Cinco lugares que no hay que perderse de Las Tablas de Daimiel

Manuel Mateo Pérez
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Foto: ELENA SANCHEZ / ISTOCK

Es uno de los humedales más singulares y valiosos de España. Las Tablas de Daimiel, declaradas Parque Nacional, son el hogar de miles de aves. Su frágil ecosistema encierra una fauna y una flora única en Europa.

Centro de recepción

El centro de información y recepción de visitantes es un edificio de una sola planta, construido en piedra. La sala de exposiciones ilustra al visitante del valor ecológico de la tierra que pisa. Hay en su interior una sala de proyecciones y un largo pasillo donde a modo de maqueta están representadas buena parte de las especies vegetales y animales que se citan en este humedal, declarado en su día Reserva de la Biosfera. Las Tablas de Daimiel, declaradas hace treinta años Parque Nacional, son uno de los espacios paisajísticos más singulares de la infinita llaneza manchega.

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Torre de Prado Ancho

La ruta que conduce hasta la torre de Prado Ancho posee una distancia de kilómetro y medio. Desde sus cuatro observatorios se otea el vuelo de las aves y su revoloteo entre los sotos de las isletas. A medio camino está el embarcadero. La torre de Prado Ancho es el punto más elevado del parque. Desde aquí se goza de una hermosa panorámica. Las tablas quedan a los pies del visitante. La vista distingue incluso los cauces de los ríos Cigüela y Guadiana que alimentan constantemente este amable conjunto de lagunas de escasa profundidad. Los ornitólogos acuden a la torre de Prado Ancho a la caída de la tarde para estudiar el vuelo de las aves.

Isla del Pan

El itinerario más concurrido de las Tablas de Daimiel es aquel que conduce hasta la isla del Pan. Sus dos kilómetros transitan por pasarelas de madera que entre isla e isla se abren a modo de balcones. Apostados en las ordenadas barandillas, los visitantes observan cómo los patos trazan una raya en el agua. Bajo ellos crecen las verdosas ovas, algas que para muchas aves representan su principal sustento alimenticio. De repente, alguna focha común, un ánade real, una garcilla, salen de su escondrijo entre la maleza de la masiega, el carrizo o la enea. El cielo lo sobrevuela el aguilucho lagunero, la única rapaz de las tablas. A los charcones saltan ranas y sapillos. La culebra de agua serpentea mientras la nutria se sumerge en busca de algún pez.

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Daimiel

Daimiel, la localidad que da nombre a las Tablas, está dispuesta como una gran tela de araña cuyo centro lo constituye la plaza de España, un ágora de recio sabor castellano, próxima a los dos templos más valiosos de la ciudad. La iglesia de Santa María la Mayor, donde confluyen estilos como el gótico, el renacimiento y el barroco, posee un interior en cuyas capillas se veneran imágenes de gran valor artístico. Muy cerca se erige la iglesia de San Pedro Apóstol, o edificios singulares como el convento de San Francisco o el populoso Teatro Ayala, uno de los más activos de la comunidad.

Villarrubia de los Ojos

En Villarrubia de los Ojos, situada al lado del parque nacional, destaca por encima del caserío el altivo campanario de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. A sus pies se reparten otros monumentos emblemáticos como la Casa Sánchez-Gijón, fechada en el XVIII, el convento de las Monjas Clarisas o la querida ermita de San Isidro. Sin embargo, en el centro de devoción mariana de la comarca está en el santuario de la Virgen de la Sierra, encaramado a un altozano, a medio camino entre los Montes de Toledo y la vega del río Cigüela desde donde se divisan las Tablas.