Carcassonne, la ciudadela que salió del confinamiento con un cerdo volador

La leyenda de la Dama Carcas en la ciudad fortificada Patrimonio de la Humanidad

José Miguel Barrantes Martín
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La intención de evitar conflictos políticos o históricos ha hecho que la tónica general del nombre de los departamentos franceses siga la pauta de tomar accidentes geográficos como referencia.

El departamento de Aude, como no podía ser menos, sigue esta norma y pone en protagonismo al río principal que atraviesa este territorio del sureste de Francia.

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Un río que parte de los Pirineos y desemboca en el mar Mediterráneo y que, justo a la mitad de su curso, en la margen derecha, ve cómo se levanta sobre una zona elevada uno de los sitios más visitados de toda Francia.

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En efecto, la ciudad histórica fortificada o ciudadela de Carcassonne – como se conoce -, es uno de los lugares más singulares y sorprendentes del territorio del país vecino, y así lo corrobora su declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

La grandiosa ciudadela de Carcassonne

El conjunto fortificado de la ciudadela de Carcassonne se asoma desde lo alto a las tierras de los cátaros. Sus grandes dimensiones, que hacen de ella la mayor ciudad medieval fortificada que se conserva en Europa, nos dejan entrever la gran historia que se oculta detrás de sus muros.

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Con vestigios de miles de años bajo sus murallas y una historia marcada por romanos, visigodos, musulmanes o cristianos, este conjunto de base medieval presenta en la actualidad un aspecto deslumbrante que, sin embargo, oculta detrás una gran restauración llevada a cabo en el siglo XIX.

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Abandonada a partir del siglo XVII tras su declive como punto estratégico militar, así como su decaimiento en detrimento del nuevo núcleo de población situado a sus pies, poco a poco se fue degradando su estado, hasta el punto de ver utilizada la piedra de sus construcciones en otros puntos de la actual comuna.

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Gracias a una puesta en valor de la ciudadela por la corriente del momento a mediados del siglo XIX, fue encargada su reconstrucción al célebre arquitecto Eugène Viollet-le-Duc quien, no sin polémica, hizo una labor titánica que volvió a dar vida al histórico conjunto medieval.

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De esta manera, y con múltiples intervenciones posteriores, podemos admirar hoy en día esta bella e impresionante ciudadela con sus tres kilómetros de recinto amurallado exterior – existe otro interior - y sus 52 torres.

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Dentro conserva su antiguo entramado medieval de calles y edificaciones, con el castillo y la Basílica de Saint-Nazaire como principales monumentos, convirtiéndose en un reclamo turístico en el que una enorme cantidad de establecimientos da el toque de modernidad al ambiente reinante.

Una ciudadela marcada por la leyenda

La espectacularidad del recinto de la ciudadela de Carcassonne no tendría la misma magia si no fuera por su correspondiente leyenda.

Durante la ocupación sarracena del lugar en el siglo VIII, Carlomagno intenta reconquistarla y para ello la sitia para conseguir que la ciudad se rindiera.

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Tras cinco largos años de confinamiento de la población de Carcassonne la situación era dramática. El rey Ballak había muerto y su esposa, la dama Carcas, estaba al frente de los designios de la ciudadela. Acuciados por el aislamiento y la falta de víveres y ante la presión del asedio del ejército que esperaba extra muros, la dama Carcas optó por una solución desesperada: aunque sólo restaban un saco de trigo y un cerdo para alimentar a toda la población, manda cebar al animal con el último grano que quedaba y ordena que sea lanzado por encima de las murallas.

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Los soldados francos, al ver tal despilfarro, creyeron que la ciudad aún contaba con víveres de sobra para una larga temporada, y agotados ya por el cansancio de la prolongada espera deciden abandonar su empresa.

Según la tradición, al retirarse el ejército, la dama hizo sonar las trompetas, a lo que los soldados respondieron con un… « ¡Carcas sonne! », es decir « ¡Carcas llama! ». De este hecho surge la leyenda del origen del nombre de Carcassonne.