Capitales Europeas de la Cultura 2024
Pasión por el arte y la cultura en Tartu, la palpitante ciudad universitaria de Estonia
Desde tiempos inmemoriales, cada rincón de esta palpitante ciudad universitaria es una explosión de arte, creatividad y conocimiento. Y este 2024, con su nombramiento como Capital Europea de la Cultura, aún más. Un prestigioso reconocimiento que comparte con el sur de Estonia, donde la modernidad y el folclore se fusionan con la naturaleza para resaltar su apasionante cultura.

Un beso imperturbable apacigua la animada plaza de Tartu, el de dos esculturas que se alzan en medio de una fuente fundidas en un abrazo bajo un paraguas. El Beso de los estudiantes quizá sea la imagen más representativa de esta ciudad bohemia e intelectual a donde la universidad llegó en 1632 bajo el nombre de Academia Gustaviana, en honor a su fundador, el rey Gustavo II Adolfo de Suecia, convirtiéndose en una de las más antiguas del norte de Europa.

El romántico instante detenido en bronce por el escultor local Mati Karmin contrasta con el rosa pastel del edificio del ayuntamiento, justo detrás, y la oscura torre del reloj, que sobresale de su cubierta. El resto de las alegres fachadas de la plaza principal de Tartu albergan coquetos cafés, restaurantes, tiendas y museos. En este escenario vibrante se desarrolló, el 18 de mayo, la actividad más esperada de la agenda de Tartu como Capital Europea de la Cultura 2024: “besos masivos”. Un multitudinario evento que prevé reunir a miles de personas para celebrar y compartir el amor.
La cuna cultural de Estonia, siempre cargada de acontecimientos y festivales, este año vibra aún más con su capitalidad europea. Bajo el lema Arts of Survival, pone en valor el poder de las artes para construir un futuro mejor a través de más de 300 eventos que se llevarán a cabo en Tartu y en 20 municipios del sur, involucrando a una cuarta parte del país y atrayendo a un millón de visitantes. Es la segunda vez que una ciudad estonia ostenta el reconocido título, después de que Tallin lo consiguiera en 2011.

Este año, Tartu celebra, además, los 800 años de su fundación, cuando pasó a ser un importante punto comercial debido a su localización, en el corredor de la Liga Hanseática. Aunque su existencia quedó reflejada por primera vez en 1030, momento en que las tropas de Yaroslav el Sabio la asediaron.
Situada a 190 km al sureste de Tallin, entre los lagos, colinas y valles que dibujan las regiones meridionales de Estonia, Tartu muestra una atmósfera cosmopolita muy distinta a la de la capital. Su imparable escena intelectual ha posicionado su universidad, con una educación basada en la investigación, como una de las mejores del mundo.
Entre sus estudiantes ilustres figuran el biólogo Karl Ernst von Baer, reconocido por detallar los principios de la embriología, o el astrónomo Friedrich von Struve, quien estableció el arco geodésico, que permitió calcular el tamaño y forma de la Tierra. En este histórico epicentro de erudición imparable también nació el primer periódico y la primera compañía de teatro del país.

El sinuoso río Emajõgi divide la ciudad en dos. Recorrerlo a bordo de una barcaza Jõmmu, réplica de los barcos mercantes que navegaban por las vías fluviales de la zona en la época hanseática, es una buena forma de comenzar a fluir por su historia. En la orilla, unas fotogénicas letras gigantes enmarcan la imagen de Tartu 2024 con el ayuntamiento como telón de fondo.
Alrededor, coloridas casas de madera dan paso al barrio de San Juan, en el que encontrar varios talleres de artesanos y la iglesia gótica Jaani Kirik, con mil figuras de terracota repartidas entre la fachada y los huecos interiores. Muy cerca se ubica el edificio principal de la universidad y el Museo de Arte de la Universidad, en el que destaca una celda de castigos.
Junto al Museo Literario Estonio, estos centros promueven los estudios, la cultura y la lengua de Estonia, motivo por el que Tartu es Ciudad Creativa de la Literatura por la Unesco desde 2015. Aquellos que quieran profundizar en sus obras, han de leer a sus célebres escritores Oskar Luts o Kristjan Jaak Peterson.

Once facultades y una veintena de museos terminan de reflejar la fama intelectual de Tartu. Algunos de los edificios más atractivos se localizan a unos pasos del centro histórico, en la colina Toomemägi, un parque de estilo inglés que marca el origen de la ciudad fortificada ante estupendas panorámicas. Entre ellos sobresale el antiguo Observatorio Astronómico y las ruinas de la catedral gótica, levantada en ladrillo en el s. XIII por los caballeros de la orden de los Livonios.
Una zona ha sido restaurada y convertida en el Museo de la Historia Universitaria, exhibiendo curiosos objetos, como una colección de chuletas de los alumnos y una mano momificada utilizada en las clases de anatomía. En el parque se congrega la vida académica, principalmente al finalizar el curso, una ocasión especial para pedir un deseo tras quemar los apuntes en la Piedra Sagrada, clavada en la hierba y a la cual se le atribuyen cualidades mágicas.
En las calles del corazón de Tartu toma el protagonismo un armonioso corte neoclásico, consecuencia de su restauración después de que un incendio asolara la ciudad en 1775. El equilibrio se rompe en la Casa Inclinada, una de las obras más torcidas de Europa, superando a la emblemática Torre de Pisa. Esta antigua residencia del s. XVIII es la sede del Museo de Arte, y expone una interesante colección de pinturas estonias y extranjeras.
Entre las históricas calles se despliega el Mercado de Primavera durante los primeros días de mayo, con puestos de productos elaborados en granjas de la región, porque la cultura por los alimentos orgánicos y veganos es una de las premisas de Tartu 2024 en su propósito de sostenibilidad. Cuando llega la noche, la vida estudiantil refulge en Gunpowder Cellar, antigua bodega de pólvora donde todos bailan con ritmos anárquicos desatados por su música en directo.

En los bohemios barrios de Karlova y Supilinn, el color lo ponen murales callejeros que cuentan historias locales o satirizan temas políticos entre una arquitectura singular. A principios de julio se celebra el festival Stencibility. Tristes fachadas, antiguas factorías y edificios abandonados de estos y otros barrios sirven como lienzos para artistas locales como Edward von Lõngus, el Banksy estonio. El patrimonio industrial es otro de los espacios creativos. Es el caso del centro cultural Aparaaditehas Creative City, un vetusto complejo de fábricas que ejerce como vínculo entre pasado y presente.
Al otro lado del río Emajõgi, una casa del revés se apoya sobre su tejado como si hubiera sido arrastrada por el viento. Se trata de Tagurpidi Maja, iniciativa desarrollada por un grupo de empresarios. Frente a ella, el Museo Nacional de Estonia muestra el sobresaliente legado del país, invitando a conectar con su historia y con la de los pueblos ugrofineses por medio de tecnológicas exhibiciones.
Edificado sobre una de las bases más importantes del ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial, cuenta con un atrevido diseño sostenible que ha cosechado varios premios de arquitectura tras su inauguración, en 2016. En la pista de despegue, un rascacielos de cristal horizontal parece elevarse para alzar el vuelo.

Una vez dentro del flamante edificio, resulta fácil pasar horas en su biblioteca digital, con incunables traducidos a varios idiomas, o paseando por un suelo de cristal sobre una colección de carruajes y descubriendo los tesoros que esconden sus paredes ondulantes, como el esqueleto de la dama Kukruse, un ejemplo de ritual de enterramiento con 800 años de antigüedad.
Entre su millón de objetos de todo tipo, la desgastada silla de Jaan Tallinn, creador de Skype, simboliza el imperante desarrollo tecnológico de Tartu. Considerada Ciudad Inteligente, fue una de las primeras en implementar la conexión wifi pública, el estacionamiento móvil, las elecciones electrónicas o las firmas digitales. Todo ello antes de 2007. El legado cultural de la segunda ciudad estonia se extiende por todo el sur del país, aunque las saunas de humo también se pueden disfrutar en lugares como Suitsusaun Jantsu talus, a 15 minutos del centro de Tartu. Los bancos de las saunas serán escenario de debate en la actividad La verdad al desnudo del programa Tartu 2024, concretamente los de las saunas móviles que se instalarán en la playa del Emajõgi.
Dos mundos al sur de Estonia
La región de Setomaa, hogar de la minoría lingüística, religiosa y étnica seto, está cargada de tradición. Por su localización geográfica y sus raíces, este antiquísimo grupo étnico se tambalea entre dos mundos, sobre todo cuando la carretera que dirige hacia la región, al sudeste de Estonia, zigzaguea por la frontera vecina.
“Estás entrando en territorio de la federación rusa.” Un cartel advierte que queda prohibido detener el vehículo en este tramo. El lago Peipus, el quinto más grande de Europa, marca los límites territoriales, descubriendo las luces de los pueblos rusos al otro lado, a 32 km de distancia. Peipus se congela durante los meses fríos, fundiendo su tono níveo con el de los cielos encapotados de invierno y permitiendo la pesca bajo su capa glacial. La carretera continúa bordeada por afilados pinos.

Por el camino, la granja-museo Värska enseña tradiciones locales preservadas fervientemente a través de la cultura oral. En el condado de Võru también resulta emocionante presenciar el canto polifónico leelo en alguna de las casas de madera que salpican el paisaje, cada una con su propio altar.
Pero para acercarse a la tradición religiosa seto, resultará mejor hacerlo en la capilla Serga Tsässon, dedicada a Santa Anastasia y construida en 1784. Su oscuro ambiente místico hace retroceder en la historia de esta región paralizada entre dos universos. Algunas colinas se interponen ante las llanuras. Una rústica torre de madera funciona como mirador en una de ellas. Con tan solo 204 metros sobre el nivel del mar, Meremäe es una de las elevaciones más altas de la zona.
En este curioso punto cada año se celebra el día del reino seto, ocasión en la que el pueblo demuestra sus habilidades en la improvisación del canto leelo y se elige a un candidato Peko o héroe en una esperada ceremonia. Como parte del programa Tartu 2024, durante los meses de verano, en la provincia también se podrá participar en una competición de pesca con una arcaica herramienta, asistir a un festival nocturno de danza folclórica o elaborar un väikekannel, el instrumento de cuerda más antiguo de Estonia.
Recorrer estas tierras de historia antes de que el frío congele sus paisajes es la mejor forma de impregnarse de su cultura. En primavera, sus campos son una explosión de color y energía. Aunque si hay un momento especial en el calendario del país, es el solsticio de verano, cuando las “noches blancas” invitan a fusionarse, más que nunca, con la naturaleza y el folclore de Estonia.

Patrimonios culturales de Estonia
La sauna de humo es uno de los principales orgullos nacionales, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco desde 2013. Propia del condado de Võromaa, se caracteriza por calentarse con una especie de horno de leña sin chimenea. Otro de los patrimonios culturales de la región es el canto polifónico leelo. Un coro de mujeres sigue a una voz principal entonando canciones que en su día sirvieron para transmitir conocimientos. Sus aparatosas joyas en plata, que pueden pesar hasta 5 kilos, actúan como improvisados instrumentos de acompañamiento. Por los ríos color chocolate del parque nacional de Soomaa, al suroeste de Estonia, aún navegan canoas de madera talladas a mano. Fueron inscritas en 2021 como patrimonio inmaterial. Estas piraguas eran utilizadas para el transporte y la pesca hasta mediados del siglo XIX.
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