Cinco pueblos serranos para un verano a la fresca

De las Alpujarras a la Sierra de Francia pasando por el Pirineo navarro

Noelia Ferreiro
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Además de un entorno espectacular rodeado de montañas, en estos enclaves encontrarás bellos conjuntos urbanos donde disfrutar de las tardes a la fresca. Porque, para fortuna de los que aborrecen el calor, aquí el mercurio no explota como en otros puntos de la geografía. En estos pueblos serranos, el verano discurre tan suave que la chaqueta no estorba y las noches, a veces, hasta agradecen una manta.

Capileira (Las Alpujarras, Granada)

A espaldas de la Alhambra y a un paso del Mediterráneo, este rincón escarpado que se desparrama por las faldas de Sierra Nevada atesora un puñado de pueblos blancos como copos de nieve que están tocados por el exotismo musulmán. Capileira es uno de los más bonitos, con su peculiar arquitectura tradicional compuesta de chimeneas redondas, terraos y tinaos que se adaptan al terreno quebradizo.

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En los alrededores, sus increíbles paisajes de alta montaña, por los que culebrean carreteras empinadas, brindan maravillosas rutas entre picos y barrancos. Nada extraña que los escritores románticos del siglo XIX cayeran rendidos ante este lugar, contagiados de su ritmo pausado y, quién sabe, seducidos por el rico jamón que encontramos en estas tierras.

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Alcalá del Júcar (Albacete)

Declarado Conjunto Histórico Artístico, este pueblo serrano de Albacete no sólo es uno de los mejor conservados de Castilla La Mancha sino que a menudo se cuela en el ranking de los más hermosos de España. No es de extrañar: su ubicación en el excepcional paisaje que despliega la hoz del Júcar y su pintoresco entramado arquitectónico lo convierten en una joya.

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Extendido por la ladera de un cañón moldeado por la erosión del río, se trata de un conjunto de calles empinadas que trepan hasta un castillo almohade que despunta sobre una muela. Acopladas a la pendiente, sus casas excavadas en la propia montaña parecen estar en equilibrio conformando una maravillosa estampa.

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Ochagavía (Pirineo, Navarra)

El verano no puede ser más idílico en este pequeño pueblo asentado al norte del Valle de Salazar, en la comarca del Roncal. En Ochagavía, el Pirineo navarro dibuja el horizonte, mientras que río Anduña se abre paso y divide esta localidad formada por caseríos de grandes portones y balcones repletos de flores.

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Un lugar para merodear por sus calles estrechas, asomarse a su puente de piedra o subir hasta la ermita de Muskilda a admirar la belleza del entorno. Por si fuera poco, es una de las puertas de entrada a la Selva de Irati por lo que también se puede aprovechar para descubrir este increíble hayedo.

La Alberca (Sierra de Francia, Salamanca)

Su esfuerzo por mantener la arquitectura serrana con el establecimiento de normativas encargadas de que nada desentone le ha valido la pena a este pueblo salmantino, tal vez el más emblemático de la Sierra de Francia. El resultado es un hermoso entramado medieval que convierte al lugar en todo un referente turístico.

La Alberca, Salamanca | Luis Daniel Carbia Cabeza

La Alberca, que es una base ideal para lanzarse a explorar el valle de las Batuecas, fue el primer pueblo español declarado Conjunto Histórico Artístico en 1940. Su fisionomía de calles sinuosas y sus viviendas de piedra o adobe con singulares traviesas de madera no han pasado desapercibidas. Por algo lograron cautivar a figuras como el pintor Joaquín Sorolla o el intelectual Miguel de Unamuno.

Conde Negro

Zahara de la Sierra (Sierra de Grazalema, Cádiz)

Enmarcado por la naturaleza de este parque natural dibujado con altas montañas y bosques de pinsapos (un abeto que crece en parajes mediterráneos), Zahara de la Sierra es uno de los diecinueve pueblos blancos que salpican la provincia de Cádiz. Una villa encaramada a un monte que además tiene el privilegio de reflejarse sobre las aguas turquesas de un embalse.

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Desde lejos, la visión resulta preciosa, tanto como lo que descubres cuando recorres sus calles: patios, fuentes, iglesias, restos de una muralla, torres y un majestuoso castillo elevado sobre un promontorio.

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