Cinco lugares que son el fin del mundo

Desde la punta del continente americano hasta la gélida antesala del polo norte, desde lo más austral hasta lo más ártico. Son algunas de las versiones que tiene el último confín

Noelia Ferreiro
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Foto: SeppFriedhuber/iStock

Lugares con categoría de límite, bendecidos a lo largo de la historia por la mística del finis terrae. Lugares que anticipan desolados parajes, allá donde el planeta da su abrupto adiós a la tierra habitada por el hombre. Repasamos cinco destinos que son el fin del mundo porque dejan adivinar la soledad: más allá de ellos todo es océano o hielo… o nada.

Ushuaia en la punta de América

La encontramos en el sur del sur, encajada entre las montañas y el mar, allá donde el océano Pacífico se abraza con el Atlántico para dar paso después a la inmensidad helada de la Antártida (apenas mil kilómetros la separan del desierto blanco). Ushuaia, capital de esa puntiaguda cola llamada Tierra de Fuego, conforma el extremo de Argentina, y con él, del continente americano. Por eso es la metrópoli más austral del globo (la chilena Puerto Williams, algo más meridional, no tiene categoría de ciudad). Y por eso también todo cuanto en ella existe lleva el sello del fin del mundo: el tren, la prisión, la estación de esquí… Más allá de su romanticismo, “la bahía que penetra hacia el poniente”, como la apodaron los yámana, es una encantadora localidad rodeada de picos nevados, bosques, lagos de un azul cegador y la belleza espectral del Canal de Beagle, salpicado de rocas e islotes.

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Ciudad del Cabo, esquinazo africano

A un par de horas por carretera del Cabo de las Agujas, el punto más austral de África (aunque erróneamente se cree que es el Cabo de Buena Esperanza), la vibrante y cosmopolita Ciudad del Cabo es otra de las metrópolis tocadas por la varita mágica de hallarse en las postrimerías del globo. Especialmente si la vista se extiende sobre la cima del Monte Mesa (1.086 m de altura), desde donde se aprecia en toda su amplitud este esquinazo del continente, tropiezo del Índico y el Atlántico. A sus pies se desparrama la ciudad, motor económico de Sudáfrica, bordeada de playas infinitas, de animadas y coloridas calles, de una amalgama de ritmos y sabores. Porque en Cape Town la vida salvaje se funde con el entramado urbano, y muy cerca también, con los viñedos que devuelven uno de los vinos más famosos del mundo.

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La Isla Stewart y la remota antípoda

Puestos a arañar lo más meridional, aquí va este otro enclave único: la Isla Stewart, emplazada a 30 kilómetros de la Isla Sur de Nueva Zelanda, de la que está separada por el estrecho de Foveaux. Es decir, en el fin de las antípodas. Apenas un punto en el mapa, con una población muy escasa –Oban, de unos 500 habitantes- y una colección de aves exóticas en las que no falta el esquivo kiwi, al que se puede ver en libertad. En Stewart la naturaleza se explaya a sus anchas. Por algo no existe el tráfico rodado, ni los grandes hoteles. Tan sólo auroras australes, hermosas calas solitarias y el Parque Nacional de Rakiura, que cubre la mayor parte de la isla, y que brinda rutas de senderismo a través de un bosque exuberante.

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Longyearbyen, en el extremo norte

Se trata de la población habitada más septentrional de la tierra. Una localidad en sí misma, con escuela, mercados y bares (otras, más al norte, son estaciones de investigación) donde unos dos mil valientes convierten su día a día en un reto de supervivencia. Porque en este pintoresco pueblo de las noruegas Islas Svalbard, las temperaturas difícilmente superan los cero grados. Nada extraña si tenemos en cuenta que se ubican en el Océano Glacial Ártico, muy cerca del Polo Norte. Más allá tan sólo habrá masas de hielo y el desamparo de un lugar en el que, una vez más, el mundo concluye.

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Vladivostok, límite psicológico

Geográficamente, no debería incluirse en el fin del mundo. Su ubicación en el extremo más oriental de Rusia la sitúa apenas a 128 kilómetros de la frontera con Corea del Norte. Sin embargo, Vladivostok es otra de las ciudades límite porque ejerce de páramo olvidado lejos del resto del planeta. Por su historia, por sus largos inviernos, porque es la meta del mítico Transiberiano tras una larga cadena montañosa siempre cubierta de niebla. Vladivostok parece ajena a todo. Y sin embargo sigue siendo Rusia, e incluso la Rusia más moderna, repleta de cafés con encanto, museos, locales de moda y noches de desenfreno juvenil… a casi 10.000 kilómetros de la capital del país.

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