Recorremos la Cordillera Blanca, la joya de Perú que inspiró a la industria del cine
Poco más de 300 kilómetros al norte de Lima se erige orgullosa la Cordillera Blanca, un destino reverenciado por los amantes de la montaña que aún espera ser descubierto por el gran público. Además de ser un impactante escenario natural, guarda los secretos de una cultura que se anticipó 2.000 años a los incas.

Aunque no me gustan los juegos de azar, sería capaz de apostar dinero a que usted, querido lector, ha contemplado alguna vez una imagen de la Cordillera Blanca peruana. Hagamos una pequeña encuesta. ¿Ha visto la película El Padrino? ¿Forrest Gump? ¿Titanic? Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es afirmativa, he ganado la apuesta. La primera imagen de estos largometrajes —y de otras 1.200 películas, aproximadamente— es un plano aéreo de la cumbre del Nevado Artesonraju, montaña de 6.025 metros de altura ubicada en la Cordillera Blanca.
Además de ser un icono de la región, esta imponente pirámide de piedra y nieve ha sido adoptada por Paramount Pictures como parte de su popular logo, formado por el contorno de esta montaña de forma triangular y una corona de estrellas que la rodea. Seguramente recuerde la imagen de la productora estadounidense apareciendo en la gran pantalla nada más apagarse las luces de la sala de cine. No obstante, aunque el séptimo arte tiene la capacidad de suscitar numerosas emociones en el espectador, no hay película que pueda evocar el impacto de tener una imponente montaña como esta ante nuestros propios ojos.

Un paraíso en las alturas
El Machu Picchu, la ciudad colonial de Cusco, las líneas de Nazca, el lago Titicaca... Los atractivos turísticos de Perú son tantos que la Cordillera Blanca ha quedado en un segundo plano para el gran público. Los amantes de la montaña, sin embargo, le han otorgado un estatus de destino de culto. En 1966, los alemanes, que algo saben de alpinismo, nombraron a una montaña de esta cordillera andina, el Alpamayo (5.947 m de altitud), como la más bella del mundo –según un reportaje de la reputada revista Alpinismus—. Comenzó entonces una historia de amor que, cada año, trae a numerosos amantes del senderismo de todo el mundo por estos andurriales.
Un simple vistazo a la geografía de la zona explica el porqué de esta fascinación. La Cordillera Blanca se encuentra en la región de Ancash, aproximadamente 300 kilómetros al norte de Lima. Estamos hablando de la cadena montañosa tropical nevada más extensa del mundo —alrededor de 247 kilómetros, según el gobierno peruano—. Precisamente, el origen de su nombre son esas nieves perpetuas que decoran sus picos.

Frente a la Cordillera Blanca, hacia el oeste, transcurre en paralelo la conocida como Cordillera Negra. Teniendo en cuenta lo anterior, el origen de su nombre es fácil de deducir: esta cordillera se caracteriza por tener picos algo más bajos y no estar cubierta de nieve, debido a su menor altura y al clima algo más cálido creado por los vientos provenientes del océano Pacífico. Ambas cordilleras están separadas por el Callejón de Huaylas, un bello valle por el que transcurre el río Santa, que desemboca en el Pacífico cerca de la localidad portuaria de Chimbote.
La Cordillera Blanca cuenta con más de 15 picos que superan los 6.000 metros de altura. Entre los más elevados se encuentran: el Huascarán —6.768 metros, lo que le convierte en el más alto de Perú y de la zona intertropical—, el Huandoy (6.395 m), el Chopicalqui (6.354 m), el Huantsán (6.369 m) y el Tocllaraju (6.034 m). Los picos por encima de los 5.000 metros son más de 60. Además, por si esto fuera poco, en la Cordillera Blanca se encuentran alrededor de 500 lagunas y 700 glaciares. Con tal abundancia de encantos naturales, resulta comprensible el enamoramiento de los amantes de las cumbres.
La Suiza peruana
Tomarse una infusión de coca en Huaraz es algo tan normal como pedirse un café con leche en la madrileña Plaza Mayor. Esta bebida, totalmente legal, es uno de los remedios más populares para combatir el mal de altura, algo interesante a tener en cuenta cuando uno vista Huaraz, capital de la región de Ancash ubicada a 3.050 metros de altitud y el principal centro turístico de la zona. A tan solo 20 kilómetros de la ciudad se encuentra el nuevo aeropuerto Comandante FAP Germán Arias Graziani. En la actualidad, LATAM opera siete vuelos semanales entre Lima y Huaraz, cuyo trayecto dura apenas una hora.

Hacer este viaje por aire supone pasar de estar a nivel del mar —en la capital de Perú— a superar los 3.000 metros en apenas una hora. Hay quien prefiere ir en coche para aclimatarse poco a poco —son poco más de 400 km—. En cualquier caso, es recomendable aclimatarse durante dos o tres días antes de enfrentarse a cualquier tipo de actividad física exigente. Conviene tener en cuenta que el mal de altura puede afectar a cualquier viajero, independientemente de su forma física.

Según las estadísticas, el 30 % de los viajeros experimenta mal de altura a partir de los 3.000 metros. Porcentaje que aumenta a medida que ascendemos. Lo más habitual es que produzca una ligera sensación de mareo y dolor de cabeza. También puede provocar dificultades a la hora de dormir. Estas dolencias están provocadas por la falta de oxígeno a grandes altitudes. El motivo por el que las hojas de coca son buenas para combatir el mal de altura es que los alcaloides que poseen de forma natural ayudan al cuerpo a usar mejor el oxígeno. Las infusiones de coca, de sabor suave y ligeramente dulce, pueden encontrarse como las típicas bolsitas de té disponibles en los supermercados de todo el mundo.

Debido al entorno montañoso que la rodea, Huaraz es conocida como la Suiza peruana. De hecho, incluso existe una pequeña colonia helvética. Mario P. Holenstein es el propietario del Andino Club Hotel, alojamiento utilizado por numerosos senderistas europeos y americanos para organizar excursiones por la zona. En su restaurante Chalet Suisse es posible encontrar tanto platos típicos de Perú como de Suiza.

Este hotel se encuentra cerca de la calle José Olaya, donde puede apreciarse cómo era la ciudad antes del terremoto que asoló la región de Ancash en 1970. El 31 de mayo, a las 15:23, se registró un terremoto de una magnitud de 7.9 en la escala de Richter —en 2011, el terremoto que afectó a la localidad murciana de Lorca alcanzó un 5.1—. El seísmo desencadenó un aluvión de hielo y rocas del nevado Huascarán, que arrasó por completo la ciudad de Santo Domingo de Yungay. Este terremoto es el más devastador de la historia del Perú. Muchas ciudades quedaron destruidas y tuvieron que ser reconstruidas totalmente. Por ello, la mayor parte de las localidades no conservan construcciones tradicionales. Una de las excepciones es la mencionada calle José Olaya, que conserva las antiguas fachadas coloniales, con balcones de madera, paredes pintadas de blanco y puertas de color verde.

10.000 pasos al día
La principal opción para los aficionados al senderismo ha de ser la Ruta de Santa Cruz, todo un clásico entre las caminatas de varios días en Sudamérica. Atraviesa parajes espectaculares de principio a fin, no hay excesiva gente y el único requisito es estar medianamente en forma. Se trata de una senda de 45 kilómetros que transcurre entre los pueblos de Vaquería y Cashapampa, en pleno Parque Nacional de Huascarán. Suele realizarse en tres o cuatro días, dependiendo de los desvíos elegidos. Entre los parajes más fotografiables por los que transcurre destaca el puerto de Punta Unión (4.760 m) y el paso por la laguna de origen glaciar Arhuaycocha (3.000 m de altitud).
¡Ay, las lagunas de la Cordillera Blanca! El color de sus aguas desafía cualquier intento de definición. No son verdes. Tampoco azules... quizá turquesas. Estos tonos son producto de la concentración de sedimentos minerales y partículas de hielo glaciar. Mientras recorres la Ruta de Santa Cruz es posible tomar un desvío para visitar la Laguna 69 (4.600 m), una de las más populares de la región. Se llama así porque fue la número 69 en un conteo que se realizó entre las cerca de 500 lagunas que se tienen localizadas.

La Laguna 69 se encuentra dentro de la quebrada de Llanganuco, valle glaciar a unos 83 km de la ciudad de Huaraz. En ese mismo valle sobresalen otras dos lagunas que merecen visita: Chinancocha y Orconcocha (3.850 y 3.860 m, respectivamente). Estas lagunas aún mantienen los antiguos nombres quechuas, que hacen mención a su peculiar contorno. Ambas están conectadas y parecen estar acopladas como si se estuvieran apareando. Chinancocha significa “laguna hembra” y Orconcocha, “laguna macho”. En Chinancocha, la más grande de las dos, es posible alquilar un barco y adentrarse en sus aguas para disfrutar de la vista de las cumbres que la rodean. Un paraje ideal para romantizar la vida ante la inmensidad del paisaje.
Los dioses de las montañas
A mitad de camino entre la costa y la selva, a 99 kilómetros de Huaraz, se encuentra Chavín de Huántar (3.150 m). Esta localidad alberga el centro ceremonial más importante del pueblo chavín, que habitó la región entre los siglos XV y V a. C. —los chavín dominaron el norte de Perú más de 2.000 años antes que los incas—. En la actualidad es posible visitar el templo, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985, y conocer algo más de esta fascinante cultura poseedora de importantes prácticas religiosas y artísticas.

El complejo se divide en dos áreas diferenciadas: por un lado, el templo original, caracterizado por sus pasadizos subterráneos y estelas talladas; por otro, una ampliación posterior de mayor envergadura, que incorpora una estructura monumental de tipo piramidal conectada con una gran plaza en la que se piensa que acudían miles de peregrinos para realizar celebraciones religiosas. En esta región se encuentra un cáctus conocido como Planta de San Pedro (Echinopsis pachanoi), poseedor de propiedades psicoactivas y que se empleaba en rituales por la cultura chavín. El visitante que se adentre en las serpenteantes cámaras subterráneas del complejo debe hacer el esfuerzo de imaginarse el impacto de esta experiencia entre los peregrinos que acudían bajo los efectos del alucinógeno.En nuestros días, los peregrinos que acuden a Chavín lo hacen con ropa técnica de montaña y smartphones. No buscan la protección de las deidades del universo, sino descubrir la belleza e historia de este tesoro oculto que es la Cordillera Blanca. Viajar es, sin duda, una forma mucho más saludable de abrir nuestra percepción de la realidad que recurrir a los estupefacientes.
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