La ciudad más amable del mundo para recorrer a pie tiene una sola calle peatonal que mide más de un kilómetro: el peatón tiene prioridad legal sobre el coche y caminar es lo más placentero
Copenhague lleva décadas construyendo una ciudad pensada para el paso humano: compacta, llana, sin apenas desniveles, con una red peatonal que nació de una sola calle y fue creciendo hasta convertirse en modelo para el mundo.

Una ciudad perfecta para los que buscan dar un paseo sin preocuparse de los coches. / Istock
Pocas ciudades engañan menos al viajero que llega sin grandes expectativas. Copenhague no promete la grandiosidad de París ni la escala mareante de Londres. Lo que ofrece es otra cosa: una ciudad que tiene exactamente el tamaño de sus propios habitantes. El centro histórico cabe en la palma de la mano; de un extremo a otro, apenas tres kilómetros. Los edificios más altos del casco antiguo son las agujas de las iglesias, no las sedes bancarias. Las calles tienen la anchura justa para que dos personas caminen juntas sin que nadie las empuje. Y el suelo es plano, radicalmente plano, como si alguien hubiera pensado desde el principio que aquí había que llegar andando.

Christianshavn en Copenhague. / Istock
Eso no ocurrió por accidente. Copenhague es la ciudad más amable del mundo para recorrer a pie porque su urbanismo lleva más de sesenta años tomando decisiones en esa dirección: reducir el espacio del coche, ampliar el del peatón, mantener una escala que el arquitecto y urbanista danés Jan Gehl, autor de Cities for People (Ciudades para la gente), sintetizó así: "Una ciudad merece la pena si respeta la escala humana. Eso significa que funciona al ritmo del peatón y el ciclista, no del coche; que sus calles y plazas tienen unas dimensiones abarcables donde la gente puede encontrarse." El resultado, sesenta años después, es una ciudad donde coger el coche —si es que alguien lo tiene, porque en Copenhague hay más de 670.000 bicicletas, cifra que supera el número de habitantes— es, sencillamente, la opción más incómoda.

Sara Fernández García
Todo empezó con una calle y una apuesta arriesgada
El 17 de noviembre de 1962 alguien cometió lo que muchos consideraban una imprudencia: la arteria principal de Copenhague, Strøget, fue cerrada al tráfico como experimento. La ciudad llevaba años ahogada por los coches; el céntrico Strøget era ruidoso, contaminado y hostil al peatón. Pero la decisión de peatonalizarlo generó un debate enorme antes de que se llevara a cabo. "Las calles peatonales nunca funcionarán en Escandinavia", se llegó a decir. "Sin coches no hay clientes, y sin clientes no hay negocio", advertían los comerciantes del entorno.
Tenían miedo. Tenían razón al tener miedo. Pero estaban equivocados.

Calle Minter Møntergade en el casco antiguo de Copenhague / Istock / Viacheslav Chernobrovin
Strøget demostró ser un éxito rotundo: los propios negocios comprobaron que los entornos libres de tráfico generan más ingresos. Los datos arrojaron un incremento del 35% en el número de peatones solo durante el primer año, y lo que había nacido como un experimento temporal se hizo permanente en 1964. La calle era —y sigue siendo— una sucesión de cinco tramos y plazas enlazadas: desde Rådhuspladsen, la gran explanada frente al Ayuntamiento, hasta Kongens Nytorv, la plaza que abre al canal de Nyhavn. Esos 1,15 kilómetros se convirtieron en una de las calles peatonales más largas y pioneras de Europa.

Arquitectura en Copenhague. / Istock
Recorrerla hoy es atravesar capas de historia a la misma velocidad que se camina. A mitad del trayecto se llega a Gammeltorv y Nytorv, dos plazas que forman un espacio común; Gammeltorv es la plaza más antigua de la ciudad, cuyo origen se remonta a la fundación de Copenhague en el siglo XII, y en su centro todavía preside la fuente de la Caridad, erigida por el rey Cristián IV en 1610. Un poco más adelante, Amagertorv —considerada la plaza más céntrica del corazón de la ciudad, con su Fuente de las Cigüeñas y edificios cuyo más antiguo data de 1616— sirve de cruce de caminos entre las tiendas de diseño danés, los músicos callejeros que eligieron este rincón y el tráfico constante de gente que no tiene prisa pero que tampoco para. En todo el recorrido conviven cadenas internacionales de lujo con tiendas de cerámica local, escaparates de ropa escandinava con puestos de pølser —los perritos calientes daneses de carrito, que llevan ahí décadas y siguen siendo el tentempié más democrático de la ciudad—, y terrazas donde en cuanto sale el sol los daneses sacan sus sillas con la determinación de quien no piensa desperdiciar ni un rayo.

Famoso antiguo puerto de Nyhavn con coloridas casas medievales / Istock / Nikolay N. Antonov
Pero Strøget nunca fue el punto de llegada; fue el punto de partida. A partir de sus 15.800 metros cuadrados iniciales, la red peatonal del centro de Copenhague fue creciendo de forma progresiva: más calles y plazas se vaciaron de coches en 1968, en 1973 y en 1992, hasta alcanzar cerca de 100.000 metros cuadrados. La espina dorsal de un kilómetro largo engendró todo un organismo.
La ciudad que pensó primero en el que anda
Detrás de esa transformación hay una filosofía, y tiene nombre y apellido. Jan Gehl empezó a estudiar el comportamiento humano en Strøget en 1962, el mismo año de la peatonalización, usando la calle como laboratorio vivo. Sus informes y libros derivados de aquel trabajo influyeron decisivamente en el giro político de la ciudad hacia la promoción de zonas peatonales y del ciclismo. La tesis de Gehl era —y sigue siendo— tan evidente que cuesta entender por qué no la aplicaron antes: "Si invitas a los coches, vendrán más coches. Si invitas a la gente a caminar y a usar los espacios públicos, habrá más vida en la ciudad. Obtienes lo que invitas."

Vista del barrio de Stroget, en Copenhague. / Istock
La arquitectura de Copenhague ayuda. El propio Gehl ha señalado que si vives en los primeros cinco pisos de un edificio, sigues siendo parte de la ciudad: puedes ver y oír lo que ocurre. Por encima del quinto, ya solo puedes seguir el tiempo y el tráfico aéreo, pero no la vida de la calle. El casco histórico copenhagués es, en su mayor parte, un casco de cinco y seis plantas: una trama densa de tenements de altura moderada que mantiene el skyline dominado por las agujas históricas, no por torres de oficinas. El resultado es que la vida ocurre abajo, a ras de acera, exactamente donde debe ocurrir.

Canales de Copenhague. / Istock
La prioridad del peatón no es solo una intención estética sino también una realidad regulada, aunque con matices. En las gågade —las calles declaradas estrictamente peatonales, como Strøget— el coche sencillamente no tiene acceso. En los pasos de peatones, los vehículos están obligados a detenerse cuando un peatón muestra intención inequívoca de cruzar. Y en las intersecciones y rotondas, los conductores deben ceder el paso a los peatones que crucen el carril al que están accediendo, y a los ciclistas que continúan en línea recta cuando ellos giran. No es que el peatón mande en cualquier punto de la ciudad —las vías de tráfico convencionales tienen sus propias normas—, pero el diseño urbano y la regulación combinados crean un entorno donde ir a pie es, en el centro, la opción más cómoda y más segura.

Peatones en Stroget / Istock / William Fawcett
El otro protagonista, imposible de ignorar, es la bicicleta. Copenhague tiene más bicis que habitantes —el 49% de sus residentes la usan como medio habitual de transporte— y una red de carriles bici protegidos que supera los 400 kilómetros solo en la ciudad. El sistema funciona por convivencia: el ciclista tiene su propio carril, separado físicamente de los coches; el peatón tiene su acera y sus zonas; y en el centro peatonal, el orden de prioridad es el del que va a pie. Como bien resume el propio Gehl: "Si eres amable con el peatón y el ciclista, matas cinco pájaros de un tiro: consigues una ciudad animada, atractiva, segura, sostenible y saludable."
El paseo que no se improvisa (aunque lo parezca)
El viajero que llega a Copenhague con buenas zapatillas y sin más plan que caminar puede hacer casi todo lo que merece verse. El recorrido clásico, que se puede completar sin necesidad de subirse a ningún transporte, arranca en Rådhuspladsen —la gran plaza del Ayuntamiento, donde el edificio de ladrillo rojo de estilo romántico nacional domina el horizonte— y sigue por Strøget de principio a fin hasta Kongens Nytorv. Desde ahí, cinco minutos a pie llevan al puerto de Nyhavn, la postal más reproducida de la ciudad, con sus casas de colores reflejadas en el canal. El paseo continúa por el muelle hacia el palacio de Amalienborg —residencia de la familia real danesa, con el cambio de guardia a mediodía—, y si se dispone de energía, hasta el parque de la Ciudadela (Kastellet), una de las fortalezas mejor conservadas de Europa. Una opción más tranquila es desviarse hacia los Lagos —Søerne—, el cinturón de estanques que separa el centro histórico del resto de la ciudad y que los copenhagueses recorren trotando o simplemente sentados en los bancos mirando el agua.

Hermosa fuente en el Palacio Real Danés de Amalienborg al amanecer / Istock / SEREDA Tomas
Para moverse entre puntos más distantes, el metro automatizado de Copenhague funciona las 24 horas del día y el S-Tog —el tren de cercanías— cubre el resto del área metropolitana. Pero hay que decirlo: en el centro, el metro es casi un lujo innecesario. Las distancias están pensadas para caminar.
La mejor época para hacer todo esto es de mayo a septiembre. La primavera trae temperaturas entre 10 y 15 grados, los árboles de cerezo florecen y se abren las atracciones al aire libre; el verano, especialmente julio, es la temporada de mayor actividad, con temperaturas que oscilan entre 17 y 21 grados y una luz del día que, a esta latitud, dura hasta las diez de la noche. El invierno es posible, aunque exige abrigo de verdad y resignación ante los días cortos.

El plato Smørrebrød / Istock / Richard Clark
Para comer, la gastronomía danesa tiene sus propias reglas. El smørrebrød —la tostada abierta de pan de centeno negro con distintos ingredientes encima, desde salmón ahumado hasta arenque en vinagre o rosbif— es la comida de mediodía por excelencia: austera, precisa, muy buena. Los pølser de los carritos callejeros son una institución tan arraigada que nadie se molesta en disculparse por comerlos de pie. Y para algo más reposado, el mercado de Torvehallerne, situado a pocos pasos de la estación de Nørreport, es la referencia gastronómica de la ciudad: dos pabellones de hierro y cristal con puestos de especialidades locales e internacionales, café de especialidad y el ambiente de mercado urbano que hace que la gente llegue con hambre y salga sin querer irse. Abre todos los días. ¿Lo mejor? No hace falta reservar nada.
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