Chiquitanía, misiones increíbles de Bolivia

Los Llanos de Chiquitos o Chiquitanía es el nombre de una extensa llanura boliviana situada entre el Gran Chaco y la Amazonia. Una zona donde proliferaron las misiones de los jesuitas, las llamadas reducciones. La arquitectura de los pueblos misionales de esta región captura al viajero, así como sus gentes y, sobre todo, sus flores...

Carlos Carnicero
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Foto: Álvaro Arriba

La arqueología es en esencia un ejercicio forense. Pero hay excepciones. La Chiquitanía es, sobre todo, una muestra, casi única, de arqueología viva. Acostumbrados a recorrer ruinas de civilizaciones antiguas, adivinando formas de vida y costumbres en la observancia de sus restos, lo que espera en cada apeadero de este camino de ripio que recorre el norte de la provincia de Santa Cruz es un milagro de la supervivencia. Se debe, sobre todo, al refugio que la selva boliviana ofrecía a este territorio relativamente llano, con ondulaciones suaves, escondido al lado de la frontera con Paraguay y Brasil y al lado de una extensa y bella zona pantanosa. Y fue determinante el aislamiento para que las formas de vida instauradas en las misiones o reducciones de los jesuitas haya sobrevivido hasta nuestros días. En este rincón de Bolivia, tan diferente del altiplano, las etnias de los que los españoles bautizaron como Chiquitos -un equívoco provocado por la diminuta dimensión de las puertas de las viviendas de los indios de la zona- aceptaron, no sin resistencia previa, la evangelización de los jesuitas a finales del siglo XVII. A diferencia de otras iniciativas religiosas de la conquista, los jesuitas no solo introdujeron la fe católica sino también un sistema de vida y economía que garantizaba la supervivencia de los indígenas acogidos a la protección de la obra de San Ignacio. Hasta que Carlos III de España decretó la expulsión de los jesuitas en 1767, estos consiguieron no pocas prerrogativas de la Corona para proteger y promover la vida indígena en este rincón apartado de los centros de poder de la conquista.

Lo primero que llama la atención al recorrer las misiones de Chiquitanía es la arquitectura de cada una de las reducciones. La Misión de San Javier fue la base de este estilo de organización, con estructura modular cuyo epicentro era una amplia plaza de entorno, en la cual se concentraban la iglesia, el cementerio, las escuelas, los talleres y las viviendas. La vida estaba y está construida alrededor de las iglesias. Verdaderas catedrales de madera y adobe, con puntales en ocasiones de más de quince metros, sustentadas en columnas de troncos de una sola pieza. La decoración recuperada en pinturas originales demuestra la introducción del barroco indígena. Y la perfección de los acabados en las construcciones, con materiales de la zona, demuestra la gran capacitación técnica y el empeño con el que trabajaron quienes las fundaron. Sigue habiendo talleres de luthiers en un universo en donde la música es una realidad permanente que no ha sido suspendida por el tiempo. Las obras de restauración permiten recorrer las iglesias en donde la música barroca y renacentista es protagonista viva en una tradición que se conserva en forma de orquestas, conservatorios y la conservación de casi diez mil partituras de música barroca renacentista de la época que se siguen interpretando en los festivales de música que se celebran cada dos años en el mes de agosto.

Huella cultural protegida

Todo fue posible por algunas coincidencias admirables. En primer lugar, la llegada a Chiquitos del padre jesuita suizo Martin Schmid (1694-1772). Arquitecto, escultor, luthier, músico y tallador, desarrolló una labor ingente, construyendo y diseñando las iglesias de cada comunidad, racionalizando el urbanismo de cada asentamiento y enseñando música a los indígenas. Creó talleres de construcción de instrumentos musicales con unas técnicas que siguen vivas. La obra de Schmid, el carácter de su trabajo sistemático, está en la base de dos prodigios coincidentes: unas huellas culturales que han permanecido vivas y vigentes, y el hecho de que lo intrincado de la selva boliviana -sobre todo en aquella época- permitiera sustraer a las misiones de los ataques de los bandeirantes y mamelucos brasileros y de las tropas del rey de España.Después, la selva encapsuló estos prodigios de las miradas ajenas protegiéndolas vivas hasta nuestros días.

Al mismo tiempo que se realizaba esta formidable obra cultural, los jesuitasdesarrollaron una economía cuyo sustrato también permite un modo de vida a los actuales habitantes de las misiones. Fabricaban sebos, velas y mechas para las minas de Potosí; trabajaban el cuero, creando un flujo económico estable. La defensa también era labor prioritaria, sobre todo en los primeros tiempos en donde las partidas de bandeirantes procedentes de Brasil hacían incursiones para secuestrar esclavos. La ganadería y la agricultura no solo proporcionaban y proporcionan sustento sino que formaban parte del comercio con las regiones vecinas. Los esfuerzos del jesuita catalán Francisco Burgés arrancaron de la Corona de España el reconocimiento de privilegios y derechos de los indígenas con exenciones importantes respecto al trato que recibían en otras latitudes de la conquista. Pero al mismo tiempo suscitó celos e intrigas para acabar con aquella organización insoportablemente progresista en aquellos días. Los indígenas de Chiquitos no tenían que ofrecer al rey de España un hijo varón para trabajar en las minas de Potosí, donde era difícil que quienes trabajaban en condiciones de esclavitud cumplieran los cuarenta años.

Un viaje fascinante

A diferencia de las misiones que se desarrollaron en Brasil y Uruguay, abandonadas y destruidas con la expulsión de los jesuitas, las misiones bolivianashan sobrevivido, con sus formas de vida esenciales, hasta nuestros días. En cada una de las misiones que forman el recorrido por la Chiquitanía sorprende el carácter de los indígenas que las siguen habitando. No se observa el recelo que en el altiplano sostiene la mirada de los indígenas ante los blancos. Existe un refinamiento en los comportamientos de los pobladores y la comunicación es fácil ante la llegada de los todavía escasos visitantes de un turismo que esencialmente tiene motivaciones culturales. Hay que dar gracias por los precarios y modestos establecimientos hoteleros, por los caminos sin asfaltar y las grandes distancias que hay que recorrer. Estos impedimentos permiten un viaje fascinante, casi privado, a rincones que de otra manera sufrirían una explotación del turismo. La calma, la sensación de confortable aislamiento, permite disfrutar en soledad. De verdad esun viaje apasionante para descubrir huellas de luz, de cultura y de civilización en el pasado de la conquista.

El festival de la orquídea

Teofrasto, un discípulo del gran Aristóteles, dio nombre a la orquídea debido al parecido que tienen los pseudobulbos de alguna de estas especies con los órganos reproductores masculinos (el vocablo griego orchis significa testículo). Existen alrededor de 30.000 especies distintas distribuidas por todo el planeta, aunque donde más se encuentran es en el área subtropical. En algunos países de esta zona son auténticos símbolos. Es el caso de la Chiquitanía y, sobre todo, del municipio de Concepción, que todoslos meses de octubre organiza un festival en honor a estas flores, en el que se dan cita aficionados y profesionales orquidófilos para verlas florecer en su hábitat natural. Además de la exhibición de los mejores ejemplares, se celebran talleres para los niños, concursos, pasacalles, conciertos y hasta la elección de Miss Orquídea. Este año el Festival se celebra del 17 al 19 de octubre.