Castillos de frontera en los Pirineos

Durante más de 150 años por aquí discurrió la raya que separaba los dominios de Al-Ándalus de los condados cristianos catalanes, aún balbucientes.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Durante más de 150 años por aquí discurrió la raya que separaba los dominios de Al-Ándalus de los condados cristianos catalanes, aún balbucientes. Desde finales del siglo IX y hasta comienzos del XI, la barrera del Montsec fue un dique de contención frente a los árabes; un muro que se alargaba, por el oriente, hasta el río Llobregós, y por occidente, hasta tierras de Barbastro, en Huesca. Esta línea maginot conserva en el Pallars Jussá ("de abajo", frente al Pallars Sobirá, "de arriba") un puñado de castillos más o menos enteros y visualmente conectados de forma directa o a través de una red de atalayas clavadas en los más excelsos riscos, cual antenas de telefonía, para tener cubierto todo el territorio. A esta malla de castillos y torres hay que sumar algunos pueblos fortificados y el aliño obligado de iglesias, colegiatas o ermitas. Todo ello en un marco fragoso de montaña, ahora alejado de los golpes de la historia, casi virgen, por tanto. Sería lo más lógico seguir esta línea fronteriza en lectura horizontal, pero la geografía se impone: es preciso hacerlo en sentido vertical, aprovechando los pasos (y carreteras) que se abren en el macizo del Montsec. Uno, el más espectacular, a poniente, es el congost (garganta) de Mont-Rebei, que sólo puede franquearse a pie o en kayak. El otro paso es el congost de Terradets, labrado con tesón por un río femenino, el Noguera Pallaresa. Por ahí se asciende hasta Guardia, cuyo castillo es una especie de monitor para controlar el paso y tener informado al vecino y más importante castillo de Mur. Éste se alza, junto a su colegiata, en un turó o colina que parece dominar el mundo.

, suspende el aliento. El castillo sirve como emblema de los baluartes de frontera de los condados catalanes. Y eso que por dentro está vacío. Pero conserva intacta su carcasa arrogante. Enfrente, la colegiata románica que completaba el anillo de poder resulta una gratísima sorpresa. Se acaban de restaurar las pinturas de sus ábsides, un siglo anteriores a las del Valle de Boí. No son las originales y, a diferencia de Boí, aquí no se han repintado imágenes sobre la sinopsia (huella) dejada en el mortero sino que se ha seguido la "técnica del papel gel", siendo ésta la primera vez que se aplicaba en el mundo. Consiste en pegar una fotografía digital del original (que está en el Museum of Fine Arts de Boston) como si fuera una calcomanía. El resultado es que sólo un ojo experto se apercibe de que no son pinturas originales. La iglesia cuenta con un claustro mínimo, encantador, y unas dependencias donde se exhiben paneles sobre la reconquista y sobre el conde Arnau Mir de Tost, una especie de Cid Campeador a la catalana.

Volviendo al eje principal, y cruzando el lago de Cellers (¡parece que estuviéramos en Suiza!), una tortuosa carretera nos permite subir hasta Llimiana. Un pueblo fortificado típico, aunque apenas conserva sus murallas. La iglesia es magnífica por fuera (por dentro, los militares se entretuvieron en adecentarla, o sea, destrozarla). Una curiosidad justo enfrente: la casa museo del doctor Bonifaci (1895-1989), un médico que triunfó en la Unión Soviética, Francia, Varsovia, Córcega, Checoslovaquia... y regresó del exilio en el 70. A un paso de Llimiana, en otro repliegue de exquisitos matices, el castillo de Sant Gervás es una ruina consolidada. Algo más entera está su iglesia románica, con efigies empotradas en el muro y frescos rococós a la intemperie.

, a Salàs de Pallars, que fue pueblo acorazado y conserva tres torres, que defendían puertas de la muralla. Además de medieval, es un pueblo hermoso, un nido de artistas. Pero Salàs se hizo célebre sobre todo por su feria de ganado, que celebró durante más de 600 años, hasta 1973. Era la mayor de España para bestias de tiro, mulas sobre todo; venían compradores de Galicia, Andalucía, Extremadura, Valencia... y llegaron a juntarse siete u ocho mil cabezas de ganado. Las guardaban en casas con grandes corrales porticados, que existen aún y llaman Eres. Quedan vecinos como Pompeu Boix, con 93 años lúcidos y ágiles, en la calle de Les Eres, que recuerdan aquel guirigay que duraba quince días (al principio, luego se fue acortando). Por la noche, los feriantes acudían a cafés (ahora cerrados) donde actuaban canzonetistas que también hacían su agosto con otro tipo de tratos.

A esta feria alude Cela en su clásico Viaje al Pirineo de Lérida (1965). Pero quien la ha descrito con detalle es Josep M. Espinás en una serie de artículos de 1959 recogidos ahora en libro (L''ultima Fira de Salàs, Ed. La Campana. 2009). La feria inspiró a escritores locales, como Conchita González Maluque o Pep Coll; éste ha escrito, entre otros libros, una novela digna de una película. Se titula La mula vella y narra un hecho real: en los años 60, un paisano llamado Llorenç Cortina vendió al ejército británico una partida de mulas que fueron despachadas a Bombay, y de ahí al frente de Cachemira, en plena guerra. La feria de ganado se acabó por la mecanización del campo, pero dio paso a otra Fira d''Art que lleva celebrándose veinte años, en los mismos espacios (las Eres), y ha acogido a artistas como J. Brossa, J.M. Subirachs o Hernández Pijuán.

Otra cosa notable de Salàs de Pallars son las tiendas del ayer. Todo empezó cuando un maestro de instituto, Francisco Farrás, heredó la tienda de ultramarinos de sus padres, hace veinte años. No sólo conservó las existencias sino que empezó a coleccionar viejos cachivaches y productos que se iban extinguiendo. El resultado es que, ahora mismo, Xisco y sus amigos han abierto varios espacios de nostalgia: la tienda de ultramarinos, una barbería, un estanco, una farmacia y hasta un bar ambientado con música de época. Xisco lleva a sus alumnos para que aprendan cómo vivían sus abuelos y sus padres. Pero acude sobre todo gente talludita; las tiendas son un termómetro: cuantos más objetos y reclamos publicitarios reconozcas, más lejana queda tu infancia, o sea, más viejo eres, así de crudo.

a Tremp (que también conserva un par de torres de muralla, además de una preciosa iglesia gótica y un novísimo museo) para bordear el piedemonte oriental del Montsec a través de la Conca Dellà. Avistaremos, primero, el castillo de Orcau, en lo alto de un risco sólo apto para valientes y meniscos engrasados; quedan ruinas del castillo y de la iglesia. Las pinturas que ésta tuvo pueden verse en el Museo Nacional d''Art de Catalunya (MNAC), que está en Barcelona. Abajo, en la vaguada, Figuerola d''Orcau es un pueblo medieval fortificado, trufado de pasadizos y bodegas, pero habría que cuidarlo un poco más. Se pasa por Isona, más grande y de origen romano; se ve un trozo de muralla romana y tiene un modesto Museu de la Conca Dellà, con cosas de romanos, claro está, y también de dinosaurios (hay por allí cerca yacimientos paleontológicos e icnitas a mansalva).

Poco más allá de Isona, vigila cordeles de sierras el castillo de Llordá, el mejor conservado (o restaurado). Es simple, porque es del siglo XI, guarida del célebre Arnau Mir de Tost, y en su interior se celebran conciertos estivales. Las vistas son soberbias, se alcanza a divisar los castillos (muy lejanos) de Mur y hasta de Ponts, del que apenas quedan cuatro piedras. Pero Ponts, lo mismo que Artesa, Montsonís, Montclar o Balaguer, pertenece ya a otra línea defensiva, más avanzada, cuando la conquista cristiana de esas tierras se abría paso hacia el sur con ímpetu imparable. El murallón del Montsec, con sus castillos, atalayas e iglesias montaraces, entraría en una tregua de siglos, y de olvidos.