Cayo Caulker, la isla del ‘no problem’

Este atolón de Belice, acariciado por el Caribe, invita a abandonar la camisa, los zapatos y las preocupaciones.

Noelia Ferreiro
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El buen rollo, en el mejor sentido de la expresión, es la máxima que impera en Cayo Caulker, una de las más de doscientas islas rasas y arenosas que bordean la costa de Belice, el país centroamericano encajado entre México y Guatemala. Un lugar que vive ajeno a las preocupaciones, según la peculiar religión que han alumbrado sus lugareños: la del no shirt, no shoes, no problem (sin camisa, sin zapatos, sin problemas). 

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Así, con esta filosofía que reproducen hasta en el último rincón de la isla (aparece a menudo impresa en rótulos llamativos, cada tantos metros, por si a alguien se le olvida) se desarrolla el modus vivendi de esta lengua de arena abierta al mar que, si a alguien atrae principalmente, es a viajeros sin pautas y trotamundos sin urgencia.

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Colmado de palmeras y acunado por el Caribe, Cayo Caulker es un lugar donde las horas pasan despacio, como si el tiempo no fuera un factor a considerar, como si nunca hubiera existido aquello que llamamos reloj y que, las más de las veces, inevitablemente, tiene tanto que ver con la prisa.

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Para ello tiene, claro, todos los ingredientes. Sol permanente, gentes amables y animación asegurada. Cocoteros, langostas y reggae. Y todo esto bordeado de aguas inmaculadas, en las que se esconde uno de los arrecifes de coral más deslumbrantes del mundo. No en vano, sus fondos son todo un alarde tecnicolor de exótica fauna marina. 

En Cayo Caulker, sí, la gente va descalza porque sus tres únicas calles (Front, Middle y Back Street) son de finísima arena blanca. Y porque no hay un sólo vehículo más allá de las bicicletas y de algún cochecito eléctrico de golf que hace las veces de taxi para los más perezosos.

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Puede que no haya mucho que hacer en esta isla, si en ese algo que hacer no se contempla el tomar cervezas heladas bajo el sol con un ritmo musical pegadizo. O paladear langostas caribeñas servidas a la mantequilla de ajo. O nadar en el azul inigualable del Split, ese canal de agua que el azote del huracán Hattie abrió en 1961, cortando el cayo en dos pedazos, y que es hoy una tranquila ensenada estupenda para bañarse. 

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También se puede pasear por los ocho kilómetros de largo de la isla y menos de uno de ancho, sorteando sus casitas de madera pintadas en colores vivos y sus jardines decorados con conchas. O hablar con sus cordiales habitantes, que son una amalgama de razas: mayas, criollos, mestizos y garífunas, fruto del cóctel explosivo de africanos, latinos y europeos. Habitantes que, en pleno Centroamérica, conservan la lengua inglesa de la que fuera su colonia británica.

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Pero sin duda el gran atractivo de Caulker es su ecosistema marino. Paralelo a la costa, y a tan sólo diez minutos en bote, se extiende el arrecife de coral más largo de Occidente (290 kilómetros) y el segundo del planeta entero, después del que anida en Australia. Un tesoro escondido con toda la gama de colores, brillos y tonalidades posibles, en el que habitan fantásticas especies: tortugas gigantes, morenas, barracudas y manatíes, esos raros mamíferos similares a las focas que hay quien ha llegado a confundir con sirenas.

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Con gafas, aletas y tubo, y por encima de ese universo de coral en el que rompen las olas, se puede bucear tranquilamente entre rayas y tiburones blancos, que no es un tópico que se acercan y te rozan, y que incluso uno puede cogerlos entre sus brazos como si de inofensivos juguetes se tratara.

Más tarde habrá que reponer fuerzas con un pescado fresco, recién sacado del mar, quizás en uno de esos ambientados bares al aire libre y con vistas al sorprendente espectáculo que ofrecen las aves marinas durante la puesta de sol.