Corea del Sur: el futuro se escribe con 'K'

DE SEÚL A BUSAN. El país más discreto del Lejano Oriente ya no es un desconocido. Tras dejar atrás una dolorosa historia de ocupación, expolio y guerra, ha superado sus complejos y juega a dejarse descubrir. Su historia y geografía, arte y tecnología, gastronomía y cine, moda y belleza son solo algunas de sus armas. Corea del Sur se abre al viajero como una flor extraña, de un aroma atípico que fascina. ¿Estamos ante el país del futuro? 

Bruno Galindo
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Con la paciencia, la astucia y el sentido histórico propios de una nación asiática milenaria, Corea del Sur ha sabido esperar su momento. Aunque nunca ha sido tan fotogénica como Japón y, mapa en mano, parece muy poca cosa al lado de China, nadie podrá negar que, en más de un sentido, el país ha vencido a sus totémicos vecinos. Corea del Sur vive su momento y ya se da a conocer como potencia cultural a escala internacional: utilizamos a diario sus pantallas, conducimos sus automóviles, nos encandila su cine y su música pop y cedemos al encanto de su gastronomía y a la seducción de su industria de belleza. 

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No está nada mal para un país fundado en 1948 –sin olvidar que la península coreana, que obviamente comprende a la obstinada mitad norcoreana, fue organizada como una confederación de reinos o estados en la mismísima Edad de Bronce–, una nación desangrada en una cruenta guerra civil entre 1950 y 1953, que no conoció la democracia hasta finales del siglo pasado. Estamos, pues, ante un territorio joven con alma vieja, un país que ha vencido dificultades y complejos para convertir la k en prefijo original, en –pensemos en el k-pop, la k-beauty, los k-dramas– todo un objeto de deseo. ¿Cómo tomar contacto con todo ello? Corea del Sur lleva un tiempo planeando desplazar su capital a un nuevo emplazamiento a unos 130 kilómetros en dirección sur, entre los ríos Guan y Miho. Pero, mientras la cosa se concreta, Seúl es el lugar. 

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El área metropolitana de Seúl es la cuarta más grande del mundo: son 24,5 millones y medio de almas, la mitad del país. ¿Y la ciudad así llamada? Es un rico asentamiento que crece en torno al valle de Cheonggyecheon, a lo largo y ancho de ocho montañas que parecen emerger del asfalto: Bukhan al norte, Naksan al este, Inwangsan al oeste y Namsan en el sur. La urbe se extiende en torno al río Han, que baja de Norcorea; 26 puentes suturan sus riberas.

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Esta vez no podremos decir muy alto aquello de que el lugar aúna tradición y modernidad: las invasiones (particularmente las japonesas), la guerra y el progreso dejaron la ciudad sin demasiadas reliquias; son excepcionales la puerta Gwanghwamun, que data de 1395, cuando también se construyó el palacio Gyeongbokgung, gran complejo real que recuerda a los coreanos que un día fueron gobernados por el abolengo de la dinastía Joseon. Seúl es fundamentalmente futuro.  

SAMSUNG, LG y HYUNDAY 

Como pasa en otras superciudades de Asia Oriental, uno se orienta mirando a las alturas. Las primeras referencias serán los luminosos de Samsung, LG y Hyundai: forman la terna de chaebols o conglomerados empresariales más importantes del país –entre los tres dan trabajo a un tercio del país– y los encontraremos por doquier en las torres que conforman el gigantesco Legoland que es la capital. ¿Y a pie de tierra, bajo el skyline? Una fascinante ciudad, un entramado de autopistas que aloja extensas islas de asfalto subdivididas en avenidas, calles y callejones. Ahí es donde ocurre todo. 

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Los más madrugadores siempre son los monjes; arrancamos pues con el gong (el zen japonés vino después del seon coreano) y las prácticas sabias y serenas de una de las formas de budismo más puras de Asia. Miles de seulenses de a pie comienzan el día en los templos de Bongeunsa o Jogyesa, o simplemente en aquellos que les queden más cerca, frente a la mirada tranquila de un gran Buda dorado (eso sí, con el móvil encendido y ya parpadeando notificaciones de Cyworld, la red social coreana que Facebook no consigue desbancar); vale lo mismo para quienes llenan las iglesias protestantes, la religión occidental más pujante por aquí en las últimas décadas. 

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La ciudad arranca, y también lo hace su mercado bursátil. City Hall es el lugar donde Seúl recuerda a Manhattan y donde cobra sentido el sueño coreano. Aquí la población viste de traje y se desvive en los negocios; la economía surcoreana no habría llegado al reconocimiento mundial sin el sacrificio de sus ejecutivos. Los edificios tienen sus propios foodcourts para que no haya que salir del marco laboral para comer, y en las inmediaciones están los cafés (triunfa la cultura Starbucks), bares y cervecerías, conocidas como hofs (germanismo que designa los locales donde tomar algo) o braus

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PAÍS DE MERCADOS

Hay, literalmente, otros muchos mercados que nos apetecen más: Gwangjang (deliciosa comida de calle), Dongdaemun (textiles de todo tipo), Yangjae (flores), Noryangjin (la gran lonja de pescado que abastece a la ciudad) o Namdaemun, que indudablemente es el mejor lugar para comprar ginseng. La preciada raíz que crece exclusivamente en la península; al menos sus variedades de máxima calidad. Ojo a las distintas categorías, pues estas demarcarán unos precios que van de la variedad heaven (color cinabrio, seis años bajo tierra), que se paga a cerca de 350 € por 150 gramos, a las variedades earth (unos 270 €) y media (150 €). No es la única planta de propiedades medicinales; Corea es un auténtico granero que encierra los secretos de la medicina natural de todo el continente. 

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También es una autoridad en cirugía estética, como bien sabe el visitante al barrio de Gangnam, que conocimos hace unos años gracias al rap youtubero del rapero Psy. Este barrio aloja cerca de 300 clínicas y, bisturíes aparte, representa el lado frívolo y fashion de la ciudad y de la (alta) sociedad coreana, perfilando una belleza nacional que resulta aspiracional para todo el continente: la clientela llega desde Vietnam hasta China y Japón. La blancura nívea mezclada con un amor por Occidente va de la mano con el gusto por las mercancías de Louis Vouitton, Chanel, Dior... Bienvenidos a la milla de oro. 

TEATRO Y CINE 

Seúl brinda una experiencia cosmopolita en otros barrios tanto o más bulliciosos. Insadong, por ejemplo, es la zona moderna para tomar el té o pasearse entre galerías de arte, o comprar telas, cerámica o pinceles de caligrafía. Hongik es otro punto neurálgico marcado por la moda, el diseño y la cultura; hay centros de arte como Sangsang Madang, multicomplejo de once pisos con galerías, talleres de pintura, sala de conciertos, cines, café y una academia, y es interesante conocerlo porque es uno de los barrios de estudiantes más interesantes de una ciudad que tiene ¡casi 40 universidades! Tómese nota de otros barrios culturales siempre llenos de vida como Heyri y Taejanglo, este último especializado en teatro: alberga cerca de 130 salas.

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Clave del auge dramatúrgico es la eficiente política cultural nacional: Corea del Sur llega a dedicarle el 1% de su PIB al teatro. El mismo gobierno obliga, por cierto, a que las salas de cine dediquen al menos la mitad de sus proyecciones al año a filmes hechos en casa. Eso explica también la solidez de las carreras de directores como Kim Ki-duk, Kim Jee-woon o Bong Joon-ho (este último premiado con la Palma de Oro en el último Festival de Cannes). 

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¿Algo más? Mucho. Por ejemplo, el barrio de Itaewon, que aloja una base norteamericana y por eso tiene tanto público extranjero. Esta zona cobra todo su sentido de noche. Cuando cierra el museo Leem Samsung (con diseño de Rem Koolhaas) abren los restaurantes más distinguidos, los hoteles boutique sirven los primeros cócteles de la noche y las discotecas calientan motores. 

También se puede salir a ver alguna de las maravillas a las afueras de la ciudad. Suwon, por ejemplo, es la ciudad conocida como la de La piedad filial, está a tan solo 30 kilómetros de Seúl y tiene una fortaleza absolutamente impresionante, considerada, de hecho, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El perímetro abarca kilómetros y kilómetros, y amuralla un casco antiguo que permite imaginar cómo eran los tiempos de los reyes de Joseon. 

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MÁS DESTINOS FASCINANTES

Tanto gravita la vida alrededor de la capital que uno corre el riesgo de dejarse fuera otros lugares del país. Subsanemos el error antes de que ocurra recordando que hay destinos tan arrebatadores que bien merecerían la pena aunque no llegáramos a poner el pie en la capital. Busan –o Pusan; los coreanos cambian b y p con singular facilidad– es el primero de la lista. Su enclave marítimo le da una ventaja climática importante; no hay nada como disfrutar de la visión del mar desde su colorida bahía, a excepción, si acaso, de gozar de la luminosidad futurista de sus rascacielos desde un catamarán o un velero suavemente mecido por las olas.

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Parece una suerte de Hong Kong esta ciudad privilegiada donde la gastronomía se vuelve la más fascinante de las experiencias: aquí hay que comer marisco, y no hay mejor lugar para hacerlo que en el mercado de pescado Jagalchi, plagado de enormes acuarios con criaturas marinas tan extrañas como suculentas. Solamente por ver tales moluscos y crustáceos gigantescos –vivos, en salazón o deshidratados– merece la pena la visita a esta enorme lonja.

EL BUDA DEL MONTE MAMSAN

También hay que ir a Gyeongju, ciudad costera del sureste del país a una hora de Busan. Fue capital de Silla, reinado que entre los siglos VII y IX abarcó dos tercios de la actual península coreana, y tan hermoso es el lugar que se le conoce como “museo sin paredes”. Desde ahí hay que internarse en el Parque Natural para iniciar el ascenso al Monte Namsan, que reserva al visitante el regalo de unas prodigiosas esculturas y tallas de Buda escondidas entre la vegetación.

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Es conveniente también dedicarle un buen rato a visitar el templo más famoso del país, el Seokguram, donde se puede contemplar el hermosísimo Buda que se esconde en una gruta encerrada. Una experiencia que quita la respiración al descubrir semejante maravilla en esa escondida rendija de la tierra.  

ANGEL LOPEZ SOTO

EL TESORO DEL BUDISMO

Otro tesoro espiritual sin parangón está en el condado de Hapcheon, a dos horas y media de Busan. Se trata del templo budista de Haeinsa, un complejo de más de 1.200 años de edad que encierra la más antigua, completa y gigantesca reliquia budista de todo el mundo: se conoce como la Tripitaka Coreana y es una colección de 80.000 tablas donde fue escrito, entre 1237 y 1249, el canon de dicha religión. 

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También en el sur se encuentra la ciudad de Jinju, cuyo río Namgang sirve de escenario del increíble Festival de Linternas Flotantes de Namgangdeung Yudeung. Es el artístico procedimiento con que los habitantes de la región recuerdan las grandes batallas contra los japoneses en el siglo XVI, duras contiendas en las que los coreanos lograron repeler a sus enemigos. Flotan en el río dragones y criaturas fabulosas, escenas tradicionales coreanas y monumentos internacionales, personajes de dibujos animados y recreaciones de todo tipo. Todo Corea del Sur, Asia y el mundo parecen estar representados en este río y en esta fiesta de fuego y color que, desde 1949, se celebra cada mes de octubre. Tan impactante festival merece ser el broche de oro –o por qué no el arranque– de un viaje a un país fascinante y en constante evolución que, a buen seguro, cada vez estará más presente en las vidas y objetivos de los viajeros.