Campo de Borja: la tierra de leyendas que conquistó a Gustavo Adolfo Bécquer

En esta comarca de Aragón, rodeada de viñedos infinitos, el poeta sevillano gestó algunas de sus obras cumbres

Noelia Ferreiro
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“Ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa”. Sólo Gustavo Adolfo Bécquer podía definir así a esta comarca del noroeste de Zaragoza, encajada entre el Sistema Ibérico y el Valle del Ebro. Una tierra coronada por el halo místico que le confiere la silueta silenciosa del monte Moncayo que, con sus más de 2.300 metros de altitud, es bien visible desde la distancia.

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Campo de Borja es una tierra de leyendas. Un lugar sobre el que circulan ciertas historias de brujas que conoció de primera mano el poeta sevillano. De su estancia, allá por 1863, en el Monasterio de Veruela, el ilustre representante del romanticismo español halló la inspiración para algunas de sus obras más célebres, como el relato El monte de las ánimas o las inquietantes cartas Desde mi celda que escribió confinado entre sus gruesos muros.

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El vino, alma de la región

La huella de Bécquer ha quedado impresa para siempre en lo que él mismo denominó “el Escorial de Aragón”, una joya de sobriedad cisterciense que se erige en el reclamo monumental de estas tierras con un denominador común: las alfombras de viñedos que conforman la D.O. Campo de Borja, que junto con Cariñena y Somontano, engloban la marca Enoturismo Aragón.

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Así como el cultivo de la vid es indisociable de la historia borjana, también el Monasterio de Veruela está ligado a la tradición vinícola. Y no sólo porque fueron sus monjes quienes introdujeron las primeras cepas, sino también porque anejo al edificio se encuentra hoy el Museo del Vino, un impecable centro de interpretación que brinda un paseo teórico por lo que constituye la seña de identidad de la zona.

De bodega en bodega

Visitar Campo de Borja es, en efecto, seguir los pasos del vino como el hilo conductor que se cuela por su legado artístico y por su deslumbrante entorno natural. Un vino elaborado la garnacha, la uva aragonesa por excelencia, que es perfecta en su maridaje con el ternasco o el sabroso cabrito del macizo.

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La Ruta de la Garnacha permite saltar de bodega en bodega. No sólo por los grandes templos como Alto Moncayo o Bordejé, sino también por las misteriosas bodegas en cerro que son características de la comarca. Se trata de oquedades excavadas en las profundidades del terreno donde antaño se producía vino para consumo familiar. Hoy existen cerca de mil y algunas ofrecen visitas guiadas.

Naturaleza y arte

También la naturaleza está presente en esta comarca. La que se asoman a la vera del río Huecha, que vertebra el territorio borjano. O las que bordea el embalse de La Loteta, que es un paraíso para el windsurf. Pero sobre todo, la del Parque Natural del Moncayo, el techo de la Cordillera Ibérica, al que se puede ascender entre encinas, carrascos, hayas y pinos negros.

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Y el arte, claro, tiene su hueco en Campo de Borja con la fusión de las tres culturas (cristiana, musulmana y judía) y las bellas muestras del mudéjar en torres como la de la iglesia de Agón, la de la Asunción de Pozuelo o la de San Juan Bautista de Tabuenca.