Caravaca: arte y mística para concluir el Año Jubilar

Caravaca de la Cruz culminará pronto su año jubilar. Lo celebra cada 7 años por ser depositaria de un “lignum crucis”, un fragmento de la Cruz de Jesucristo. La localidad murciana es famosa, además de por su santa reliquia, por la belleza de su casco histórico, sus fiestas y la gran cantidad de museos que alberga, alguno realmente curioso

Óscar Checa
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Foto: Jerónimo Contreras Flore/iStock

Torres, campanarios, casas abigarradas, superpuestas... y un recinto amurallado dentro del cual se levanta una enorme iglesia. La imagen de Caravaca de la Cruz parece sacada de un relato fantástico, pero, en realidad, la atractiva y extraña fisonomía de esta localidad murciana se debe al hecho de haber sido desde siempre un enclave fronterizo, un cruce de caminos por el que han transitado y se han asentado íberos, romanos y musulmanes. Cuando el territorio pasó a manos cristianas, tras la Reconquista, en Caravaca se levantaron edificios de estilo renacentista y barroco, especialmente iglesias y conventos. La ciudad se había convertido en un símbolo religioso gracias a la llegada de un fragmento de la Vera Cruz, reliquia traída de Tierra Santa que transformó este lugar en un enclave de peregrinación, reforzado además con la fundación de conventos de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús.  

Mochila al hombro, Ana y Asier caminan por las calles de Caravaca. “Tenemos que llegar a la Basílica, pero ya es muy emocionante haber llegado hasta aquí”, dicen. Vienen desde Orihuela... a pie, siguiendo el Camino de la Cruz de Caravaca, que permite la peregrinación a esta ciudad desde cualquier parte de Murcia o de España, tomando como referencia los caminos diseñados en anteriores años jubilares. Como Roma, Santiago de Compostela, Jerusalén y Santo Toribio de Liébana, Caravaca de la Cruz es una de las ciudades que ostentan el jubileo perpetuo, es decir, la indulgencia plenaria que el Papa concede a los católicos en ocasiones particulares. Este Camino de la Cruz de Caravaca parte de Orihuela y atraviesa las localidades de Beniel, Murcia, Ribera de Molina, Molina de Segura, Alguazas, Campos del Río, Albudeite, Mula, El Niño, Bullas y Cehegín antes de llegar a Caravaca. Es un camino que combina el carácter religioso y cultural con la naturaleza, la gastronomía y el patrimonio. Además de propiciar la oportunidad de estar con uno mismo, este sendero lleva a los caminantes (o a los ciclistas, que también son muchos) por zonas de viñedos, pinares, desiertos conocidos como badlands y huertas. 

Agua y vino. Las huertas están, precisamente, muy relacionadas con las celebraciones caravaqueñas en torno a la Cruz, que tienen lugar a comienzos de mayo. Las de la Vera Cruz son las grandes fiestas de Caravaca. La leyenda remonta su origen hasta la Edad Media y el sitio que sufrió la localidad por parte de los árabes. Lo que cuenta esa leyenda no tiene base real, pero uno de los actos centrales de la festividad sí puede ser rastreado a lo largo de la historia: el Baño o Bendición del Agua. Desde el siglo XIV, el Templete es el lugar donde se lleva a cabo este ritual, que consiste en la inmersión de la Vera Cruz en las aguas de las acequias de riego para bendecir la cosecha hortelana. En otros tiempos, este acto se realizaba para dotar al agua con la capacidad de acabar con las plagas de langosta. Con quien no pudo fue con la filoxera, el insecto que acabó con la vid en Europa. Caravaca estuvo en un tiempo rodeada de viñas. Los vecinos pagaban en vino parte del diezmo a la Orden de Santiago. Cada bodega subía hasta el castillo, a lomos de burro o caballo, unos pellejos con vino para ser bendecidos. Según los historiadores, este sería el verdadero origen de la fiesta de los Caballos del Vino, aunque la leyenda lo adorna y relata de manera distinta. De cualquier modo, en el Museo de los Caballos del Vino, ubicado en una casa señorial del siglo XVIII, se pueden seguir todas las particularidades de esta fiesta y admirar los mantos y otras piezas bordadas con las que se enjaeza a los animales durante la celebración. Hay otro museo dedicado al resto de estas fiestas mayores, el Museo de la Fiesta. Aquí lo que se expone son los trajes de moros y cristianos que se utilizan también en las representaciones del mes de mayo. 

De museo en museo. Ya puestos con la visita a museos, Caravaca tiene unos cuantos y de bastante calidad. El Museo Etnográfico de Miniaturas, con más de 400 piezas; el Museo Carrilero, con obras escultóricas del artista local José Carrilero; el Museo Arqueológico, en la antigua iglesia de Nuestra Señora de la Soledad (la primera parroquia fundada en la ciudad), con piezas del complejo íbero-romano de La Encarnación... En el propio Santuario se encuentra el Museo de la Vera Cruz, que recoge colecciones de ornamentos, orfebrería y pintura, así como documentos relacionados con la cruz. Dentro de la pinacoteca destacan seis óleos sobre tabla, originales de Hernando de Llanos, discípulo de Leonardo da Vinci, en los que se narra el milagro de la Aparición. Pero tal vez el más llamativo de todos es el Museo de la Música Étnica de Barranda. En él se expone la colección de instrumentos musicales de Carlos Blanco Fadol, un etnomusicólogo que ha ido recopilando durante más de cuarenta años y por todos los continentes los más curiosos instrumentos. Algunos están asociados a la religión, la esclavitud, la magia o la brujería; otros imitan los sonidos de los animales; otros están pensados para enamorar, otros se usaban en la guerra…

El casco antiguo de Caracava de la Cruz, con sus callejuelas de trazado irregular y laberíntico, es un lugar perfecto para perderse y, como dicen por aquí, “tener ocasión de encontrarse”. El entramado urbano de origen medieval impone caminar despacio, admirando cada rincón y disfrutando de cada recodo, plazuela o edificio. Al final de todas las cuestas, la muralla del antiguo castillo, con sus catorce torreones, protege hoy el Santuario donde se custodia la Vera Cruz. En la explanada que se abre delante de la Basílica, Ana y Asier admiran la portada barroca del templo construida con mármol rojo y negro. “Nos está encantando Caravaca”, dice Asier. Razones, desde luego, tiene. Y como, a pesar de todo, todavía no es un destino muy conocido, la sensación de asombro y el placer de descubrir cosas nuevas se multiplica. 

La leyenda de la Vera Cruz 

Santísima y Vera Cruz. Así se conoce a la cruz de Caravaca, una cruz de origen oriental y aspecto patriarcal, de doble travesaño o cuatro brazos, que se venera desde el siglo XIII. Aunque eso es simplemente el relicario. La razón de esa denominación está en lo que guarda dicho relicario: un lignum crucis, un trozo de madera perteneciente al madero en que fue crucificado Jesús de Nazaret. La llegada de esta cruz hasta Caravaca forma parte de un hecho milagroso en el que se relata su aparición el 3 de mayo de 1231 de manera misteriosa, estando la población recién conquistada por los musulmanes. Según la tradición, el rey musulmán Ceyt Abu-Ceyt pidió a un sacerdote cristiano que se encontraba entre sus prisioneros que le explicara el acto litúrgico de la celebración de la misa. Se dispuso todo, pero, a poco de comenzada la demostración, el sacerdote interrumpió el ritual expresando la imposibilidad de llevarlo a cabo ante la falta de un crucifijo. En ese momento, dos ángeles depositaron una cruz en el altar (a la sazón, la Cruz de Caravaca) y, ante aquella milagrosa aparición, el rey musulmán y los suyos se convirtieron al cristianismo.

Rodeados de vino 

Aunque Caravaca de la Cruz no pertenece a ninguna de las Rutas del Vino que existen en Murcia, sí suele ser un destino complementario a los tres recorridos enoturísticos de esta región: Yecla, Jumilla y Bullas, especialmente de este último por su cercanía. Ceheguín y Bullas son los dos municipios que forman la Ruta del Vino de Bullas y que se encuentran a tan solo unos kilómetros de la localidad caravaqueña. Así, una visita a Caravaca de la Cruz puede ser también el momento perfecto para conocer la cultura del vino en esta parte de Murcia y descubrir la variedad monastrell, una uva muy llamativa por su intenso color azul-violáceo y por la fuerte personalidad que otorga a los vinos, tanto en color como en aroma y sabor. Y, junto al vino, degustar igualmente la gastronomía de estos pueblos, que, aunque comparten algunos platos con Caravaca de la Cruz, tienen otros propios y particulares (ajoharina, rin ran, minchirones…), reflejo del aislamiento derivado de ser una zona más montañosa.

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