El cielo en la tierra: así son (pese a su nombre) las Islas Diabólicas

Este remoto archipiélago de Croacia es una joya del Adriático

Noelia Ferreiro
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Hay lugares que son, precisamente, lo opuesto a lo que su nombre evoca. Algo así como un guiño a la inversa. Es lo que ocurre con las Islas Diabólicas, a las que encontramos dispersas por el mar Adriático en la región croata de la Dalmacia central. Un diminuto archipiélago llamado así por su orografía, que dibuja una especie de tridente que bien pudiera ser el del mismísimo diablo.  

Sin embargo, nada infernal se encuentra en este lugar, que más bien consigue que uno se sienta exactamente en el paraíso. En este satélite de islotes deshabitados no sólo aguardan bonitas playas abrazadas por bosques de pinos que anteceden a la aguas más cristalinas del país, sino también ecos mitológicos y la máxima expresión de la palabra intimidad.

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Semilla de Poseidón

Pakleni Otoci es el verdadero nombre de este conjunto de islas. Un nombre que proviene de la paklina, una resina que contienen los árboles de este lugar y que antaño era utilizada para barnizar las embarcaciones.  Pero muchos también ven en este territorio, todo un alarde de erotismo. Para ello está, claro, la leyenda que justifica tal concepción. Cuentan que en este punto exacto vivía la ninfa Dahmar, cuyos amoríos con Poseidón provocaban los celos de Zeus. Un buen día, el dios de los dioses, enfurecido por el espectáculo, interrumpió la pasión de los amantes y provocó que la semilla de amor se desperdigara por el mar. Aquellas gotas se convirtieron entonces en estas islas maravillosas.

Navegando por el edén

Para ir a las Diabólicas hay que partir de Hvar, la isla de nombre impronunciable que es, por su animación nocturna, una suerte de Ibiza de los Balcanes. Aquí donde los campos perfumados de lavanda compiten con los bosques de pinos, olivos y cipreses, hallaremos pueblos medievales verdaderamente exquisitos.

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Desde su puerto, en un taxi-boat o a bordo de una lancha alquilada, se llega fácilmente a las Pakleni, emplazadas a apenas unas millas de su bahía. Porque no hace falta disponer de un permiso para navegar durante un día y bucear en las profundidades, tomar el sol en cubierta o detenerse a tomar un trago en alguno de los clubs integrados en las playas.

Nudismo opcional

Las barcas, que permiten llevar hasta cinco personas, funcionan con un pequeño motor que, tras una lección de 10 minutos, resulta muy fácil de manejar. Y aunque todas las islas merecen la pena, son San Clemente, Marinkovac o Jerolim las que reciben más visitas por su mayor cercanía.

Hay que descubrirlas todas. Zdrilca, anillada por unos fondos cristalinos en los que habitan cientos de peces. O Stipanska, tocada por un aire como del fin del mundo. O Palmizana, tapizada por centenarias plantas exóticas que conforman un auténtico jardín botánico. Y es bueno saber que, aunque hoy es una práctica opcional, estos atolones escondidos fueron los primeros de Europa en los que se permitió el nudismo.

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