Así es la California de Francia más allá del verano: un viaje costero por el secreto mejor guardado del País Vasco francés
Cuando el invierno llega al Cantábrico y las playas se vacían de sombrillas, la costa vasca francesa despliega su versión más auténtica entre naturaleza salvaje, encantadoras localidades y un estilo de vida pausado.

Situada al suroeste de Francia, entre el Atlántico y los Pirineos, la costa vasca francesa ocupa una posición privilegiada. A un lado, las olas magnéticas del océano; al otro, inmensos bosques dan paso a pueblos marineros y elegantes localidades donde algunos dan los buenos días con un Egun on y otros con un Adiou en gascón, recordando las distintas identidades culturares que aquí conviven, las mismas que dan lugar a una cultura tan diversa como apasionante.
Un paraíso junto al mar
El País Vasco francés guarda un sinfín de atractivos para disfrutar de la naturaleza, la gastronomía y la cultura, siempre junto al mar. Viajar a lo largo del litoral que va de Hendaya a Bayona es una excelente forma de sumergirse en esa diversidad y en su vibrante vida cultural. Poco más de 30 kilómetros donde enlazar sensaciones sin renunciar a la calma recorriendo Labort, una de las siete provincias que el País Vasco suma a ambos lados de la frontera.
Tras cruzar la frontera desde España, la primera parada que aparece es Hendaya, un estupendo balcón al Cantábrico desde donde contemplar el colorido casco histórico de Hondarribia, allá al otro lado de la desembocadura del Bidasoa, coronada por la ermita de Guadalupe.

A San Juan de Luz podremos llegar siguiendo la D810 o la A63 –algo más rápida, aunque con peajes-, pero la mejor opción es hacerlo por la carretera costera, dejando que cada curva regale una nueva perspectiva del mar embravecido. ¿Hay mejor escenario para un road trip? San Juan de Luz combina su alma marinera con una vida moderna más sofisticada, síntesis que puede palparse en su puerto pesquero y en sus animadas calles comerciales. Muy cerca, encaramado estratégicamente a la costa, se encuentra el Fuerte de Socoa, el cual tuvo un papel estratégico en esta zona.
La ruta continúa en Guéthary, un encantador pueblecito pesquero que vive estrechamente ligado al surf. Sus miradores, encajados sobre los acantilados, acercan las mejores estampas de los surfistas enfrentándose al oleaje invernal.
Más adelante, Biarritz muestra su personalidad cosmopolita. Esta antigua ciudad balneario, muy frecuentada por la aristocracia europea, conserva su elegancia entre hoteles históricos y paseos marítimos desde los que observar a los bañistas más valientes que no renuncian a un baño ni en los días más fríos del año.

En 6 kilómetros más llegaremos a Bayona, atravesada por los ríos Nive y Adur antes de desembocar en el océano. Su casco histórico, perfumado por chocolaterías y perfilado por animadas plazas y casas con entramados de madera, invita a caminar sin rumbo. La capital cultural y gastronómica del País Vasco francés es también la puerta de entrada al interior verde de la región.
Anglet, donde los bosques atlánticos se encuentran con el surf
Once playas diferentes abiertas al Atlántico perfilan, a lo largo de más de cuatro kilómetros, la costa de Anglet, la última parada de nuestra ruta. Esta magnífica sucesión de playas, entre las que destacan La Chambre dÁmour, Chiberta y La Barre, explica por qué aquí el océano marca la vida todo el año. Un paseo por la Promenade Littorale Mendiboure permite recorrerlas.
Podremos seguir el paseo por Anglet atravesando dunas y zonas verdes que conducen a bosques como el de Lazaret o el de Pignada. Por el camino, esculturas, pasos de peatones de surfistas y otros guiños al surf recuerdan que la ciudad ha perfilado su identidad en torno a las olas. Conviene detenerse en La Chambre d´Amour, al sur, para visitar la gruta que da nombre al barrio, envuelta en leyendas de amores imposibles.

Más allá de esta imagen de naturaleza, la ciudad se disfruta visitando el Centro de Arte Contemporáneo o probando queso Ossau-Iraty, jamón de Bayona, vinos de Irouléguy y otras delicias vascas en el Mercado de Halles Biltoki, especialmente animado durante los fines de semana. Anglet también invita a sumergirse en la cultura local a través de experiencias como la pelota vasca, uno de los grandes símbolos culturales de este territorio. Participar en una iniciación de la mano de campeones como Oihan Borteyru es la mejor forma de comprender por qué este deporte forma parte del ADN vasco.
Angelu, su nombre en euskera pronunciado “anguelou”, es la ciudad más grande de los Pirines Atlánticos, y, al contrario de lo que sucede en las otras localidades del recorrido, no cuenta con un centro histórico definido. La vida se reparte en barrios con personalidades propias, siempre abrazados por el entorno natural.
Dormir entre esta naturaleza encuentra su mejor expresión en Brindos, Lac & Château. Ubicado a pocos minutos de Biarritz y Bayona, oculto entre árboles y junto a uno de los lagos privados más grandes de Francia, este castillo recuperado ejerce como el mejor refugio desde el que explorar la Costa Vasca francesa.
Un refugio natural e histórico
En los años treinta, el Château de Brindos fue lugar de encuentros y celebraciones, donde no faltaban paseos en barca al atardecer. Con esa personalidad presente, pero sin dejar de lado ciertos toques contemporáneos, el jugador de rugby internacional del Olympique de Biarritz, Serge Blanco, llevó a cabo una cuidadosa restauración con la que consiguió preservar y resaltar su herencia. El resultado se tradujo en 29 habitaciones y suites inspiradas en el agua, carpintería del Renacimiento español y mobiliario histórico, recuperado del propio castillo al que se sumaron piezas de diversos puntos de Francia. Todo esto junto con los 10 lodges que flotan en el lago, el elemento protagonista del lugar.

Dentro del castillo de la prestigiosa familia Relais & Chateaux, un spa compuesto por cuatro piscinas de hidromasaje, con cierto estilo Art Nouveau, parecen una extensión del lago, sobre todo en verano, cuando es posible disfrutar de un tratamiento en una de sus cabinas flotantes. Lo mismo sucede con Le Bar, un bar escocés con un selecto menú de cócteles, o con su restaurante panorámico, donde entregarse entregarse a la más pura cocina vasca aderezada con aires creativos, entre la que destacan platos como la Caballa Flameada o la Ternera de los Pirineos. Una magnífica propuesta del Chef Hugo De La Barrière.
Con vistas al lago o en cualquiera de las terrazas resguardadas que salpican la costa mientras el océano ruge, pero siempre sentado a la mesa será la mejor forma terminar este viaje por una California francesa cargada de sorpresas.
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