GEOGRAFÍA INVISIBLE V
Cabo Polonio, el paraíso de Uruguay donde las dunas caminan, hay un cementerio de barcos y las casas no tienen red eléctrica
En este rincón remoto de la costa atlántica, el paisaje cambia al golpe del viento. Un desierto en movimiento suspendido en el tiempo, cuya geografía es moldeada constantemente por la naturaleza.

Cabo Polonio es uno de los grandes edenes de Sudarmérica / Istock
Entre las olas de un mar de arena, asoman rústicas casitas de madera. En las rocas de esta costa salvaje, acariciada por azules eléctricos, descansan leones marinos bajo un faro. Acabamos de llegar a Cabo Polonio, uno de los lugares más singulares de Sudamérica. Aquí las dunas cambian de posición con el tiempo, transformando por completo la orografía del paisaje; reconfigurando senderos, cubriendo la vegetación y cambiando los límites. Algunas alcanzan más de treinta metros de altura, y los fuertes vientos atlánticos son capaces de empujarlas haciendo que avancen y muten. Nos encontramos ante uno de los sistemas dunares más importantes del continente.

El tiempo se detiene en Cabo Polonio / Istock
No hay carreteras que lleguen hasta el pueblo, pero tampoco vehículos privados para poder acceder. Una especie de autobuses todoterreno son los encargados de trasladar a visitantes y lugareños, aunque, durante décadas, las únicas formas de acceder a este rincón remoto eran a caballo, navegando o caminando.
Tampoco existen postes eléctricos conectados a la red. La electricidad se obtiene, en algunos casos, por medio de generadores, paneles solares o lámparas alimentadas por baterías. “Vivir aquí es felicidad” afirma una chica joven con la que me cruzo por el camino. “Y tanto que lo es” pienso mientras subo y bajo dunas de camino al mar.
Un parque de otro mundo
Localizado en el departamento de Rocha, en la costa este de Uruguay, Cabo Polonio es parte de una extensa franja protegida donde conviven dunas, playas y ecosistemas marinos. Se ubica a 260 kilómetros de Montevideo, la capital del país, entre el océano Atlántico y varias lagunas.
Echando un vistazo al mapa, la distancia no parece excesiva. Sin embargo, llegar hasta este parque nacional se convierte en toda una aventura. Poco a poco desaparece cualquier infraestructura moderna y los tonos dorados y ocres lo dominan todo. Al fondo, el océano conquista un horizonte cada vez más próximo.

Llegar se convierte en emoción desde el primer segundo / Istock / Stefano Ember
Una vez en el espacio protegido, el autobús se adentra primero en un sinuoso bosque para luego abrirse paso entre imponentes dunas. Tras superar este trayecto, el vehículo desciende a la orilla del mar bordeando la playa hasta llegar finalmente al corazón de Cabo Polonio. Entonces me froto los ojos para apreciar si lo que estoy contemplando es cierto o se ha escapado de uno de esos sueños raros que se suceden cuando toca dormir con jet lag. Cabo Polonio no se parece a nada que haya visto antes. Quizá me recuerda, salvando las distancias, a la isla de Olkhon, en el Lago Baikal.
No hay un trazado urbano. Las coloridas casitas, construidas muchas de ellas con materiales recuperados del mar, salpican las dunas y los afloramientos rocosos. Frente a ellas juegan niños, como se jugaba antes. La falta de luz se hace más evidente cuando cae el sol y un manto de estrellas cubre el cielo. No contemplaba un firmamento así precisamente desde que se jugaba como antes.
Un cementerio lleno de leyendas (y de barcos)
El sonido del viento se mezcla con el del oleaje marcando el tiempo de Cabo Polonio. Los minutos no existen, todos caminan descalzos y la arena se convierte en el único mapa necesario para recorrer el parque.

Perderse entre sus dunas con los pies descalzos es la mejor forma de sentir el lugar / Istock / Fellipe Abreu
Pero mucho antes de ser lugar de inspiración para artistas y en destino de vacaciones para uruguayos, esta costa era conocida por los navegantes como una de las más peligrosas. ¿El motivo? Sus enormes rocas y complejas corrientes que provocaron gran número de naufragios a lo largo de los siglos, formando un peculiar cementerio naval submarino. De hecho, el nombre “Polonio”, procede de uno de aquellos barcos que se hundieron frente a este litoral en el siglo XVIII.
Para evitar los accidentes, en el año 1881 se construyó un faro de 25 metros de altura que se ha convertido en uno de los iconos de Cabo Polonio. Tanto es así que hasta Jorge Drexler le dedicó una de sus canciones más famosas. Y ahí frente a una de las mayores colonias de lobos marinos de América del Sur, tras doce segundos sin luz, la geografía invisible de Uruguay vuelve a ser visible.
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