Cien años de ‘Platero' en las calles blancas de Moguer

Hace ahora cien años vio la luz "Platero y yo". Un libro en prosa que es pura poesía, la de Juan Ramón Jiménez, quien obtendría el Premio Nobel de Literatura cuarenta y dos años después, en 1956. Una obra excepcional que constituye un álbum de imágenes, de retratos, de instantes fugaces, de paisajes: los que arropan a la onubense y luminosa localidad de Moguer, donde vivieron "Platero" y Juan Ramón Jiménez.

Carlos Pascual

Claro está que no es un libro para niños (lo aclara el propio Juan Ramón Jiménez en el prólogo de la primera edición). O sí. Como podría ocurrirle a El Principito, de Saint-Exupéry: un libro sin edad para el niño que siempre llevaremos dentro. La primera edición de Platero tenía solo 66 capítulos; en 1917 salió ya con 138, y Juan Ramón llegó a planear (que no a escribir) hasta 190. Tal vez sea, junto con el Quijote, el libro en lengua española más traducido a otros idiomas: en la localidad onubense de Moguer coleccionan ediciones en medio centenar de lenguas. Y tienen a punto una nueva edición, que obsequiarán a quienes visiten Moguer en este año de aniversario.

Recuerdos del autor

Moguer, a orillas del río Tinto (que antes fue ría, y por tanto mar), vive la efemérides entregada a su poeta. Pues Juan Ramón nació allí, la víspera de Nochebuena de 1881, en la calle Ribera, número 2. En una casa neomudéjar que acaba de ser remodelada para mostrar la relación de Moguer con el mar, y con el vino (el padre era vinatero, en una comarca que ostenta ahora la Denominación de Origen Vinos del Condado). En una estancia se ha reconstruido el despacho del padre, otras salas se dedican al entorno marinero, a los vinos, a Zenobia, esposa y gran amor de Juan Ramón, con la que se casó a poco de publicar Platero; en colaboración con ella traduciría al escritor indio Rabindranath Tagore. Hace nada se abrió una sala dedicada a otro poeta de Moguer, Francisco Curro Garfias, quien no conoció personalmente a Juan Ramón, pero dedicó muchos esfuerzos y libros a estudiar y divulgar la obra de su paisano Nobel.

Cuando Juan Ramón tenía solo 4 años, la familia se mudó a una casa mejor acomodada, en la Calle Nueva. Una casona andaluza, del siglo XVIII, que desde entonces ha sido lieu de mémoire del autor. El muchacho se fue a estudiar a Cádiz, luego a Sevilla (pintura) y con 19 años se lanzó a la conquista de Madrid. Tuvo que regresar a la casa de Moguer en 1905 (muerto el padre, el negocio familiar había quebrado), y allí vivió hasta 1912. Luego vendría la marcha definitiva, primero a Madrid, luego al exilio, a América. La casa, de dos plantas en torno a un patio interior cubierto, con un pequeño aljibe, reúne ediciones de libros, fotografías y objetos personales de Juan Ramón y de Zenobia; incluso muebles, como si la pareja solo hubiera salido a dar un paseo.

La obra en azulejo

Un patio exterior condensa la presencia de Platero: el establo, sus arreos, un burrillo de bronce. Moguer ha consagrado la Ruta de Platero a golpe de azulejo; hay unos veinte esparcidos por todo el pueblo, con citas del libro que son una especie de guía sentimental. Ellos nos hablan de piedras: el castillo (sí, un castillo de origen romano, en tiempos de Juan Ramón apenas una gavia y cuatro muros, y ahora más o menos recompuesto), la torre parroquial ("parece de cerca como una Giralda vista de lejos"), las calles y azoteas; pero, sobre todo, registran instantes, personajes, la magia de la vida. La ruta bien pudiera concluir en Fuentepiña, casita de campo del poeta (ahora propiedad privada), donde un pino "redondo y paternal" vela el sueño eterno de Platero.

Moguer tiene aires devilla marinera, porque lo fue. El mar (o la ría, que reculaba hasta San Juan del Puerto) entraba por sus calles y las de su vecina Palos. Dos familias locales de marinos gozaban de prestigio antes de que América fuese descubierta, la familia de los Niño, en Moguer, y la familia Pinzón, en Palos. Los Niño construyeron, en lo que es hoy una alameda, una de las tres carabelas del Descubrimiento. Tres carabelas...que fueron dos, la Niña (la de los Niño) y la Pinta (de los Pinzones), porque la Santa María no era carabela (árabe, más ligera) sino nao (una nave más robusta, de tradición portuguesa). Cristóbal Colón consiguió reunir tripulación gracias al prestigio y la confianza (¡sobre todo eso!) que infundían las familias Niño y Pinzón. De qué si no.

La promesa de Colón

La gesta americana tiene en Moguer un monumento inmenso en tamaño, pero sobre todo en poder de evocación, el convento de Santa Clara. Un edificio del siglo XIV, gótico y mudéjar, que conserva los perfiles y silencios de la época colombina. A la vuelta del primer viaje, en marzo de 1993, el curtido hombre de mar que era Colón pasó un susto de muerte por una tormenta brutal en las Azores. Hizo entonces la promesa de pasar una vigilia en Santa Clara si llegaba con vida, y cumplió el voto en cuanto pisó tierra.

Otro convento casi coetáneo es el de San Francisco, con un patio plateresco. En sus celdas durmieron muchos frailes que, a la mañana siguiente, cogían el petate y se embarcaban rumbo a las nuevas tierras, a conquistar almas. Ahora aloja el Archivo Municipal y la Biblioteca Iberoamericana. La llamada Capilla del Corpus, resto de un antiguo hospital, está en manos de una Hermandad semanasantera y solo se ve por fuera.

Nobel en el exilio

Moguer se desmigaja -la imagen es del poeta- en calles blancas, rejas de ventanas y balcones, azoteas con olor a salitre. Ante el Consistorio, un palacete dieciochesco, un Juan Ramón de bronce observa sentado, como uno más de los paisanos que ocupan las terrazas en derredor. Dan ganas a veces de creer en el Destino. La aventura americana que se fraguó en Moguer resulta una premonición de los años últimos de su hijo más ilustre. Juan Ramón, partidario abierto de la República, tuvo que marchar al exilio, mientras su casa de Madrid era saqueada. Primero, Nueva York, Puerto Rico, La Habana; luego, Coral Gables, Miami, Maryland, de nuevo Puerto Rico... Allí tiene otra casa museo, en el Viejo San Juan. Allí recibió la noticia de la concesión del Nobel, el 25 de octubre de 1956. Tres días después, moría Zenobia; el autor no asistió a recoger el premio. Año y medio más tarde (28 de mayo de 1958) también él fallecía. Lo trajeron a Moguer. Allí reposa, con Zenobia, bajo una lápida tan desnuda como su poesía, en la que solo figuran una cruz y los dos nombres de pila, con las fechas del deceso. Bajo el mismo cielo transparente, con olor a mar y a pinos, que cubre al sueño cercano de Platero, y a todos los sueños.

Un poeta universal, premio nobel de literatura 1956

Aunque Platero y yo sea el más universal de sus libros, el Nobel venía a coronar la obra inmensa de un gigante de la poesía. Juan Ramón podría ser considerado como una especie de eslabón entre la Generación del 98 (Valle Inclán, Benavente y los Machado le visitaron, siempre andaba malucho y de sanatorios) y la Generación del 27, para la cual fue un referente, un padre espiritual. Empezó flirteando con el simbolismo (un rastro de su afición a la pintura) y acabó con la abstracta desnudez de sus últimos libros, como Animal de fondo, Dios deseado y deseante, Espacio...