Chipre tentación mediterránea

La isla de los dioses. En el extremo oriental del mar que Europa comparte con África y Asia, Chipre ofrece mucho más que su riquísima herencia arqueológica y cultural. Ocupada por diversas culturas a lo largo de su historia, la isla cuenta con un patrimonio natural amable y acogedor, capaz de constituir por sí mismo el motivo de un viaje que combine la belleza de sus playas con el encanto que se esconde en las laderas de la cordillera de los Troodos, cuyo pico más alto, el Monte Olimpo, alcanza casi los dos mil metros. 

Jaime González de Castejón
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Tras los viñedos que tapizan el paisaje costero, la geografía de Chipre, la tercera isla más grande del Mediterráneo, comienza a elevarse en suaves y ondulantes laderas cubiertas de jaras, olivos, algarrobos y cipreses que van dejando paso a la supremacía de los pinares.

Las sinuosas carreteras que se alejan de las ciudades en busca del interior llevan sin prisa a un mundo pintoresco donde el tiempo transcurre más despacio.

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En las poblaciones de casas blancas o de piedra aún se elaboran, bajo la viguería de madera, quesos, panes y vinos de forma totalmente artesanal, y se sigue bordando a mano, según antiguos diseños que pasaron de madre a hija.

Las viejas sillas de enea se sacan al exterior de las viviendas, y a la sombra de las parras se sirve, con mucha más calma que en otros lugares de la isla, el menú característico de todo el Oriente Medio, las famosas meze, un conjunto de abundantes entremeses o tapas que en versión chipriota reúne el gusto oriental por las especias y los sabores predominantes de Grecia con lo mejor de la dieta mediterránea.

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Paladear un buen café o jugar a las cartas y al backgammon bajo los limoneros de las plazas también forma parte de las costumbres cotidianas. Y es que los chipriotas se toman muy en serio el arte de disfrutar de la vida, y eso es algo que, en los montes Troodos, puede percibirse con mucha mayor hondura que en la costa o en las ciudades. Y lo mismo ocurre con el carácter sagrado que otorgan a la hospitalidad, que aquí se siente de un modo más intenso.

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Por todo ello, el agroturismo se ha convertido en una de las mejores opciones para experimentar la tranquilidad que se respira por estos lugares y saborear la autenticidad de los productos que dan estas tierras: las frutas y verduras de sus huertas, la deliciosa miel, los quesos y embutidos artesanales y el característico pan con anís que ellos mismos hornean.

Tesoro artístico 

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De entre los numerosos recintos sagrados que pueblan estas agrestes montañas, diez iglesias fueron seleccionadas en 1985 por la Unesco para formar parte del listado del Patrimonio Mundial de la Humanidad.

No se trata de grandes monumentos arquitectónicos; la mayoría son pequeños edificios de piedra de una sencillez sorprendente, con tejados a dos aguas, más parecidos a simples viviendas que a templos destinados a cobijar el impresionante legado artístico y espiritual que atesoran.

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Tras el inicial desconcierto, nada más traspasar el umbral de sus portones de nudosa madera el visitante queda boquiabierto, atónito por la sorpresa y el impacto visual que producen los frescos del interior.

Delineados a gran escala, la Virgen María y el Pantocrátor, los Santos y los Apóstoles, los Ángeles y los Arcángeles, permanecen en sus posturas hieráticas, plenos de viveza y colorido. Y detrás de cada templo, por pequeño que sea, perdura siempre una leyenda de apóstoles y santos que cruzaron estos valles, historias tan interesantes y enigmáticas como las fascinantes imágenes que parecen, en algunos casos, recién terminadas de pintar. 

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Pero que nadie piense que la visita a una sola de las diez iglesias seleccionadas sirve como botón de muestra para el resto, pues son todas distintas y bien merece la pena visitar tanto las señaladas por la Unesco como muchas de las compañeras que quedaron fuera del listado patrimonial.

O algunos de los monasterios que sobrevivieron completos, como el de la Virgen de Amasgos y el de Kykkos –el más grande de la isla–, que sorprenden por la austera sencillez de unos interiores donde resalta con fuerza el oro de los iconos. A lo largo del viaje entre unos y otros santuarios, el camino que serpentea entre aromáticos pinares irá deparando, de vez en cuando, relajantes y prometedoras visiones de un mar resplandeciente.

Aguas traslúcidas

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El intenso y sólido color cobalto con que se muestra el Mediterráneo desde la lejanía se vuelve mucho más pálido y cristalino, teñido de reflejos turquesa y esmeralda, en cuanto nos acercamos a las playas. Con razón puede Chipre presumir de contarse entre los países con las costas más limpias del mundo. 

La mayoría de sus antiguas ciudades-reino, al situarse en puntos estratégicos del litoral, se han convertido hoy en pujantes urbes que no han renunciado sin embargo al encanto de sus playas. Situadas en amplias bahías, Lárnaca (Larnaka) y Lemesos (Limasol) cuentan con agradables paseos marítimos.

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Pero de entre las playas urbanas chipriotas, las más agradables sean tal vez las de Pafos, la antigua capital de la isla que hunde sus raíces en la compleja mitología pre-helenística, asociada al culto de las deidades del amor y la fertilidad. Situada en la esquina occidental que mira a Europa, con menos de cien mil habitantes, Pafos se ha convertido en un importante foco turístico, famoso por las animadas tabernas y terrazas del puerto y por lo atractivo de su litoral.

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Además, al oeste de la urbe moderna se encuentran los restos de la antigua ciudad grecorromana de Kato-Pafos, convertida en un interesantísimo parque arqueológico, reconocido por la Unesco, en el que destacan los mosaicos de cinco villas romanas –considerados de entre los más bellos del mundo– y las llamadas Tumbas de los Reyes, impresionantes mausoleos subterráneos.

Entre Pafos y Lemesos, muy cerca de la antigua Kouklia (Palaipafos), donde se hallaba el templo de Afrodita que toda Grecia santificó, se encuentra la playa más conocida y fotografiada de Chipre: Petra tou Romiou, la Roca de Afrodita, así llamada por el gigantesco pedrusco que sobresale en el mar, frente a la orilla de guijarros pulidos, y que señala, según la mitología, el lugar donde nació, entre espumas marinas, sola y entera, la diosa del amor, la pureza y el idealismo.

Según la costumbre establecida, todo bañista que quiera consolidar sus amores, debe rodear tres veces el peñasco.

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Pero las playas más espectaculares de Chipre son las que conservan todavía gran parte de su naturaleza original. Como las de Ayia Napa, una pequeña península situada al sudoeste de la isla, que ha sabido evitar las grandes aglomeraciones hoteleras, esparciendo sus resorts y apartamentos a lo largo de un litoral de suaves arenas blancas.

Ayia Napa, que toma su nombre de un antiquísimo santuario levantado en su centro para honrar un bosque sagrado, se ha convertido en el principal destino chipriota de sol y mar, gracias a la animación de sus playas, que muchos comparan con las de Ibiza. 

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El mar ha tallado numerosas grutas marinas en la parte más puntiaguda de esta península, el cabo Greco, cuyos acantilados se han popularizado como vertiginoso trampolín natural hacia unas aguas cuya transparencia garantiza la zambullida en zona arenosa, a salvo de las rocas del fondo. La minúscula capilla encalada con techo de cañón pintado de azul luminoso que corona los acantilados señala emblemáticamente el lugar.

Más allá, unos seis kilómetros hacia el oeste, se halla el Parque Internacional de Esculturas, que mezcla, frente al mar, naturaleza y arte a partes iguales. Las canteras cercanas proporcionan material a vanguardistas artistas que vienen de todos los países para tallar in situ originales y enormes obras escultóricas con las que parecen querer retar de algún modo a los clásicos griegos y romanos que antes dejaron su huella en la isla.

El rincón más primigéneo

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Las playas más silvestres las encontraremos, sin embargo, en otra península, la de Akamas, situada en el extremo noroccidental de la isla, a donde siguen acudiendo las tortugas marinas a desovar. Al oeste de Akamas se extienden, junto a una flora mediterránea virgen, las playas del litoral septentrional, de acceso más difícil y con mucho menor grado de urbanización.

Las de la bahía de Chrysochou ofrecen aguas extraordinariamente tranquilas con fondos repletos de vida, perfectos para practicar el esnórquel. También resultan sorprendentes las pequeñas calas rocosas, de límpidos azules, que se alcanzan navegando desde Latchi (Latsi), puerto pesquero notorio por su oferta de apartamentos y villas y por sus deliciosas meze de peces.

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Muy cerca, al final de un camino sembrado de flores y hierbas aromáticas, se halla otro enclave bendecido por la mitología, los llamados Baños de Afrodita, una refrescante poza natural ubicada dentro de una hermosa gruta, en cuyas aguas verdosas dicen que se bañaba la deidad del amor y el erotismo para mantenerse joven y bella.

Aunque la prohibición del apetecido chapuzón queda advertida en un panel bien visible, hay suficientes playas cercanas de igual belleza. Porque en Chipre, vayamos donde vayamos, tanto el mar y la montaña como lo mítico y fabuloso siempre quedan cerca.