La ciudad de México que enamoró a Juan Rulfo: siesta de verano en Comala

Entre el calor y el murmullo de los muertos, se viaja sin moverse.

Una preciosa ciudad de México que enamoró a Juan Rulfo.
Una preciosa ciudad de México que enamoró a Juan Rulfo. / Istock

El verano se siente en cada soplo de la tierra caliente. En Jalisco, donde Rulfo pasó infancia y mitificó el paisaje, el bochorno no es solo clima: es vehículo. Desdibuja el tiempo, seca las palabras, acorta distancias entre lo vivo y lo muerto. Mientras los turistas buscan sombreados, en Comala el calor provoca siestas donde se sueña con fantasmas; y en esas postraciones nacen voces que resucitan. Aquí hablo de un viaje en reposo.  

Siesta bajo el sol implacable

Rulfo recuerda que “el día que mataron a su padre” entendió que la tierra caliente es violenta porque “el calor… el bochorno… causan el carácter violento”. El calor agrede, ralentiza, obliga a quedarse quieto, como en una siesta eterna. Esa imagen de mutismo y languidez se parece mucho a acostarse bajo una barrera de calor y quedarse medio dormido: despiertas con otro sonido, otro tiempo. Viajar así, sin moverse, en una siesta de verano.  

Vista aérea de la Parroquia San Miguel Arcángel del Espíritu Santo en Comala

Vista aérea de la Parroquia San Miguel Arcángel del Espíritu Santo en Comala

/ Istock / Wirestock

Los murmullos de la siesta 

En “Pedro Páramo”, Juan Preciado regresa a Comala y comprueba que los muertos murmuran, que vuelven para quedarse. Paz decía que Rulfo era más auditivo que visual: “los murmullos… el sonido de las voces es más importante que las imágenes”. En esa siesta, el silencio esconde voces y el calor abre canales por los que se escuchan. Estar medio dormido en una hamaca en agosto puede ser casi lo mismo que habitar ese pueblo hecho de fantasmas: sentir pasar a alguien junto a ti, oír un lamento lejano, creer que lo viste cruzar. 

Comala al anochecer.

Comala al anochecer.

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Viajar en la siesta, quedarse en el tiempo 

Rulfo no elegía lugares por su exotismo; escribía desde lo que conocía: la tierra caliente, la siesta, el calor opresivo. “La infancia es lo que más persiste… hay el ambiente, la atmósfera”. Al caer la tarde, el viaje está dentro del cuerpo: no hay carretera ni tren, solo calor que refracta el paisaje y te empuja adentro, a descubrir lo que guardan el recuerdo y el sueño. Y entonces uno viaja en una casa en penumbra, en ese otro país que habita dentro. 

Verano, siesta y Rulfo: tres palabras que conforman, digo, una geografía propia. No se trata de un viaje turístico, sino de habitar un estado del ser. En esa lentitud impuesta por el calor uno viaja hacia adentro, escucha vientos secos, voces que vuelan en la respiración. Como quien se mete en un cuento mientras duerme en una hamaca: sin saber muy bien si está despierto o si lo inventó. Así de mágicamente real es Rulfo bajo el sol de Comala.  

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