Cícladas o el mito eterno: las islas a las que siempre se vuelve

Pocos lugares destilan tanta magia como este archipiélago griego trazado de postales en azul y blanco

Noelia Ferreiro
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Foto: KavalenkavaVolha / ISTOCK

Ni las trilladas postales que hemos visto miles de veces, ni las hordas de turistas que vomitan los cruceros, ni el inevitable carácter turístico que tiene todo cuanto a ellas se refiere. Nada, absolutamente nada, empaña la magia de este archipiélago posado en el corazón del mar Egeo y envuelto en su propio mito. Un lugar al que se vuelve una y otra vez como en una suerte de enamoramiento eterno.

Grecia tiene miles de islas, pero ningún grupo como en de las Cícladas condensa de manera más fiel la esencia pura del Mediterráneo. Esta cincuentena de mini paraísos encarnan el acervo de imágenes que comúnmente se tienen del país heleno. Las cúpulas azules dominando la bahía, los pueblos encalados sobre acantilados volcánicos, las playas resplandecientes, los infinitos olivares, los molinos quijotescos recortando el atardecer.

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El placer de las pequeñas cosas

A las Cícladas se viene a empaparse de la luz más pura del mundo, a reconectar con los cimientos de la historia, a emular el glamour de los millonarios y entender, al fin, que la felicidad está en los sabores de la tierra, en el azul intenso del mar, en el calor humano. Una ensalada bien colmada de queso feta, un atardecer sangriento, una ruidosa taberna. Todos estos placeres mundanos desfilan por este rincón del globo tocado por el culto a la buena vida.

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¿A qué se debe su encanto universal?  Tal vez a la huella que sembraron dos mil años de civilización cicládica (una de las más antiguas) y que luego terminaron de modelar minoicos, romanos, bizantinos, venecianos y turcos. O quizás a su perfil magnético heredero de un pasado volcánico. O mejor: a la combinación tan irresistible de sus elementos.

Mitología y sirtaki

Y es que estas islas invitan a sumergirse en el relato de la antigüedad para codearse con los inicios del pensamiento, con los latidos precursores de la democracia, con los primeros pasos del arte, la ciencia y la filosofía. También aquí se escuchan, a poco que se agudice el oído, las resonancias mitológicas. Y se imagina a Ulises en su viaje legendario. Y se rememora a ese joven Anthony Quinn bailando un sirtaki en Zorba el griego.

Molino de viento de Mikonos. | afinocchiaro / ISTOCK

Santorini y Mikonos son las más visitadas por derecho propio, porque en ellas se capturan las postales más bellas. La primera, con su caldera en forma de media luna y su cortinaje de peñones multicolores. La segunda, con sus fiestas incombustibles encumbradas por el turismo homosexual.

Una isla para cada estado de ánimo

Alejadas de las más famosas, existen otras joyas igualmente cautivadoras. Empezando por el norte, donde Andros, Tinos, Syros y Kea, entre otras, disfrutan de un turismo más sosegado, amén de un bonito paisaje y playas mucho más solitarias que las de sus coquetas hermanas.

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En el centro y hacia el sur, las islas deparan otros atractivos. En la más grande, Naxos, donde se cuenta que el ingrato Teseo dejó abandonada a Ariadna, el aire que llega del monte Zeus refresca los huertos y viñedos. Su vecina, Paros (y su bello apéndice Antiparos), alberga puertos pesqueros y pueblos dominados por el mismo mármol que moldeó a la Venus de Milo.

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Más abajo, en Ios, no sólo yace la tumba de Homero en un mirador sobre el mar, sino también un rosario de playas espectaculares. Folegandros, puro acantilado rocoso con dos aldeas remotas; y Amorgos, con sus montes picudos y sus restos arqueológicos, destacan entre muchas otras, también de escenografía blanquiazul.

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