Castillos y batallas entre olivos de Jaén

Es una ruta reciente que aúna epopeya, paisaje y buena vida, y a la que Gobierno central, Junta de Andalucía y Diputación de Jaén acaban de destinar 3,3 millones de euros. Un itinerario que discurre por 17 municipios de la campiña de Jaén y tiene como ejes castillos que marcaron fronteras y batallas que marcaron la historia.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Carteles a pie de carretera, pimpantes y relucientes, reemplazan a los ya descoloridos. Y es que el nuevo producto Ruta de Castillos y Batallas coincide casi kilómetro a kilómetro con una de las Rutas de Al-Ándalus, aquel proyecto de la fundación El Legado Andalusí de hace tres lustros que llegó a cristalizar, entre otras cosas, en una espléndida guía de viaje (El País-Aguilar). Mejor dicho, coincide en parte con dos de aquellas rutas, la de Almohades y Nazaríes y la del Califato.

El proyecto que ahora promueve la Diputación de Jaén arranca en territorios calatravos, a modo de prólogo, y se centra en lugares como Las Navas de Tolosa, Baños de la Encina, Bailén, Arjona y Jaén para continuar por Martos, Alcaudete y Alcalá la Real, y de ahí hasta Granada. Pero el foco es otro. No ya aquellas sendas andalusíes, y la cadena de alcázares que las vigilaban y protegían, sino los caminos en sí, anteriores y posteriores al revuelo musulmán, escenarios de batallas que cambiaron el curso de la historia, al menos en la Península. Como la de Baécula, en el 208 a.C., que inclinó la balanza a favor de romanos frente a cartagineses, o la de Las Navas de Tolosa, que hizo lo propio entre cristianos y musulmanes, o la de Bailén, que repetía guión, esta vez con debacle para los franceses napoleónicos.

Esta última propuesta nutre un folleto muy cuidado y una web (www.castillosybatallas.com) sumando algo singular: un itinerario pautado de 48 horas, que resume lo esencial de la versión extensa (a realizar ad libitum). En la escapada de dos días hay que prescindir, claro está, del prólogo por tierras calatravas y del epílogo granadino. Esta es la propuesta que vamos a seguir a continuación, a modo de banco de pruebas.

La primera jornada del recorrido se inicia en Las Navas de Tolosa. Más exactamente en el museo erigido a las afueras de la localidad de Santa Elena. Un edificio reciente en el lugar mismo donde un 16 de julio de 1212 los ejércitos de Alfonso VIII (ejércitos en plural porque con el rey castellano combatían Pedro II de Aragón, Sancho El Fuerte de Navarra y los arzobispos de Toledo y Narbona, habiéndoles otorgado el Papa Inocencio III patente de cruzada) se enfrentaron al cuarto califa almohade, Mohammed al-Nasir.

Los almohades eran una dinastía bereber extremista (al-muwahiddun, los unionistas) que había expulsado a los almorávides de Al-Ándalus por su escaso fervor religioso y fijó su capital en Marraquech. En la batalla de Las Navas murieron veinte mil almohades y doce mil cristianos. El califa, según fuentes árabes, "después de esta gran derrota tomó la vuelta del Magrib y se instaló en Marraquech y ya no hizo ninguna expedición, hasta que murió en su capital el martes 10 de Xaban del año 610" (1213, un año después del fiasco). Un mirador permite abarcar el campo de batalla, y las salas invitan a reflexionar sobre el difícil diálogo entre culturas, tanto ayer como hoy.

Sigue la ruta por Baños de la Encina, cuyo castillo es un epítome de arquitectura militar hispano-árabe. Lo hizo construir el califa cordobés Al-Hakan II en el año 968, en forma de nave, reforzado su tapial por quince torres. Desde él se domina el valle del Guadalquivir y Sierra Mágina y, por supuesto, la pequeña ciudadela medieval que surgió a sus pies, con edificios posteriores como la iglesia, la Casa Consistorial y otras mansiones.

Otra batalla, no del tiempo de los moros sino de los franceses (el otro coco de nuestro subconsciente colectivo), motiva la siguiente parada. En Bailén, cruce de caminos. Las tropas francesas se habían replegado en Andújar y el general Castaños les obligó a dar la cara el 19 de julio de 1808. La victoria española tuvo gran repercusión en Europa: Napoleón no era invencible (aunque aquello no era todavía Waterloo y el corso volvió poco después con 250.000 soldados que invadieron la Península, menos Cádiz). El museo consagrado a la batalla, nuevo, magnífico, está en pleno centro de Bailén, donde se puede comer, dada la hora.

La tarde de este primer día se ocupa en un cierto rodeo para llegar a Jaén pasando antes por Arjona, Arjonilla y Porcuna. En Arjonilla hay un castillo donde se ubica laleyenda del Trovador Macías y su amada (que inspiró a Lope de Vega y a Larra); se puede visitar. Arjona, sobre un teso cercano, fue un recinto importante en época árabe, pero sólo se conserva un aljibe; en esa plaza nació Mohammed al-Ahmar, fundador de la dinastía nazarí. Porcuna acogió dos poblados neolíticos y uno tartésico, antes de que los romanos urbanizaran Obulco (se ven sus trazas en el barrio de San Benito) y los árabes Bulkuna, la Porcuna de los Calatravos, que en el siglo XV levantaron la llamada Torre de Boabdil (en ella estuvo preso), actual y precario museo. Con lo cual se llega a dormir a la ciudad de Jaén, al castillo de Santa Catalina, uno de los diez mejores hoteles-castillo de Europa.

El segundo día arranca en el propio baluarte, en el Centro de Interpretación del Alcázar Nuevo. Y es que aquella fortaleza agrupaba tres partes: el castillo de Abrehuy, en las cotas bajas; el Alcázar Viejo y el Alcázar Nuevo, que se alzó ya en época cristiana. En 1965, Paradores de Turismo edificó su hotel sobre el Alcázar Viejo, acoplándose al perímetro del edificio musulmán. Otro centro de interpretación nos aguarda en el cercano castillo de Martos, en plena campiña olivarera.Antes de alcanzar Martos, rozamos otros dos castillos, El Berrueco y Torredonjimeno, ambos de origen musulmán (El Berrueco, aunque privado, se puede visitar). Y otro centro de interpretación, en Alcaudete, en un castillo que sufrió bastante manoseo; atalaya sarracena primero, guarida luego de monjes soldados calatravos, después palacio familiar de los Fernández de Córdoba, cantera finalmente de todo quisque a partir del siglo XVIII... El Centro de Interpretación está en la Torre del Homenaje, y trata de la Orden de Calatrava. Junto al castillo, la iglesia de Santa María conjuga una amalgama de estilos. Abajo, en el pueblo, hay conventos y casas nobles. Y sitios para comer (que la hora se ha echado encima), probando tal vez recetas nacidas en fogones musulmanes, como las alcachofas locales o las albóndigas de gallina.

La tarde será poca para el plato fuerte de Alcalá la Real. La fortaleza de la Mota es un conjunto agotador, convertido en Centro de Interpretación de la Frontera entre cristianos y musulmanes: barrios primitivos y plaza baja, sala del Homenaje, torre de la Vela, torre Mocha, bodegas... Y la iglesia abacial, con sus tripas al aire, embuchadas de maquetas, planos y audiovisuales. Para rato. Debajo de esta acrópolis amurallada, la ciudad moderna, con el Palacio Abacial (convertido en museo), la Casa Consistorial y Casas de Enfrente, un buen puñado de conventos y portadas, y una madeja de calles que desprenden el más puro sabor andaluz.

La ruta tendría su epílogo fuera de los límites provinciales, adentrándonos por el rosario de alcázares que protegían las puertas de Granada: Montefrío, Íllora, Moclín... Muchos castillos y muchas más batallas, porque esa fue la última frontera, la del reino nazarí, acorralado y absorto en su espléndida agonía de cisne, dos siglos todavía... Después no se harían más castillos. Pero seguirían haciéndose guerras, y no sólo contra cocos invasores. Como siempre, con vencedores y vencidos, tirados estos a cunetas y barrancos, como Víznar. Pero esa es otra historia. La historia de nunca acabar.