Ciudades, selvas y playas de Panamá

De los rascacielos de diseño a la selva, de las playas sedantes al ajetreo del Canal, del consumismo imparable a las costumbres indígenas, este país–istmo, cruce de caminos en el centro del mundo, busca su identidad en las mezclas, el contraste y el cóctel de intereses monetarios que la utilizan como un puente entre dos océanos.

Mercedes Ibaibarriaga

La primera imagen que Ciudad de Panamá muestra al viajero, en su ruta del aeropuerto al centro, es el espejismo de la conquista: una torre de 27 metros, legendaria y arcaica, donde nació la capital, en 1519. La segunda imagen se viene encima con crispación futurista y vertical: un ejército de rascacielos de más de 300 metros de altura, torres de diseño en cristal y acero, grúas gigantes sobre la nueva urbe al estilo Manhattan. Desde aquella inicial atalaya, que sirvió para vigilar la llegada de las naves españolas repletas de oro de Perú, a los actuales rascacielos que rodean Bella Vista -uno de los mayores centros financieros de Latinoamérica-, todo sigue igual. Panamá no ha podido escapar a su sino de cruce del tráfico monetario mundial, de nación puente, cortada a la medida del interés extranjero, partiendo de un mismo patrón: el dinero.

Basta entrar en la capital -flanqueada por el Canal, poblada por un 30 por ciento de los 3.395.400 panameños y responsable, por sí sola, del 55 por ciento del PIB- para entender los contrastes que sesgan el país.

Por un lado, está la ruta por esa Panamá espejo del american way of life, que comienza en la moderna capital volcada al Atlántico (y ahora enfrascada en la remodelación de su cinta costera), prosigue con una ineludible navegación por el Canal y acaba (sólo para espíritus consumistas) en la Zona Libre de Colón. Es la segunda mayor zona franca del planeta -después de la de Hong Kong-, expandida en 400 hectáreas donde operan, a precios de saldo, firmas como Cartier, BMW, Phillips y otras 1.600 compañías apostadas a la entrada del Canal por el Pacífico.

La otra Panamá es la de los prodigios de la naturaleza; la de la rana dorada y el árbol de tronco cuadrado, fenómenos que sólo se ven en el valle de Coclé. Es la Panamá exuberante que posee 967 especies de aves -de las dos mil contabilizadas en el mundo-, 1.500 especies de mariposas, 99 variedades de corales, 15 parques nacionales -de los que tres, La Amistad, Darién y Coiba, son Patrimonio de la Humanidad-, decenas de playas intactas, 1.023 islas e islotes en el Caribe y 495 en el Pacífico; la única zona de América donde la Panamericana se interrumpe (en la selva del Darién).

Es la Panamá ancestral regida por las leyes de los indígenas emberá y wounan en el Oriente (Darién); de los kuna en el archipiélago de San Blas, y de los ngobe-bugle, bocotas, teribes y bri bri en el Occidente (Bocas del Toro, Chiriquí y Veraguas). El Estado ha reconocido cinco comarcas indígenas, el 8 por ciento de la población. Es, también, la Panamá a la que vuelven los nostálgicos jubilados norteamericanos que trabajaron en las bases militares y la administración del Canal. En la provincia de Chiriquí, por ejemplo, ha comenzado el boom de la oferta de casas y la inversión en bienes raíces, sobre todo alrededor de un pueblito alpino: Boquete.

Su clima es fresco, tiene fincas cafetaleras, una famosa Feria de las Flores (uno de los eventos más hermosos del país), vistas al volcán Barú (el punto más alto de Panamá, a 3.475 metros) y un aire a aldea suiza instalada en el trópico, quizás por la variedad de europeos que aquí recalaron, durante su ruta en pos de la fiebre del oro, hacia la norteña Canadá.

Otros extranjeros llegaron a Boquete para quedarse, atraídos por su belleza; como lo hicieron, temporalmente, Ingrid Bergman, el shah de Irán (antes de su exilio en la isla de Contadora) o el explorador de la Antártida, el almirante Richard Byrd, para terminar aquí sus memorias. Todos se alojaron en el mítico hotel Panamonte, en pie desde 1914.

Boquete es una buena base para explorar la cercana Reserva de la Biosfera Parque La Amistad, o las todavía no explotadas playas del golfo de Chiriquí. Una y otra Panamá juegan a entremezclarse: a 10 minutos del acero de la capital es posible caminar por los bosques tropicales del Parque Natural Metropolitano, una de las pocas reservas del mundo inserta en una ciudad; a 30 minutos de la city se pueden observar los monos araña, los cariblancos y los aulladores, en la isla Barro Colorado; a dos horas y media se puede visitar una comunidad indígena emberá. Los guías diseñan sus paseos capitalinos basados, también, en el contraste de tres ciudades en una: Panamá la Vieja,, el casco antiguo y la moderna city. La Vieja es la explanada donde el español Pedro Arias Dávila fundó la ciudad (1519). Sólo quedan las ruinas de sus siete conventos, sus pozos y la citada atalaya, restaurada por la cooperación española. Lo mejor es subir a la torre para disfrutar de la magnífica vista de la bahía y evocar el desembarco del bucanero Henry Morgan un 28 de enero de 1671. No se sabe si fueron sus secuaces o un error de los españoles con el polvorín: un incendio arrasó la ciudad y sus habitantes la trasladaron, piedra a piedra, al barrio de San Felipe, el actual casco antiguo, Patrimonio de la Humanidad desde 1997, sobre todo por una habitación de gran importancia histórica, el salón Bolívar, en el Convento de San Francisco. Allí se celebró, durante un año, el Congreso Anfictiónico (1826) para intentar realizar el sueño del libertador Simón Bolívar: la fundación de la gran nación hispanoamericana. En el casco antiguo hay edificios decadentes y fachadas que acotan espacios vacíos, en las que rebota alguna pelota escapada de los partidos de béisbol que disputan los niños en la Plaza de la Catedral. Hay mujeronas negras y una atmósfera caribeña de tonos pastel, que desprenden los descendientes de los constructores antillanos del Canal.

Del pasado esplendor del casco antiguo da una idea el restaurado Teatro Nacional, de interior rojo aterciopelado e inspiración italiana; y el Palacio Presidencial, de 1673, en cuyo patio morisco se pasean dos garzas, extravagancia iniciada en 1922, cuando a un poeta panameño, Torres, le dio por regalar una pareja al sexto presidente de la República, Belisario Porras. Cada anochecer, la guardia presidencial corre en pos de las garzas para obligarlas a volver a sus jaulas palaciegas. Es la hora en que la Plaza Francia, un romántico malecón en forma de herradura, se llena de enamorados. La Plaza está dedicada al inicial (y fracasado) empeño francés en abrir el Canal, capitaneado por el constructor del Canal de Suez, Ferdinand de Lesseps; y a la memoria de Carlos Finlay, el médico cubano que descubrió al mosquito transmisor de la fiebre amarilla en 1881. Gracias a sus investigaciones, los norteamericanos vacunaron a los obreros y acabaron la obra en 1914. Ya habían muerto 22.000 trabajadores por la malaria y la fiebre amarilla (de las que se libró el pintor francés Paul Gauguin: fue obrero en el Canal durante dos semanas, antes de ser despedido).

A espaldas del casco antiguo, los estragos de la invasión de 1989, comandada por Bush padre para capturar a Noriega, aún marcan a fuego el deprimido barrio El Chorrillo, escenario perfecto para la trama salsera de Pedro Navaja, de Rubén Blades, ministro de Cultura. Mejor recuerden la canción y rodeen el barrio. En cambio, suban a los Diablos Rojos, esos buses invencibles que en los 70 y 80 sirvieron como transporte escolar en Estados Unidos y hoy, reencarnados en autobuses privados, surcan la urbe decorados aparatosamente. Para los ciudadanos panameños constituyen parte del folclore urbano y patrimonio nacional. Para el Ayuntamiento, un objetivo a eliminar muy pronto.

Se puede decir que los Diablos Rojos del Caribe (salvando el cambio de escena y abundando más en este Panamá de contrastes) son las lanchas privadas que surcan, llenas de turistas, el archipiélago turquesa de Bocas del Toro: nueve islas, 51 cayos coralinos y más de 200 islotes de manglares. Es un universo de onda hippy y caribeña, a años luz de la capital -una hora de avión-, donde impera la cadencia del guariguari, el dialecto local, mezcla de inglés, español, francés y nöbe-buglé; y la filosofía de la despreocupación. En la isla principal, Colón, hay muchas calles de tierra y sólo una principal, la Tercera; una hilera de restaurantes y hoteles frente al mar, una fila de lanchas mercenarias que navegan hacia los mismos hitos: la playa de las Estrellas, la isla de los pájaros, los cayos Zapatilla, la bahía de delfines, los manglares, la playa de las Ranitas Rojas... Y también hay un espacio de nostalgia reivindicada por las casonas de madera que fueron mansiones de los funcionarios de las compañías bananeras, cuando Bocas producía el oro verde (el plátano), tenía tres cines y era la tercera ciudad en importancia del país.