últimamente los cabos. ahora, en la ronda de la exclusividad secreta de la costa oeste, le ha llegado el turno a costalegre (Jalisco), un corredor de 160 kilómetros entre Puerto Vallarta y manzanillo en el que han surgido algunos de los alojamientos más refi nados de la república. el hotelito desconocido o las alamandas atraen a estrellas de hollywood deseosas de descubrir un territorio repleto de selvas vírgenes escoltadas de montañas, arroyos y plantaciones frutales. en el litoral, menudean las lagunas y las bahías íntimas que apenas conocen las aves acuáticas.

RAFAEL DE ROJAS

Puerto Vallarta era un pueblo de pescadores cuando Elizabeth Taylor y Richard Burton le dieron forma de leyenda. Sus amores, sus borracheras y sus broncas, de espíritu circense, la imbuyeron paradójicamente de glamour y la llenaron de villas norteamericanas. Instalada en unas eternas vacaciones y con atardeceres de vuelta al ruedo, la bahía en forma de herradura vio pasear por sus playas a Gloria Gaynor o María Félix en los 70. Ahora, en sus complejos hoteleros, que son ciudades hedonistas, atracan los yates con helipuerto de Bill Gates o Larry Flint y en sus playas, sólo accesibles desde el agua o a caballo, se bañan Meg Ryan o Russell Crowe.
Hollywood y el submundo de los millones de dólares han tenido siempre mucho que ver en la creación de las nuevas mecas turísticas mexicanas. No ha sido una excepción el "descubrimiento" de Costalegre. Parecía de cajón explorar el inmediato sur de Vallarta, 160 ó 200 kilómetros (según versiones) sugerentemente llamados Costalegre y casi vírgenes. Bahías, pueblos pesqueros, mariachis (estamos en Jalisco) y caimanes se asoman a la carretera costera, la 200, entre Puerto Vallarta y Manzanillo.
Uno de los más recientes en llegar a la zona fue el equipo de rodaje de Aún sé lo que hicisteis el último verano, que en 1997 utilizó un hotel abandonado junto a la playa de Tecuán. A la vera de un viejo faro, el edificio vivió mejores años de la mano del general García Barragán, quien construyó un complejo que en la película es un escenario terrorífico y ahora se ha convertido en un espacio romántico y decadente.
Como se ve, el cine y los hoteles -incluso los establecimientos que han sido abandonados- han marcado el desarrollo turístico de la zona más que cualquier otro factor. La aparición del Hotelito Desconocido en revistas de medio mundo supuso un pistoletazo de salida para otros alojamientos al sur de Vallarta -algunos bajo la marca Hoteles Boutique de México-, en un territorio que ya estaba siendo explorado por arquitectos y diseñadores en busca de una segunda vivienda en medio de la calma.
El promotor del Hotelito fue Marcello Murzilli, creador de la marca El Charro y enamorado de esta zona, a 90 kilómetros de Vallarta. Para abrir el establecimiento se centró en lo que más amaba de Costalegre, el contacto con la naturaleza intocada y la cercanía del Pacífico, remansado en bahías. Así, en el pueblo marinero La Cruz de Loreto, en el pequeño delta formado por la desembocadura del río María Gracia, erigió sus 24 palafitos de techos de paja. Los ibis rosados o las tortugas que desovan anualmente en las playas cercanas no se sienten violentados por estas construcciones de madera alimentadas por energía solar, decoradas con elementos autóctonos y completadas con amenities biodegradables. El servicio es, por supuesto, de cinco estrellas, pero el verdadero lujo es el regreso a lo básico, a lo auténtico y simple.
A su alrededor, 150 especies de aves, infinidad de hectáreas de estuarios, palmeras, manglares, frutales y vegetación salvaje accesible sólo en bote de remos. Si se desciende por la costa dos o tres decenas de kilómetros, nos encontramos con villas como Majahuas o Peñitas. En la primera, los pescadores viven de los manglares y se mueven en lanchas entre los canales naturales, que confieren al entorno un aspecto de Venecia selvática y enrevesada. Esta pequeña zona tiene unas playas tan peculiares como la de Las Peñitas, escoltada de grandes rocas decoradas con petroglifos, y en cuyos alrededores se practica, entre otras actividades, la pesca deportiva. Incrustados en la costa de Chalacatepec, reposan los restos de un barco. Los nativos dicen que es una nave pirata. Se trata de una más de las leyendas de una zona rica en pecios desde que Gonzalo de Sandoval la explorara en 1523. Los habitantes llevan siglo y medio especulando sobre el destino del barco norteamericano Puertas de Oro. Naufragado en un punto indeterminado frente a Costalegre en 1862, estaba cargado de un millón de dólares en oro. Ha protagonizado muchas expediciones de búsqueda y muchos rumores cuando alguna familia local se enriquece súbitamente.
Pasando estas localidades alcanzamos Las Alamandas, el nombre de una playa y de un hotel que comparte con el Hotelito Desconocido una filosofía, la denominada "eco-chic" por la revista Forbes, que lo distinguió como uno de los diez hoteles más románticos del mundo. La publicación ofrece los nombres de Robert de Niro y Brad Pitt entre sus huéspedes. Pero las 14 suites del alojamiento no necesitan este refrendo. Su "exclusividad sin ostentación" salta a la vista al pisar sus amplios baños de cerámica de Talavera mexicana, al sentarse en los sillones de rattan de las habitaciones o al pasear por el césped frente al mar, recortado con precisión de relojero suizo. Pero si no fuera suficiente, también lo recalcan el masaje de bienvenida en la playa o la romántica cena a la luz de las velas que sirve un mayordomo en la habitación. Lo que definitivamente dota al hotel de ese espíritu romántico tan celebrado es el olor. Las alamandas que lo dan nombre son unas hermosas flores locales, que, junto a la gardenia y el jazmín, dan aroma a los jardines. Atravesándolos, un camino de azulejos llega directamente hasta la playa. Por él, además de los huéspedes, transitan iguanas, armadillos y tortugas.
Al abandonar la pequeña bahía, recogida y protegida por cerros, en que se enclava Las Alamandas, la carretera 200 continúa recorriendo pueblos dedicados a la pesca. Punta Pérula, la primera etapa, está situada en el extremo norte de la tranquila bahía de Chamela, de 11 kilómetros de longitud. Una buena parte de su extensión está ocupada por playa Chamela, que poco a poco va atrayendo al turismo y los servicios, sin perder su prestigio de arenal inexplorado. Frente a la bahía se extienden blancos islotes, casi bancos de arena rodeados de canales y en los que atracan los veleros. La isla más verde de la zona, Isla Pajarera, es un santuario de aves, mientras que Isla Colorado muestra un precioso perfil elevado de color rojizo.
Dejando al norte la bahía Chamela, se alcanza playa Blanca y playa Rosa, dos arenales bautizados en función del color de su arena. El peñasco que las divide marca el comienzo de Costa Careyes, un trecho de litoral con kilómetros de playas de arena fina, lagunas e islitas. En su centro se sitúa el Hotel Careyes Beach Resort Spa. Con una arquitectura que fusiona México y el Mediterráneo, está formado por 48 habitaciones, suites y casitas de colores intensos que miran a la bahía. Las flores decoran los espacios comunes, en los que no faltan camas al aire libre de reminiscencias ibicencas. Además de los jacuzzis privados con vistas al mar de las suites, lo mejor del hotel es su cocina, dirigida por la famosa chef mexicana Patricia Quintana.
A su alrededor crece también la reserva natural Chamela-Cuixmala, donde viven árboles y matorrales únicos como el cuachalalate, el iguanero, el mangle blanco y rojo, así como el cedro macho, el ramón y la palma de coquito. A su sombra se reproducen sin impedimentos pecarís, jaguares, venados de cola blanca, iguanas, cigüe- ñas, garzas y, por supuesto, tortugas marinas. La costa continúa por las poblaciones pesqueras de Tecuán -con su viejo faro y su hotel abandonado-, Tenacatita -con su protegida playa de kilómetro y medio que da nombre a la bahía-, Los Ángeles -junto a Punta Serena, donde conviven una playa y un hotel nudista homónimo- y Boca de Iguana -con un largo arenal frente a la selva y un proyecto inmobiliario en ciernes-.
La Manzanilla, que está situada en mitad de la bahía de Tenacatita, constituye uno de los puntos más visitados de esta fascinante zona de la geografía mexicana. Está dibujada orográficamente por los manglares y el brazo de un río, que forma esteros donde viven los caimanes. A unos pocos kilómetros de allí, el Tamarindo Golf Resort ha situado sus 29 villas de suelos de madera de teca y decoradas con colores cálidos y suaves. Las piscinas privadas, los jacuzzis y las camas exteriores están presentes en las terrazas de la mayor parte de las habitaciones. Su magnífico spa se sitúa directamente en la playa, bajo un techo de paja y con algunas aportaciones mágicas como el temazcal, la sauna prehispánica. Mapaches y coatíes, entre otras especies, suelen pasear con una absoluta tranquilidad por los exteriores del establecimiento hotelero, en plena selva y, en ocasiones, por sus senderos. Además, las ballenas se ubican frente a su costa entre noviembre y marzo y una gran variedad de aves anida en los alrededores. El "golf", al que hace referencia el nombre del hotel, se materializa en un campo de 18 hoyos imbricado en la selva y con vistas al océano.
La Costalegre jalisceña termina en Melaque y Barra de Navidad, pueblos gemelos que están ubicados en los dos bordes de una bahía en curva. A pesar de que Barra de Navidad sólo cuenta con unos 5.000 residentes, es, sin duda alguna, el refugio elegido por un buen número de hedonistas para disfrutar de unas inolvidables vacaciones. Quizá por su historia, en la que aparecen Hernán Cortés (su descubridor oficioso en el año 1524), el virrey Antonio de Mendoza (que la bautizó un 25 de diciembre de 1540) y una buena variedad de corsarios que esperaban aquí a los ricos mercantes españoles. Pero los visitantes vienen buscando también el surf -cuenta con olas muy apreciadas-, el buceo o los paseos en lancha. Además, tampoco desdeñan tumbarse en la playa o comer ceviche en los numerosos chiringuitos costeros, dos de las actividades preferidas de los turistas, que en toda la extensión de Costalegre se condimentan con intimidad, calma y distinción hasta conseguirles el punto ideal.