El país más desconocido de Europa es también el más bonito: Ciudades llenas de color, comida por 4 euros y lagos preciosos de agua turquesa
Atesora una gran riqueza cultural, cuenta con un patrimonio con siglos de historia y su naturaleza está prácticamente sin explorar, ¿Qué más quieres?

Algo está pasando en Europa del este. Siguiendo la estela de destinos como Croacia, parada obligada al otro lado del mar Adriático desde hace ya algunos años (antes incluso de que Juego de Tronos lo pusiera de moda) y más recientemente Albania, que podemos bautizar como la nueva Riviera europea, otro país comienza a hacerse fuerte entre los destinos favoritos par visitar en una escapada a ese lado del continente.
Un viejo conocido desde que la antigua Yugoslavia desapareciera en los 90, pero cuya existencia se remonta muchos años atrás. De hecho, la capital de este país es una de las ciudades más antiguas de toda Europa, habitada por diferentes culturas a lo largo de los siglos. Y todas han ido dejando su huella, una huella que todavía es visible.
Lo más curioso es que, a pesar de todo, Serbia sigue siendo un gran desconocido en términos turísticos. Pero es tanto lo que tiene que ofrecer, que merece la pena descubrirlo en una escapada.
El destino al que hay que ir ahora
Al ser un destino todavía muy poco explorado, no está masificado, y eso ya es un aliciente. Como también lo es su naturaleza, prácticamente inexplorada. Si además de eso, le añadimos una majestuosa riqueza cultural, ciudades con mucha vida social y que los precios son bastante razonables (comparados con el resto de Europa), no hay duda de que es el destino al que hay que ir, antes de que el turismo de masas lo haga.

Comer en Serbia puede salir más que barato. Y es que, una comida rápida en algún bar local puede costar alrededor de los 600 dinares serbios (unos cuatro euros al cambio), y algo más sofisticado, puede alcanzar los 2.500 dinares (lo que viene siendo unos 10 euros). Los precios en Belgrado pueden ser algo más elevados, por aquello de que es la capital, pero aún así sigue siendo barata, en comparación con el resto de Europa.

Qué ver en el destino más desconocido de Europa
Belgrado
Con más de 7.000 años de historia, Belgrado, es parada imprescindible. La capital de Serbia es una ciudad de contrastes y llena de encanto: es la ciudad de la vida nocturna, los restaurantes de moda y las compras. La catedral, la ciudadela amurallada de Kalemegdran y el barrio bohemio de Skadarlija son tres de las paradas obligadas.

Novi Sad
Luego está Novi Sad, la segunda ciudad más importante del país. Situada a orillas del Danubio (río que comparte con las grandes capitales imperiales europeas), entre sus monumentos, destacan la Fortaleza de Petrovaradin, y entre los lugares imperdibles, la Fábrica Cultural, un nombre que lo dice todo. Y que recuerda que Novi Sad fue capital europea de la cultura. Motivo más que suficiente para descubrirla.
Subotica
Casi en la frontera con Hungría está esta ciudad, un destino colorido conocido por su arquitectura modernista y Art Nouveau, lo que la convierte en una de las ciudades más bonitas del país. Además, está muy cerca de lugares naturales como el Lago Palić, la zona termal serbia muy concurrida en verano: sus lodos tienen propiedades curativas, por eso es uno de los balnearios más famosos del país.

Zlatibor
Serbia también tiene montañas, y están en Zlatibor, el refugio montañes del país. Naturaleza en estado puro, es como el retiro perfecto para unos días de desconexión total: cuenta con un lago milenario, una cascada con una caída de más de 15 metros y hasta un pueblo de película, literal (es un pueblo de madera construído por el director de cine Emir Kusturica).

Parque Nacional de Fruska Gora
En medio de un paisaje de bosques espesos y cultivos de viñedos, asoman algunos de los monasterios ortodoxos más importantes de Serbia. De hecho, a esta zona del país se la conoce como la Montaña Sagrada y es como la combinación perfecta entre naturaleza, espiritualidad y patrimonio cultural. Algunos de los templos más importantes están aquí, levantados entre los siglos XV y XVIII y son el mejor testimonio de la herencia religiosa de Serbia.
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