Lo que no sabes de la costa alemana

Sí, aquí sí hay playa, aunque ésta no sea la faceta más reconocible del país teutón. Un litoral trazado de bonitos arenales, villas de elegante arquitectura y una cultura ancestral de balnearios y tratamientos terapéuticos

Noelia Ferreiro
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Situémonos primero. Apacibles villas perfumadas con la brisa marina y playas interminables encajadas entre bosques frondosos donde los juncos se balancean sobre la arena dorada. ¿Estampa mediterránea, tal vez? No, nada más lejos. Estamos algo más al norte, en la orilla del Báltico, allí donde hace apenas unas semanas la nieve lo cubría todo. Estamos en la región de Mecklenburg y Pomerania Occidental que, para más señas, es Alemania. He aquí la faceta más insospechada del país teutón, la que esconde aguas cristalinas, románticas bahías donde ver caer el sol e islas que son un primor para los deportes náuticos. La que presume de unos veranos, a menudo ignorados en los folletos turísticos, que sin embargo resultan luminosos, cálidos y animados.

Una lugar que, además, tiene el privilegio de haber sido pionero en algo que muy pocos conocen. Este litoral de casi dos mil kilómetros entre Hamburgo y la frontera con Polonia, esta zona que suele antojarse aséptica y fría, recoge la más antigua tradición balnearia del Viejo Continente. Aquí nació, en efecto, el primer balneario europeo. Y aunque sorprende que sea Alemania, tan alejada del carácter tropical, el país que inició esta exótica costumbre, no hay nada como recorrer su costa para derribar este tópico.

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Con esta concepción del mar como tratamiento terapéutico comenzó, claro, todo lo demás. Los hoteles, los parques, los paseos marítimos. Los restaurantes, los salones, las nuevas y elegantes poblaciones que dieron al traste en poco tiempo con su humilde condición pesquera. Tanto que, con la fundación del Reich en 1871, llegó el esplendor del veraneo para las clases más altas. Algo que no era de extrañar. Estas relucientes ciudades-balneario, apoyadas en el mar Báltico y abiertas al horizonte, contrastaban con la seriedad de aquel Berlín prusiano de edificios altos y callejones oscuros. Aquí todo era desenfadado y lúdico, variopinto y divertido.

Por eso, porque no había estrecheces ni reglas, la arquitectura también se hizo eco de esta libertad. En esta región se aprecia un revoltijo de estilos que es único en todo el mundo. Se trata de la Bäderarchitektur o arquitectura balnearia, plagada de elementos decorativos y abierta a todas las influencias: desde unas columnas pseudogriegas hasta un toque neobarroco barrigudo, pasando por una balaustrada rococó o una florida galería modernista. Un auténtico circo arquitectónico que no consigue empañar la sofisticación y elegancia.

Kühlungsborn, con su pulso entre la nostalgia del pasado y el bienestar de los tiempos que corren, es una de las villas donde apreciarlo. Especialmente en su paseo marítimo de seis kilómetros —el más largo de Alemania—, flanqueado por suntuosas casas encajadas entre el bosque y el mar. También Heiligendamm, con sus cinco edificios clasicistas que son de una belleza soberbia.

¿Más curiosidades? La strandkorb o silla de mimbre, un elemento irrenunciable en el paisaje del Báltico. La verá allá por donde vaya y no sólo sobre la arena sino también en cafés, restaurantes, terrazas... Y es que, desde que una señora anciana aquejada de reumatismo ordenara la fabricación de un refugio para protegerse del sol y del viento, esta mezcla de sombrilla y tumbona de playa ha sido considerada el símbolo de la costa alemana y, por extensión, del norte de Europa.

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La costa que nos ocupa es mucho más que un oasis de bienestar. Además de sus incontables spas y su famosa especialización en tratamientos y programas de salud, la zona es un paraíso para los amantes de la naturaleza, que podrán deleitarse con los deportes náuticos, las rutas de senderismo y bicicleta o la observación de aves. Y también es toda una delicia para los incondicionales de la gastronomía. En este rincón germano olvide las salchichas y el chucrut, y prepárese para entrar en el universo del pescado fresco: anguilas, salmones, truchas, arenques, platijas, lucios... Todo un descubrimiento.