Los Cañones del Ebro, la brecha espectacular que esconde la provincia de Burgos

Esta sucesión de hoces está considerada uno de los parajes más bellos de la Península Ibérica

Noelia Ferreiro
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Foto: Iker Gutiérrez Fotografía / ISTOCK

Es un tajo cincelado por el río padre que alberga una valiosa fauna y una frondosa vegetación que se desploma sobre el camino en forma de encinas y nogales, de hayas y robles. El Ebro, con su impetuosa corriente, rajó a su paso por Burgos los páramos calcáreos de La Lora y así se abrió esta brecha de más de 200 kilómetros de profundidad a la que se conoce como los Cañones del Ebro. Una sucesión de hoces que dibuja un paisaje de riberas escarpadas, bosques tupidos y meandros que serpentean como laberintos en los valles.

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Considerado uno de los parajes más bellos de España, el Parque Natural de las Hoces del Alto Ebro y Rudrón, que se extiende a lo largo de unas 46.000 hectáreas, tiene en el agua su gran protagonista. Aquí también irrumpe otro río, el Rudrón, hermano menor del Ebro, en cuyo curso se funde y se confunde encajonado también entre el verdor. En esta red de senderos no faltan tampoco miradores desde los que asomarse al abismo y pintorescos pueblos de piedra en los que la gastronomía tiene nombre propio.

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Rutas para caminantes y ciclistas

Para quienes gusten de gastar las botas, existe un sendero de largo recorrido que transcurre por este parque castellano y leonés. Es el Camino Natural del Ebro GR 99, que acompaña el curso del río a lo largo de 930 kilómetros y 42 etapas, ocho de las cuales tienen lugar en tierras de Burgos.

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Pero que no teman los menos aventureros porque también para ellos hay múltiples caminos, tanto para la práctica de senderismo como para realizar en bicicleta. El más famoso es el que discurre entre Pesquera del Ebro y Orbaneja del Castillo (o vicerversa) y que se conoce como la Ruta del Cañón del Ebro. La distancia: un total de 15 kilómetros en los que se invierten nada menos que unas seis horas y media. 

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La naturaleza en todo su esplendor

Este trayecto no tiene desperdicio. Siguiendo el borde rocoso se puede contemplar en su esplendor la herida abierta por el torrente fluvial en esta Castilla crustácea. Abajo, en las aguas esmeraldas, con un poco de suerte se verá nadar a las nutrias. Arriba, sobre los cortados, más de mil parejas de buitres leonados, águilas perdiceras, alimoches y halcones peregrinos. 

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Serpenteando por el fondo de la garganta se llega a una pasarela por la que hay que cruzar el río y se atraviesan bosques mixtos de encinas, quejigos, arces, acebos, alisos y madroños. Y durante el verano, plantas aromáticas como el espliego y el orégano perfuman las paredes del cañón, que en un determinado punto alcanzan alturas de vértigo y forman relieves caprichosos. Hay quien ve una cabeza de indio o el mapa de África o el beso de dos camellos, entre otras alocadas figuras.

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Los pueblos detenidos en el tiempo

Más allá de la naturaleza, bellos pueblos se asoman a la ruta, ideales para coger fuerzas con buenos vinos y delicias locales. Pesquera del Ebro, con sus casas blasonadas y antiguos palacios; Cortiguera, donde Miguel Delibes se inspiró para El disputado voto del señor Cayo; o Valdelateja, hundido en el fondo del valle, que acoge también la unión del Ebro y el Rudrón en un maravilloso enclave.

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Entre todos ellos, destaca Orbaneja del Castillo, declarado Conjunto Histórico Artístico. En esta villa encontramos una de las imágenes más fotogénicas del país: una poderosa cascada que brota de la Cueva del Agua y se precipita sobre el pueblo para caer directamente en el cauce del Ebro.