Los 'carreiros' de Madeira: el arte de deslizarse en una cesta de mimbre

Esta tradición de la isla portuguesa fue elegida una de las atracciones más asombrosas del mundo

Noelia Ferreiro
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Foto: Philip Openshaw / ISTOCK

Van vestidos de blanco, con los típicos sombreros de paja y con botas con suela de goma que utilizan como freno para sus curiosos vehículos, unas simples cestas de mimbre desprovistas de todo motor, que conducen con la pericia de un piloto de Fórmula 1.

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Así son los carreiros de Madeira, los conductores de una curiosa tradición que encontramos en la capital, Funchal, con la que transportan incansablemente a los turistas desde el santuario de Monte, un pueblo aupado en lo alto de la ladera, hasta Livramento, muy cerca del centro de la ciudad.

Subida en teleférico

Hay que ascender en teleférico unos 550 metros sobre el nivel del mar para apreciar la esencia de esta metrópoli, que se desparrama por la pendiente hasta llegar al océano en un laberinto de tejados y de plátanos.

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Así llegamos a Monte, después de quince minutos, allí donde la aristocracia isleña construyó sus mansiones y donde se conserva intacto el Jardim Tropical, con cerca de 100.000 especies vegetales que miran a la bahía. Y justo donde se eleva la iglesia de Nossa Senhora da Assunçao, se visualizan los carreiros dispuestos a deslizarse cuesta abajo.

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Transporte de alimentos

Los Carreiros do Monte surgieron a mediados del siglo XVIII cuando se alumbró la idea de utilizar unos grandes carros de mimbre para transportar las mercancías de frutas, pescados y verduras desde el mercado de Funchal hasta las casas de los habitantes de Monte.

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Cuentan que, durante un tiempo, su uso solo estuvo enfocado para este tipo de productos hasta que, alrededor del año 1850, uno de los carreiros tuvo que llevar a una mujer de urgencia al hospital y lo hizo en uno de estos cestos. A partir de este momento, esta suerte de trineos fue empleada también para transportar a las personas, convirtiéndose así en un medio de transporte público para que los residentes locales viajaran rápidamente desde la parroquia de Monte a la ciudad de Funchal.

Un gran reclamo

Tendrían que pasar unos años hasta bien entrado el siglo XX para que el turismo también sacara partido de esta curiosa costumbre. Y así esta centenaria tradición no sólo se convirtió en un reclamo sino que pasó a ser elegida por la misma CNN como una de las atracciones turísticas más asombrosas del mundo.

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Actualmente estos vagones de mimbre transportan cada año a miles de turistas, dispuestos a experimentar un paseo lleno de emociones y con espléndidas vistas sobre Funchal. Dos kilómetros de zigzagueantes cuestas, sobre las que se deslizan estos cestos empujados por los simpáticos carreiros.

Habilidades heredadas

El viaje, que puede alcanzar los 40 kilómetros por hora, comienza bajo los escalones de la iglesia y culmina en la terminal de Livramento, donde ya de paso se despliegan tiendas de souvenirs, bar, baños y áreas sociales.

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En el trayecto, siempre serán dos carreiros los que empujen el cesto con una habilidad que han aprendido de generación en generación. Y es que esta profesión requiere ciertos conocimientos: desde una afinada técnica para efectuar maniobras coordinadas en las curvas y evitar choques imprevistos, a los principios básicos de la conducción que pasan por tener bien engrasada la madera para que el cesto se deslice por el suelo y atarse bien las cuerdas a los dedos para controlar las direcciones.  

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Incluso la fabricación de los cestos también tiene su propia historia. Tradicionalmente están fabricados a mano por hábiles artesanos y carpinteros, especialistas en la técnica del mimbre desde mediados del siglo XIX. Un método clásico y artesanal que emplea el mejor material y la madera local para garantizar un alto estándar de calidad a cada uno de estos vehículos.