Cádiz tiene la receta de la felicidad: cinco paradas en la provincia de la alegría

Mar, montaña, campiña y pueblos deliciosos

Noelia Ferreiro
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Foto: JoseIgnacioSoto / ISTOCK

Dejamos a un lado la capital (que daría para otro reportaje) y emprendemos un viaje desde el interior a la costa de la provincia de la alegría. Hablamos, claro, de Cádiz, pura esencia del sur. Campiñas, sierras, pueblos blancos, parques naturales y ese horizonte azul donde el Mediterráneo y el Atlántico se dicen hola y adiós.

Jerez de la Frontera

La ciudad que vive a ritmo de bulerías es arte por los cuatro costados. Por algo es la cuna de Lola Flores y José Mercé (entre otras muchas figuras ilustres) cuyos barrios son cita obligada para los amantes del flamenco. Y es que aquí las peñas y los tablaos son cosa seria, como también lo es el arte ecuestre y, por supuesto, su famosa cultura del vino. Decir Jerez es decir fino, oloroso, manzanilla, Pedro Ximénez… Es hablar de sus típicos tabancos, que nacieron como negocios que despachaban vino a granel y acabaron convertidos en centros de tertulia y cante. Y es también, claro, conocer sus bodegas emblemáticas como la de González Byass, hogar del mítico Tío Pepe, que es la más visitada de Europa.

Catedral de Jerez de la Frontera, Cádiz | Cezary Wojtkowski / ISTOCK

Sierra de Grazalema

He aquí un parque natural dibujado con bosques de pinsapos (un abeto que crece en parajes mediterráneos) y montañas que, para sorpresa de muchos, presumen de registrar la mayor pluviosidad de España. Por ellas merodea la cabra payoya, que da lugar a un queso gaditano (el payoyo) que sabe realmente exquisito.

Sierra de Grazalema, Cádiz | halbergman / ISTOCK

Ruta de los pueblos blancos

También en Cádiz la cal traza una ruta de caseríos inmaculados, carreteras serpenteantes y reminiscencias de Al-Andalus. Son los famosos pueblos blancos, deliciosos núcleos de población encaramados en lo alto de los cerros en una estampa bellísima. Diecinueve conforman este recorrido por las entrañas de la provincia. Y aunque cada uno de ellos tiene su personalidad, no hay que perderse Arcos de la Frontera, la puerta de entrada; Grazalema, que comparte su nombre con la sierra; Ubrique y, especialmente, Zahara de la Sierra, una villa encaramada a un monte que tiene el privilegio de reflejarse sobre las aguas turquesas de un embalse.  

Arcos de la Frontera, Cádiz | e55evu / ISTOCK

La meca del atún

Sería un crimen olvidarse del Cádiz del atún de almadraba, ese que tiene en Barbate y Zahara de los Atunes su mayor representación (aunque no la única). Ambos pueblos son la meca de ese pescado que sólo en estos parajes se captura con una técnica milenaria. Un manjar de dioses al que los restaurantes compiten por ofrecer de mil y una maneras. Incluida, sí, el tataki y el sashimi.

Zahara de los Atunes, Cádiz | quintanilla / ISTOCK

Tarifa

Así llegamos al sur del sur, donde se condensa la idea de unas vacaciones perfectas. Aquí lo suyo es devorar su centro histórico resguardado entre las murallas, tapear en sus tabernas, sucumbir a la tentación de sus tiendas y, sobre todo, hay que dejarse llevar por el ambiente de gente joven y guapa que destilan sus arenales blancos: el de Los Lances, con más de siete kilómetros, el de Bolonia, donde el mar es esmeralda y el de Valdevaqueros, el paraíso del kitesurf.

Tarifa, Cádiz | Jacek Jacobi / ISTOCK