Casas rurales de Granada

El hispanista británico Gerald Brenan dio con su idílico refugio en La Alpujarra granadina, un paraíso geográfico escondido en Sierra Nevada y entonces retenido en el tiempo. Aunque ya absorbida por el presente, esta hermosa tierra mantiene su carisma y su aislada belleza en las alturas. Un mundo perfecto para desconectar.

Miguel Mañueco

Como otros idealistas de principios del siglo pasado, quiso Gerald Brenan huir del ruido y las rutinas del "corrompido" mundo desarrollado, que se le hacían difíciles de soportar después de haber combatido en la Primera Guerra Mundial. A España se dirigió porque era barato y un tanto inspirado por mitos románticos. En 1919, cuando recorría las tierras y escenas españolas, no sospechaba que lo suyo con este país llegaría a ser un idilio emocional e intelectual y que se convertiría en hispanista emblemático.

Tampoco imaginaría que donde finalmente hallaría su refugio sería en el entonces mundo perdido de La Alpujarra granadina. Una casa del pueblo de Yegen, por cuyo alquiler pagaba diez pesetas al mes, sería su lírico retiro entre 1920 y 1934, el aislamiento en el tiempo y espacio que precisaba para así, de lejos, comprender mejor el mundo del momento.

La "casa del inglés " es hoy un atractivo en este pueblo blanco que ya no tiene mucho que ver en su vida diaria con la realidad ancestral que tanto fascinó a Don Geraldo. Las cosas de los tiempos modernos invaden los días actuales, pero el sosiego y el sentimiento de mundo aparte siguen aquí. Es todo un estado de ánimo en Yegen y en toda La Alpujarra, envolvente, porque lo define y modela la propia geografía.

Casas blancas y geométricas
En medio de un sur de aridez, a las puertas de lo que ya será desierto en Almería, surge este mundo de verdor casi norteño, nutrido de castaños, robles o helechos. El milagro se debe al agua generosa que baja desde Sierra Nevada a través de las pronunciadas laderas sobre las que se asienta la zona y que continúan su descenso hasta la costa mediterránea granadina.

Es la magia de oasis lo que pudo sugerir a Brenan la idea de retiro. Lo entenderían bien los amigos que lo visitaron durante esos 14 años, entre ellos Virginia Woolf, que por exótico daban su viaje al verse alojados en las primitivas estancias de aquellas casas blancas y geométricas.

Claro que, de haber llegado en la actualidad, se hubiesen hospedado en El Rincón de Yegen, un hotel rural cuya nueva construcción respeta las líneas de lo alpujarreño y se integra en el paisaje. Con contundencia reclama lo territorial la decoración, a base de las típicas cortinas de rayas, los techos de vigas de castaño y caña y el uso de las losas de pizarra. La señora Woolf hubiera escogido una de las tres casas independientes que forman parte del establecimiento, o quizás se hubiese dejado inspirar por el nombre de diferentes hierbas con que se ha bautizado a las habitaciones. Un baño en la piscina, una conversación frente a un buen vino en la terraza que avista la magnitud de la ladera descendente y terminar el día con alguno de los platos de tradición reinventada del restaurante.

Como Don Geraldo , muchos buscadores de sol escogen La Alpujarra porque la vida y las luces de la costa pueden llegar a parecerse demasiado a las de la convencionalidad que han dejado atrás. En el pueblo de Mairena, una familia inglesa también recreó su refugio y después lo convirtió en la casa rural Las Chimeneas. Situada sobre la misma ladera, se siente en la nueva decoración del viejo caserón el toque de lo íntimo. Las paredes y techos cobran vida propia en el juego de viejos muebles y la estética moderna de cuadros y ornamentos.

El último refugio árabe
Armónico y acogedor es el gran salón, con las mecedoras en torno a la chimenea y la inmensa panorámica que avista la ventana. A ella también se asoma el recoleto patio, al borde de la pequeña piscina que algo tiene de placentero estanque de jardín.

Así se hará la oscuridad sobre la magnitud del panorama, con el deseo de que vuelva el amanecer para seguir recorriendo las carreteras y caminos que serpentean por las sinuosas laderas, entre bosques y constantes saltos de agua. Generosa madre naturaleza que da todo de sí misma más abajo, donde el río Trevélez se abre paso entre las rocas y la espesa vegetación.

Sus aguas y las de su tributario, el río Bermejo, junto a manantiales y antiguas acequias, obran el milagro de esta viva postal de norte con alma de sur. Aquí y allá asoman pequeños pero intensos campos de cultivo, que ya no son de moreras para los gusanos de seda, como en tiempos de los árabes, quienes, después de la caída de Granada, hicieron de La Alpujarra su último refugio. Aquí, en estos pueblos, se afanarían por mantener su estilo de vida, se rebelarían una vez tras otra al ver que los límites de su existencia cada vez se estrechaban más. Y un día desaparecieron, por- que el final de la historia ya estaba escrito. Todos menos una familia por pueblo, para que alguien supiese manejar las acequias y los ingenios de riego cuando llegasen los colonos cristianos. Y llegaron, y fueron frutales y cereales lo que plantaron. Más o menos como los de ahora.

Sentirse inmerso en el juego emocional de naturaleza y agricultura es algo que se han tomado muy en serio en el conjunto rural La Alquería de Morayma, que se encuentra cercano al pueblo de Cádiar. En una finca de 40 hectáreas, donde con mucho ahínco en las maneras ecológicas se produce vino y aceite o se crían todo tipo de animales de granja, surge lo que bien pudiera parecer desde lejos un pequeño pueblo.

Siguiendo las pautas más alpujarreñas, los apartamentos y habitaciones se reparten por callejuelas que suben y bajan, muy bien recreadas. Acopio de plantas de sur, árboles frutales y detalles típicos de Alhambra, que es algo común en toda la provin- cia de Granada y que dan un aire muy suyo incluso a la piscina. Todo un prodigio es la densa decoración interior realizada con elementos auténticos: cuadros y muebles antiguos recogidos a lo largo y ancho de toda la zona y bien asimilados en líneas y colores modernos. Pueblo completo que tiene hasta una capilla, convertida en habitación muy especial, pues dormir entre santos y altares es todo un asunto.

Un retorcido laberinto
Un alojamiento así hubiera sido inspiración servida en bandeja para el señor Brenan, cuando tanto se afanaba por comprender y hacer comprender al resto del mundo la esencia de España, el país del "todo o nada".

La vida siempre rozando los extremos mostraría su peor cara cuando estalló la Guerra Civil, que él viviría con desolado interés. Fue él el primero en hallar las pistas del lugar del asesinato de Lorca, y trataría de explicar el terrible conflicto bélico en el libro El laberinto español , que fue prohibido por el franquismo. Cuando después de los años pudo volver a la comarca de La Alpujarra, se congratuló de que en su "mundo perdido " las cosas no habían cambiado tanto.

Se puede imaginar su profunda emoción al reencontrarse con los pueblos de aterrazados techos, que prácticamente se mimetizan con el maravilloso paisaje. Se desvanecen las sombras en sus estrechas callejuelas, a menudo cubiertas por tinaos , estancias que, como puentes, unen una casa con la de enfrente.

Como entonces, ahora se deslizan los días casi sin sentir en Pitres, Capileirilla, Atalbéitar, Pórtugos o Busquistar. Ferreirola, quizás el pueblo más hermoso de todos, esconde su retorcido laberinto tras las sinuosidades del camino. Poco a poco, esquina tras esquina, siempre ladera abajo, la esmerada parafernalia de tinaos y galerías y plantas desgranará un argumento inesperado y sorprendente, que se diluye con el fulgor de las huertas, donde asoman los elegantes árboles de caquis.

Una puerta azul en una de las callejuelas es el acceso a la casa rural Sierra y Mar, otra sugerencia de dulce retiro recreada a costa de viejas y nuevas construcciones que, ensambladas en las formas de lo tradicional, crean la ilusión de mundo propio. Un jardín de romántica estampa y con vistas a la eclosión del paisaje es el alma a la que se asoma la acogedora intimidad que esconde cada una de las puertas, también azules, de las diferentes habitaciones. Los primeros rayos del sol iluminarán la hora del suculento y variado desayuno sobre la hierba. Así deberían empezar todos los días.

Bosques y huertas de río
Difícil decidir si el vecino Fondales es más o menos bonito que Ferreirola. Aquí también las calles y casas, repletas de gustosos detalles, hunden su laberinto en la profusión de bosques y huertas del río. Aquí vivió Gerald Brenan en la única casa que compró y en la que ahora reside su secretaria y heredera, y aquí es donde se rodó Al sur de Granada , la película que narra su tránsito vital por estos lares.

El hilo argumental del oasis alpujarreño continúa por otros muchos pueblos, como Mecina, Mecinilla, Órgiva, Pampaneira, Bubión, Lanjarón... Y, a medida que se acerca a la autovía A-4, se ve más tocado por el turismo, pero siempre dando oportunidades e inspiraciones para el retiro. Aislado en las alturas, a dos kilómetros del pueblo de Capileira, se halla el Cortijo Prado Toro, que emula una aldea de montaña hecha de la típica piedra de pizarra. Los muebles de madera nacidos de la imaginación del dueño darán el confort necesario para sentirse cómodamente perdidos. Ahí fuera, sólo la naturaleza y el aire limpio de las cimas. Efectivamente, Don Geraldo , desde este lugar el mundo queda lejos y parece más comprensible...