Cinco escapadas idílicas para estrenar la primavera

De Túnez a Irlanda del Norte, pasando por España, escenarios ideales para recibir a la estación florida

Noelia Ferreiro
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Ya está (casi) aquí la estación más deseada del año y estos son algunos destinos estupendos para recibirla. 

La isla de Djerba (Túnez)

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¿Puede aunar un mismo destino la esencia del Mediterráneo con la magia del Sahara? Ciertamente sí. En Túnez, la isla de Djerba se debate entre el mar y la arena. Exótica, apacible, irresistiblemente encantadora, este territorio separado del continente por un canal al que los romanos ya dotaron de una calzada, ejerce una fascinación que se remonta a la época de Homero. El poeta de la antigüedad, de hecho, situó aquí aquel pasaje en el que Ulises queda embriagado por el loto, un delicioso fruto que hace desaparecer cualquier deseo de marcharse. 

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Por ello y por otras múltiples razones, Djerba es un lugar maravilloso, especialmente en primavera cuando sus rincones se alfombran con miles de buganvillas. Djerba atrae por su historia tumultuosa, por su animada capital, Houmt Souk, con su puerto pesquero y su ruidoso mercado, y por Guellala, el atractivo pueblo de los alfareros. Pero sobre todo atrae por sus playas de arena blanca y aguas cristalinas, en las que ya soñar con el buen tiempo. 

El bosque de Muniellos (Asturias)

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Fabuloso resulta también en la época que se avecina este parque asturiano, declarado Reserva Natural Integral, al que sólo veinte privilegiadas personas pueden visitar cada día. Un bosque como el que dibujan los cuentos de hadas, en el que sopla el aire más puro (constatado por los expertos) y se esconden misteriosas leyendas. Muniellos está en pleno corazón del parque natural de Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias, en la esquina suroccidental del principado. Y lo que esconde en su interior es una de las más extraordinarias muestras de la naturaleza ibérica: el mayor robledal de España y una de las masas forestales más emblemáticas de Europa. 

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Tejos, acebos, hayas y abedules… junto a fresnos, pláganos, sauces y avellanos conforman su vegetación increíble, en la que sobrevive una fauna no menos espectacular:  jabalíes, lobos, corzos, gatos monteses y hasta el esquivo urogallo, sin olvidar, claro, que el rey de los moradores del entorno sigue siendo el oso pardo.

Madeira (Portugal) 

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Apodada ‘el jardín del Atlántico’, esta encantadora isla portuguesa goza de una de las mayores explosiones de naturaleza del Viejo Continente. Por algo es el lugar donde Europa se une con el trópico alumbrando un vergel en medio del océano con temperaturas veraniegas durante todo el año.  En Madeira se puede disfrutar de una costa salpicada de acantilados, de miles de kilómetros de canales o levadas para seguir su pista en bellas caminatas y de rutas señalizadas sobre majestuosos picos o a través de bosques de laurisilva

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Por si fuera poco,  la belleza no es menor en el resto de las islas que conforman el archipiélago: Porto Santo (habitada también) y Desertas y Selvagems, dos pequeñas ínsulas mantenidas como parque natural. Todas están tapizadas de increíbles jardines con plantas subtropicales y de bellos paisajes de abruptas montañas que se elevan sobre las nubes. 

Cadaqués y la Costa Brava (Gerona)

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Antes de que el turismo invada este rincón, conviene hacer una escapada al que fuera para Salvador Dalí “el pueblo más bonito del mundo”. Así, solitario y apacible, Cadaqués se muestra en primavera como un cuadro en azul y blanco reflejado en el Mediterráneo desde una pequeña bahía. Un entramado de casas impecables que no sólo enamoró al pintor surrealista sino también a otros intelectuales como Marcel Duchamp, Max Ernst o Eugenio D’Ors. 

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A este enclave marinero se viene a comer muy bien, a descansar y a disfrutar de la naturaleza única de la Costa Brava hasta llegar al Cabo de Creus, allí donde reside el punto más oriental de la península y donde el sol saluda antes que el ningún otro sitio. 

La Calzada del Gigante (Irlanda del Norte)

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Apenas explorado, este sobrecogedor lugar declarado Patrimonio Mundial se encuentra en la costa irlandesa de Antrim. Su extraña belleza consiste en unas 40.000 columnas de basalto de peculiares formas geométricas, algunas de las cuales llegan a medir más de 160 metros de altura. Todas descienden hasta el océano Atlántico en una visión impactante que ha sido originada por la actividad volcánica hace la friolera de 60 millones de años. 

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Se puede saltar de piedra a piedra, explorar las colinas circundantes o simplemente sentarse a admirar uno de los espacios naturales más extraordinarios de Europa, en el que la luz confiere unos tonos excepcionales. La leyenda dice que fue un gigante guerrero el que la construyó para cruzar hasta Escocia y luchar contra sus enemigos.