Daremos tragos con sabor a Francia... por la región de Cognac

Cognac es el nombre de una ciudad histórica francesa, de una región y una bebida famosa en todo el mundo. Su territorio invita a un sosegado viaje en torno al río Charente para dirigirse al norte y descubrir Le Marais Poitevin, las marismas más hermosas del país , conocids como La “Venecia Verde”.

Javier Carrión
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Foto: CRISTINA CANDEL

No se equivoquen con Cognac. Esta es tierra de viñedos, parte de la gran región de Nueva Aquitania, la que produce más vino blanco de toda Francia y de Europa, aunque los magníficos caldos de la zona de Cognac, en el departamento de Charente, acabaron convirtiéndose en el mejor brandi del mundo cuando los viticultores decidieron transformarlo en coñac a finales del siglo XVIII. Aquellos productores de todo el departamento de Charente decidieron envejecer sus vinos en barricas de roble ante la escasez de demanda para crear aguardiente con un sistema de doble destilado en alambiques de cobre y la apuesta no pudo obtener mejores resultados. Hoy, del viñedo de Cognac, que cubre casi 75.000 hectáreas de terreno, salen al mercado 190 millones de botellas que se exportan en un 98 por ciento a 160 países, desde Estados Unidos, el principal comprador, al lejano oriente. 

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En la actualidad, cuatro mil quinientos viticultores constituyen el equipo productivo en este área rural de campiñas, verdes valles y llanuras de tierra rojiza donde proliferan los castillos, las catedrales románicas y las viejas casonas medievales de piedra blanca. Se trata de un paisaje repleto de viñedos, algunos plantados en este territorio entre Cognac y el Océano Atlántico desde la época romana, pero fue en el siglo XVII cuando la fama de sus caldos subió como la espuma al ser transportados en las tradicionales gabarras por el río Charente hasta el puerto de mar de La Rochelle. Los vinos envejecidos estaban destinados al norte de Europa, mientras los gabarreros cargaban sus embarcaciones con sal para regresar a sus puntos de partida tierra adentro.

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La histórica ciudad de Cognac era y sigue siendo el corazón de toda la actividad productiva del también llamado licor de los dioses, reconocido con Denominación de Origen protegida desde 1936. A poco más de una hora media en coche desde Burdeos, la ciudad que vio nacer a Francisco I, el rey amigo de nuestro Carlos V, conserva sus antiguas bodegas, donde envejece el coñac desde dos años y medio hasta ochenta años. Casi todas las bodegas ocupan edificios ennegrecidos por un hongo microscópico, el torula coniacencis, que aprovecha el vapor de la destilación para sobrevivir mientras se elabora la bebida. A casi todos nos suenan los nombres de grandes marcas como Martell, Camus, Hennessy, Rémy Martin, Meukow, Baron Otard... Bodegas situadas a orillas del río que organizan visitas interactivas y originales, sesiones de degustación y talleres, experiencias que encantan a los turistas y viajeros, pues la mayoría acaba apreciando el orgullo de sus habitantes por el coñac, el producto principal del que depende toda la región.

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Respeto por la tradición

“Nosotros somos felices en nuestra tierra –comenta Isabella, la guía del Castillo Real de Cognac, que alberga la bodega donde se produce el Baron Otard desde 1795– porque consumimos el coñac que elaboraron nuestros abuelos y padres y porque preparamos ahora el que consumirán nuestros hijos y nietos”. El respeto por la tradición se puede comprobar cuando Isabella abre con una arcaica llave la joya oculta del castillo, la Bodega Paraíso, donde han reposado los caldos destilados entre 1820 y 1943. En ese ambiente húmedo y oscuro se apilan decenas de barriles, en apariencia abandonados, entre los que vive una popular arañita, la mejor aliada de los bodegueros pues acaba con las termitas que pueden destruir la madera de las barricas. 

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El castillo ofrece también otras estancias más bellas, adornadas muchas de ellas con la salamandra de los Valois, pues dentro de sus muros nació y vivió sus primeros cuatro años de vida Francisco I, hasta que lo abandonó para instalarse en el castillo de Amboise, en el valle del Loira. La Sala del Escudo es la estancia más loada y más antigua del Castillo Real de Cognac, antiguo Château des Valois, porque se asegura que la diseñó Leonardo da Vinci, aunque no existe una documentación histórica que lo confirme. Sí se sabe, en cambio, que el gran genio del Renacimiento nunca visitó Cognac.

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En cualquier caso, la estancia gusta aunque arrastre varios siglos de historia, como demuestra su chimenea donde puede verse el escudo de la familia Valois, con una flor de lis enmarcada por un cisne a la izquierda y un oso a la derecha que perdieron sus cabezas durante la Revolución Francesa, un escenario que sí conoció el rey inglés Ricardo Corazón de León cuando se hospedó en este castillo para visitar a su hijo Felipe de Cognac en el siglo XII. Hoy esta sala se alquila para organizar bodas con mobiliario moderno por un precio entre dos y tres mil euros, según la época del año, y sorprende tanto como los auténticos grafitis y dibujos de los presos británicos e irlandeses que plasmaron en las paredes de la planta superior cuando la fortaleza se convirtió en una prisión desde 1756 hasta 1763.

Después de completar la visita al castillo en la última parte del tour por la antigua bodega con sus pasadizos subterráneos, el paseo por las calles empedradas de Cognac debe llevarnos a la Puerta de Santiago. Sus dos torres originales recuerdan que este era el paso obligado de muchos de los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela durante la Edad Media. 

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Casas señoriales

Ese camino también alcanza la iglesia de Saint-Léger, del siglo XII, con su fachada románica y su claustro transformado ahora en una biblioteca pública, o el convento de los Recoletos, que aún conserva, milagrosamente, unas bellas bóvedas ojivales. Este es el camino más habitual que recorren los turistas y viajeros para llegar a un tranquilo centro histórico con mansiones señoriales privadas construidas entre los siglos XVII y XIX, decoradas en algunos casos con gárgolas y bellas columnas barrocas, como es el caso del Hotel de Brunet du Bocage, en el número 15 de la rue Saulnier. Ese tramo urbano evidencia el enorme poder económico que alcanzó la ciudad y la oficina de turismo reparte ahora una explicativa ruta de estas casas señoriales para poder reconocerlas en el casco viejo.

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La visita a Cognac debe completarse saboreando un buen café en las terrazas de la plaza de Francisco I antes de acercarse a los muelles del Charente para deleitarse con un tranquilo crucero por el río en las tradicionales gabarras o en algunos barcos más grandes. Este cauce se extiende a lo largo de 361 kilómetros, es navegable desde Angulema hasta Rochefort y no requiere de licencia alguna para navegar en barco durante un fin de semana o una semana completa. Los pueblos pintorescos van apareciendo paulatinamente durante este recorrido: Châteauneuf-sur-Charente, con la posibilidad de hacer un alto para nadar en la playa de Bain des Dames; Saint-Simon, con sus tradicionales barqueros, o Bassac, que muestra su abadía milenaria, figuran en la lista de recomendaciones.

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Jarnac y Courvoisier

Pero si hubiera que elegir uno solo de los pueblos de este recorrido, ese debería ser Jarnac. Allí se encuentra otra prestigiosa bodega, Courvoisier, con el coñac exclusivo que luce en su etiqueta la silueta del emperador Napoleón Bonaparte. El imponente château de esta bodega se asoma al río y sus esclusas junto al ala moderna y sus espectaculares ventanales de cristal. Es, sin duda, la mejor vista de la villa desde su histórico puente. A continuación, si queda tiempo, también se puede visitar la Casa Hine, el único proveedor de coñac de la Casa Real Británica, y el Museo François Mitterrand, instalado en la casa natal del que fue presidente de Francia, donde se exhiben los obsequios que recibió el político socialista durante sus catorce años de mandato en el Palacio del Elíseo.

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Las marismas atlánticas

A 90 kilómetros de Cognac, en dirección norte por la autopista A-10, surge un territorio menos conocido por los viajeros españoles, Le Marais Poitevin (Las Marismas de Poitou), un paraíso para disfrutar en barca o paseando a pie, a caballo o en bicicleta. Popularmente este territorio es conocido como la Venecia Verde y representa la zona húmeda más grande de Francia después de la Camarga, en el sur del país. Su curioso entramado, formado durante los últimos mil años, cubre casi 110.000 hectáreas entre Niort, su ciudad más importante, y el mar, con decenas de canales, diques y esclusas, con una extensión de más de 3.000 kilómetros que le mereció el título de Sitio Grande de Francia y de Parque Natural Regional en dos regiones (Poitou-Charentes y Pays de La Loire) y tres departamentos (Vendée, Deus-Sèvres y Charente-Maritime).

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Desde la Edad Media ya se quiso construir una compleja red hidráulica en torno a este territorio inundado. Primero fueron los monjes de las grandes abadías los que crearon dos áreas: el pantano seco, donde plantaron cereales, y el pantano húmedo, que servía para abastecerse de pescado, sobre todo anguilas –la especie reina en las marismas, cada vez más cercana a la desaparición–, carpas, percas y lucios. Muchos años después Napoleón Bonaparte mandó sembrar cientos de hectáreas de esta tierra con alubias destinadas a alimentar su nutrida Armada, que estaba acuartelada en el puerto de La Rochelle. El general consiguió su objetivo al tiempo que saneaba y limpiaba el río Sèvre, la columna vertebral de las marismas, de modo que reducía las inundaciones y mejoraba la navegación de las gabarras entre Niort y los puertos abiertos del Océano Atlántico.

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Esas marismas rebosantes de agua, el espacio al que se conoce también como el pantano húmedo, están surcadas por un laberinto de canales de diferentes anchuras y profundidades que van entre 50 centímetros y 5 metros, siempre cubiertos de plantas, fresnos, chopos, orquídeas..., y poblados por casi 300 especies de aves y 40 de mamíferos, entre los que destaca el coipo, un roedor muy agresivo con otros animales que puede llegar a pesar hasta 20 kilos. 

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En esta encantadora Venecia de tonalidad verdosa la barca y la barcaza se hicieron imprescindibles desde el principio para el traslado tanto de vecinos como de ganado, especialmente vacas que pastaban en las épocas menos frías y lluviosas. Hoy estas embarcaciones (plates), dirigidas por un barquero con un bastón de cinco metros (pigouille o pala), constituyen la atracción turística más importante de este territorio, pero conviene saber que su importancia histórica fue de tal magnitud que hasta la Segunda Guerra Mundial ninguna mujer de la región podía casarse con un hombre que no dispusiera de una barca.

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Paralelamente a esta obra de ingeniería se desarrollaron un puñado de pueblecitos, como Coulon, el más importante de todos, Arçais y La Garette, que han acabado siendo los principales puntos de partida para las excursiones en barca por las marismas. Siempre a la sombra de Niort y su gran icono, el Torreón de Leonor de Aquitania, el segundo más grande del país después del de Vincennes, visitable en su interior con una exposición interactiva, aunque la mayoría de los turistas lo utilizan para subir a su terraza y disfrutar de una panorámica de 360 grados de Niort. Desde esa altura se divisan las colinas de Notre-Dame y Saint-André, con sus respectivas iglesias, el Pilori, antiguo ayuntamiento de la ciudad, y el mercado cubierto Baltard, del siglo XIX, una catedral en vidrio y acero que acoge a 140 comerciantes y productores locales que venden los tres productos más importantes de la región: el queso de cabra, las ostras y el licor d’Angélique, ideal para combatir las digestiones pesadas.