Colliure y Cadaqués: dos caprichos mediterráneos con mucho en común

Pueblos hechos postal con la luz y el mar como protagonistas

José Miguel Barrantes Martín
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Colliure a un lado de la frontera entre Francia y España. Cadaqués en el otro. Y, sin embargo, ambas poblaciones hermanadas y muchos aspectos en común.

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Nos detenemos ante ellas y las traemos a la palestra, frente a frente, con el ánimo de ensalzar los rasgos que las han convertido en verdaderos caprichos mediterráneos, infinitamente fotografiados, retratados y admirados. Dejamos que la magia de estos dos pueblos nos transforme y nos cure de nuestras prisas y preocupaciones, como si de una especie de «Bálsamo de Fierabrás» se tratase, enmarcando las virtudes de dos postales quizás irrepetibles.

Colliure: un antojo de los sentidos

Cuando se sube hasta el castillo de San Telmo y uno gira la vista ligeramente hacia la izquierda, atisba en la parte baja un coqueto pueblo de casas blancas y tejados medio rojizos y anaranjados, abrazando una bahía que a lo lejos nos da la impresión de no alcanzar más que la categoría de ensenada.

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La vista es formidable. Los colores se difuminan en el horizonte pero un pequeño marco de apariencia oxidada nos encuadra Colliure como si fuera un retrato. Un guiño inteligente del artista Marc-André 2 Figueres – conocido como MA2F – que, regalándonos su punto de vista de este paisaje, nos recuerda que nos encontramos ante una población marcada por el paso de célebres artistas, pintores entre ellos.

Las numerosas calles peatonales del núcleo de Colliure nos hablan discretamente de personalidades que se enamoraron de este lugar, como Henri Matisse o André Derain, que inscribieron a esta localidad en la historia como cuna del fauvismo, un estilo pictórico de principios del siglo XX tan breve en su duración como intenso en su propuesta de exaltación del color, y que tuvo el tiempo de constatar en los lienzos la hechizante luz de este antiguo puerto pesquero en el que el barrio de los pescadores sigue siendo, a pesar del giro turístico, la insignia de su trazado urbano.

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La vanguardia llegó a esta porción de la costa francesa y la vecina Céret hacía lo propio con Picasso a la cabeza, mientras que, según avanzaba la centuria, miles de exiliados daban con sus cuerpos en esta zona escapando de la guerra; uno de ellos, Antonio Machado.

Poco pudo saborear el formidable poeta las mieles de esta población de ensueño, ya fuera por su mal estado físico al llegar o porque la muerte le vino a sorprender rápidamente, hallando sepultura en Colliure sin saber que su tumba sería venerada durante muchas décadas después. No iba desencaminado su epitafio cuando aludía a los hijos de la mar como compañeros de su último viaje…

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Testigos de todo ello y de muchos otros acontecimientos en Colliure son la iglesia de Notre Dame des Anges y el Castillo Real, que tampoco pudieron sospechar, en el momento de su construcción, que esta población bautizada por el rey Wamba, allá por el siglo VII, llegaría a convertirse en hogar destacado del arte contemporáneo.

Un recorrido por Collioure tras los últimos pasos de Machado

Siempre nos quedará Cadaqués…

Si en Colliure el Museo de Arte Moderno o las numerosas galerías de arte nos exponen el resultado de una efervescencia artística cuyo caldo de cultivo fueron el color y la luz únicos de esta bella población, qué decir de Cadaqués, la perla de la que presume el cabo de Creus. Otro pueblo pesquero que atrapó las miradas de personajes internacionalmente reconocidos.

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Aquí, en el punto más oriental de la península ibérica, en territorio del Alto Ampurdán, sentó su morada el genial Dalí junto a su mujer Gala. No pudo escapar el artista al embrujo de esta localidad gerundense, que al igual que Colliure deslumbra con su luz única, refulgiendo sobre el mar mediterráneo de una forma especial.

Calles de Cadaqués | nito100 / ISTOCK

Cadaqués es un eterno paisaje listo para ser representado por los pinceles en un lienzo en blanco, derrochando el mismo encanto que sirvió para encandilar y atraer a las familias catalanas de clase alta a principios del siglo XX.

Mucho ha llovido desde entonces, quizás no en sentido literal tratándose de la Costa Brava, dominada por un clima mediterráneo, pero sí lo suficiente como para haber convertido a este regalo costero en todo un emblema de belleza.

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La bahía de Cadaqués, el puerto natural más grande de la región, junto con el paseo marítimo, el casco antiguo inundado de casas blancas y estrechas callejas empedradas, la estampa de la iglesia de Santa María, las diminutas pero deliciosas playas, la vista del icónico islote de Cucurucuc, el mar… todo acompaña para crear un escenario idílico al que siempre querremos volver.