Cabo Verde, diez granos de tierra

Cabo Verde es, como dice una canción local, "deus grazinhos de terra" (diez granos de tierra) que emergen en el Océano Atlántico a 500 kilómetros de distancia de la costa de Senegal. "Deus grazinhos" forjados a golpe de un enriquecedor e inevitable mestizaje que tomó elementos de Europa, África y el Caribe, y que han hecho de este archipiélago y de su música algo realmente único.

Óscar López-Fonseca

João es fruto del mestizaje. Su rostro muestra ojos claros en una piel oscura y en su conversación se mezclan las palabras de origen africano con las expresiones portuguesas. Él se gana la vida trayendo y llevando viajeros del aeropuerto internacional de la isla de Sal a los grandes complejos hoteleros que se abren en la kilométrica playa de arena blanca de Santa María. Un continuo ir y venir en el que, a golpe de retrovisor, ha visto como los pasajeros que se subían a su coche mudaban su rostro con la misma velocidad con la que él conducía y las ventanillas mostraban un paisaje reseco, casi lunar, muy alejado de las expectativas de estilizadas palmeras y exuberante vegetación. "Cabo Verde es el país de las dos mentiras. Ni es un cabo ni es verde ", asegura antes de lanzar una acogedora sonrisa.
Es cierto, el nombre de este archipiélago perdido en la inmensidad del océano Atlántico, al sur del Trópico de Cáncer y a quinientos kilómetros de las africanas costas de Senegal, es fruto más del lirismo portugués que de una realidad que se tiñe de ocre. Aseguran que cuando estas diez islas fueron puestas en los mapas en el año 1460 por Antonio de Noli, un navegante italiano al servicio de la corona portuguesa, la vegetación resultaba tan abundante como para teñir su nombre de esperanza. Claro que entonces nadie había osado a hollar ninguna de ellas. Luego, la sequía, un auténtico y peligroso azote de estas tierras, y la esquilmadora mano del hombre, dibujaron el reseco paisaje que se puede divisar actualmente.
No es extraño, por tanto, que los caboverdianos hayan forjado su propia leyenda de fatalidad. Una leyenda que asegura que cuando Dios terminó la creación vio que en sus manos habían quedado algunos restos de la materia usada para dar su forma definitiva a la Tierra. Cuando se la limpió, aquellos insignificantes trozos cayeron en el océano y así nació Cabo Verde. Diez islas que ni siquiera cuando fueron descubiertas tuvieron el honor de ser habitadas por el ser humano. Debieron esperar a que el descubrimiento del Nuevo Mundo y el comercio de esclavos revelasen su dramático potencial como escala para el tráfico de seres humanos.
Entonces, y sólo entonces, sus tierras se poblaron. Y lo hicieron con los hombres y mujeres traídos a la fuerza desde la cercana África. Con colonos procedentes de la distante metrópoli ansiosos de hacer fortuna rápidamente. Con convictos en busca de una última oportunidad. Cabo Verde empezó entonces a forjar su futuro, su duro futuro, y lo hizo a golpe de mestizaje. Tan inevitable como cautivador. Tan insolente como enriquecedor. Un mestizaje de ritos animistas y liturgia católica. De rotundidad africana y sutileza europea. De ojos claros y piel morena, como los de João, el taxista. Por ello, el viaje al archipiélago de Cabo Verde es, ante todo, humano.
Su gente, sí, su gente, que ríe, llora y trabaja en estas islas a las que la Naturaleza impone tan riguroso modo de vida que más de la mitad del millón y medio de caboverdianos vive fuera de sus porque esta tierra, su tierra, concede la subsistencia con cuentagotas. Por ello, la morabeza , esa hermosa palabra del vocabulario caboverdiano que todo lo impregna y que habla de simpatía, de amistad, de cordialidad, de estar a gusto , es casi una filosofía de vida. Y la música, con innumerables ritmos autóctonos que van desde la melancólica morna que popularizase Cesaria Évora al movido funaná , sin olvidar el batuko , la coladera , el zouk o la tabanca , constituye su principal modo de manifestarse.
Son, precisamente, la música y morabeza las que hacen que, paradójicamente, el viajero vea en estas diez islas supuestamente abandonadas de la mano de Dios, como asegura su leyenda, un trasunto del paraíso que los poetas del siglo XIX describieron como jardines en los que las divinidades recalaban para descansar de sus avatares celestiales. No importa que la primera impresión, la que se recibe al aterrizar en la isla de Sal -la única que cuenta, por el momento, con un aeropuerto capaz de recibir vuelos internacionales- sea la de haber llegado a un lugar tan plano como la palma de la mano y de una sequedad bíblica. Pronto uno comprende que el archipiélago esconde mucho más de lo que engaña su nombre.
La propia Sal es un canto a la melancolía, a los sentimientos a los que canta la morna -una palabra derivada del verbo inglés to mourn ("llorar ", "lamentar ")-. La nostalgia puede sentirse en esta isla árida hasta el infinito, con un horizonte que se salpica casi exclusivamente de acacias retorcidas por la sed y el viento, y en el que sólo unos pocos pueblos se atreven a romper con las fachadas multicolores de sus casas el monocromatismo del paisaje. Uno de ellos es Santa María, donde se agolpa la mayor parte de la oferta hotelera de la isla y del país, gracias a esa playa de once kilómetros de arena inmaculada orillada a un mar turquesa que le acaricia con sus olas y sobre la que cabalgan, gracias al fuerte viento, unos modernos jinetes sobre sus tablas y velas.
Don turístico al que acompaña un sol que no parece ocultarse nunca y que ha inundado el tranquilo pueblo de gritones animadores de hotel, tiendas de camisetas y locales donde comprar artesanía importada del vecino Senegal. Por fortuna, todo ello no ha podido acabar con el ambiente tranquilo de la isla. El que se respira en el precario muelle de madera, donde arriban los pequeños botes de pescadores con toda la riqueza de los mares en sus redes y donde los más jóvenes aprovechan para lanzarse al agua en una y mil piruetas.
Tampoco ha acabado con las salinas de Pedra da Lume, enclavadas en el interior de un cráter extinto y en cuyas piscinas se bañan lugareños y forasteros en busca de no sé cuántos beneficios para la salud. Ni con Buracona, ese salvaje paraje donde el océano marca los segundos con una olas de color esmeralda que se enfurecen al llegar a la costa. Ni con la tranquilidad de Espargos, donde las prisas no existen -ni falta que hacen- y donde siempre existe tiempo para echar una amena partida de ouril , ese juego de estrategia que en cada lugar de África recibe un nombre diferente.
"Ésta es la tierra que hemos heredado; no tenemos otra ", dijo Amílcar Cabral, el héroe revolucionario local que se enfrentó a la todopoderosa Portugal para conseguir la independencia del archipiélago de Cabo Verde. ¿Fatalismo? Tal vez, aunque quizá sea más correcto mencionar de nuevo a la morabeza , porque los caboverdianos se sienten a gusto en esta tierra de aspecto inhóspito y árido. Basta saltar de una isla a otra, y luego a otra, y a otra, para descubrirlo inmediatamente. Tan a gusto que cuando se ven obligados a abandonarlas, sienten sodade , esa añoranza cuasi dolorosa que hace que muchos de sus ritmos musicales constituyan un llanto perenne por esos paisajes que retienen en su memoria durante la diáspora.
Paisajes en algunos casos desérticos y planos, como los de Sal, que se repiten en Boavista y Maio, las otras dos islas ribeteadas por playas kilométricas de arena y dunas. O escarpados, como en São Nicolau. O repletos de buganvillas, jacarandas y jazmines, como en Brava. O deshabitados, como los de Santa Luzia, la única que, a pesar de los intentos del hombre, no cobija a nadie. O ardientes, como Fogo, la isla del volcán, tan negra como fértil, tan amenazadora como hermosa.
En Fogo, su playa azabache se llena al caer la tarde de jóvenes que juegan al fútbol en partidos sin fin o que, simplemente, pasean su amor mientras la espuma albina del mar juega al contraste con la oscura arena. También en esta isla las coladas de lava discurren de arriba abajo, desde los 2.890 metros de altitud del cráter. Y la vida de São Felipe, la capital, de abajo arriba, como las cuestas de sus calles empedradas. Un color diferente para una isla diferente, única, como su delicioso café.
También es única Santo Antão, el corazón esmeralda de Cabo Verde. Y ello a pesar de que la impresión que tiene uno cuando se acerca a ella en un barco al que acuna el arisco oleaje del Atlántico es la de ir a enfrentarse a un gigante de escarpado y sediento rostro. Pura fachada. Es cierto que la sequedad recibe al viajero, pero, tras las altas cumbres que parten la isla en dos, se abre un vergel de bosques de eucaliptos, pinos y cipreses, de funambulescos bancales que sí merecen el calificativo de verde. Dicen que esta isla es un paraíso para los que gustan del senderismo. También aseguran que representa el lugar ideal para probar el mejor grogue , ese brebaje de caña de azúcar y alta graduación alcohólica sólo apto para gaznates recios, que aquí brota de rudimentarias destilerías. Ambas cosas son tan ciertas como que casi escondido en uno de sus extremos se encuentra uno de los pueblos más bonitos del archipiélago: Ponta do Sol. Casas de una sola altura, verdes, rosas, azuladas... todas descoloridas por el paso del tiempo, ribetean las calles em- pedradas que la humedad hace brillar como si se tratasen de senderos cuajados de piedras preciosas. Allí, en su pequeño puerto, al mediodía arriban las barcas repletas de capturas, incluidas las apreciadas morenas, que poco después serán sabrosos bocados de mar rebozados. ¿Paraíso? Al menos de la tranquilidad, sí.
La isla de São Vicente está tan cerca de Santo Antão que una y otra intercambian todos los días sus miradas. Claro que São Vicente es otra cosa. Mindelo, su capital y considerada la segunda ciudad en importancia del archipiélago, es conocida como la Habana de África . Y no le falta motivos. Escenario de un carnaval digno hermano pequeño del de Río de Janeiro y lugar de nacimiento de Cesaria Évora, sus calles bullen culturalmente de día y de noche. Hay activos centro culturales, proliferan los pintorescos locales y es extraño el bar, tasca o restaurante que, cuando se oculta el sol, no ameniza las últimas horas del día con músicos tan anónimos como virtuosos. Por ello, y aunque posea algunos monumentos de postín -como la Torre de Belém, a semejanza de su hermana lisboeta; la enverdecida escultura del marino Luso Diogo Alfonso, y la decimonónica iglesia de Nuestra Señora de la Luz-, la música es su principal patrimonio. De hecho, en la cercana Baia das Gatas, cada año tiene lugar el festival más importante de música lusófona.
También ocupa la música un lugar importante en la isla de Santiago, donde se encuentra la capital del país, Praia. Aquí, cualquier rincón es bueno, cualquier momento el adecuado para que unos altavoces dispuestos en cualquier lugar sirvan para que la música haga contonearse los cuerpos pertedinhos , apretaditos. Ya sea en la abarrotada capital, como en el montañoso interior que recorren los pequeños autobuses locales, los hiacas .
Es también en esta isla donde se encuentran las huellas más evidentes de que Cabo Verde es un anárquica y armónica mezcolanza de Caribe, Europa y África. Del otro lado del Atlántico resuenan los acordes del funaná , un ritmo autóctono pero con claras semejanzas con la lambada. De la vieja colonia sobrevive Cidade Velha, la primera capital que tuvo el país, hoy convertida en poblacho de pescadores donde residen las ruinas del antiguo castillo español de San Filipe y la que fuera catedral de la isla, que tardó en construirse cien años y sólo para que se oficiaran en ella doce misas.
La herencia africana aparece sobre todo en el interior, donde mujeres de andares cadenciosos y hablar más lento portan en la cabeza las cestas repletas de pescados, o de mangos o de lo que se tercie rumbo a los mercados. Unos mercados, como el de Assomada, que dibujan estampas mil veces repetidas en el vecino continente. Es en pueblos como éstos donde uno descubre el corazón africano y el alma caribeña, con esas gotitas de Europa que hacen de Cabo Verde un lugar único.