Los Cayos de Cuba: el mejor sueño tropical

Playas de arena nacarada acariciadas por un mar esmeralda. Naturaleza virgen dentro y fuera de agua. La fórmula de la felicidad está en este catálogo de islotes remotos y salvajes que esconde el país caribeño

Noelia Ferreiro
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Foto: vuk8691

Es el lugar donde olvidarse del mundanal ruido. El rincón donde apartarse de la Cuba bullanguera para empaparse paz y belleza tropical. Aquí en los Cayos –o la Cayería, como dicen los cubanos con desparpajo- el paraíso alcanza su razón de ser. Para quienes no los conozcan, se trata de una constelación de islotes de baja profundidad frente a los cuales se despliega una barrera de coral que compite con la de Belice como la segunda más larga del mundo después, claro, de la australiana. Algunos edificados, otros simples bancos de arena, todos hacen gala de una naturaleza salvaje, extremadamente tentadora.

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Con sus playas de mar transparente y su fina arena nacarada con la textura de la harina, los Cayos de Cuba conforman un laberinto de tierra y agua que se descuelga de la costa septentrional, pero que continúa enlazado con la isla madre a través del llamado pedraplén que atraviesa la Bahía de Buena Vista. Nada resulta más insólito que acceder a estos mini-paraísos por esta suerte de autovía de casi 50 kilómetros, en la que se tiene la sensación de estar conduciendo sobre el océano: con el reflejo del cielo sobre las aguas calmadas, el espacio parece fundirse en el azul.

Menos conocidos que Varadero e infinitamente más salvajes, los Cayos son un sueño tropical con el incomparable sabor de Cuba. Todos merecen la pena, pero no hay que perderse unos cuantos imprescindibles. Por ejemplo, el Cayo Santa María, que es el más próximo a La Habana, emplazado como está justo al final del pedraplén.

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Es el mayor de este rosario de joyas insulares. Un rincón privilegiado por la naturaleza que, por su endemismo y biodiversidad, ha sido declarado por la Unesco Reserva de la Biosfera. Sus veinte kilómetros cuadrados condensan la belleza de las playas cubanas, a lo que se suma su condición de refugio de fauna singular: en el habitan diez de las especies que conforman la lista de grupos endémicos del país.

Bucear en El Cayo Santa María es un privilegio único en el que, además de las maravillas que brinda el arrecife, con 24 sitios de inmersión ideales para la fotografía subacuática, se puede descubrir una curiosidad: el barco San Pascual, conocido como El Pontón, varado en las proximidades de Cayo Francés. Una reliquia de la ingeniería naval que se puede visitar para, ya de paso, contemplar desde la cubierta elevada el espectáculo del paisaje. En la superficie aguardan todo tipo de servicios para lograr una estancia inolvidable.

Perteneciente al mismo conjunto de islotes (aquel llamado Archipiélago de Sabana-Camagüey pero más conocido como los Jardines del Rey), Cayo Guillermo es otro de los edenes predilectos. Rodeado de un hermoso paisaje dunar, los paseos por su pequeño territorio son una delicia incomparable. Y también sus fondos, por supuesto, igual de apropiados para quienes se atrevan con el submarinismo o para los que prefieran explorar estos encantos naturales simplemente con gafas y tubo.

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Cayo Coco, tal y como su nombre indica, es una explosión de exotismo donde residen auténticos arenales de ensueño. Un lugar donde entregarse al lujo de los resorts de todo incluido que salpican el litoral norte, o donde disfrutar de una increíble naturaleza agraciada con lagunas y marismas, en las que habitan aves como las garzas blancas y toda una colonia nativa de flamencos rosados, que se cuenta entre las más grandes de América.

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Más allá de estos cayos, la costa sur de Cuba tiene el honor de albergar otro de los paraísos más renombrados: Cayo Largo, menos accesible y, por tanto, más solitario si cabe. Un rincón codiciado por piratas y bucaneros (fue una de las bases de operaciones de Francis Drake) y tapizado de playas vírgenes donde es fácil nadar acompañado de tortugas marinas, rayas, langostas y delfines. Es el lugar para quedarse un par de días, una semana o una vida entera.

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