Cabezón de la Sal, la villa cántabra donde crecen secuoyas

Nos asomamos a esta bella población y miramos hacia arriba…

José Miguel Barrantes Martín
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Foto: Helena GH / ISTOCK

El Saja es uno de esos ríos cántabros hasta la médula. Sus setenta y dos kilómetros nacen y mueren en territorio de Cantabria, desde que surge de entre las montañas hasta su desembocadura en el mar. Por el camino, recorre la parte occidental de la región atravesando municipios tan ilustres como Cabezón de la Sal. A la altura de este municipio el río ha creado la hoz de Santa Lucía, justo al sur de la población. Dejando el curso fluvial a la derecha y atravesando un puente de piedra en honor a esta santa, avanzamos hacia la villa de Cabezón de la Sal en busca de los árboles más grandes del planeta. Un lugar insospechado para una especie propia de otros espacios lejanos, que se está convirtiendo poco a poco en un emblema turístico de esta localidad.

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Una villa ligada a la sal… y ahora a las secuoyas

Cabezón de la Sal es la cabecera de comarca de la comarca Saja-Nansa. Una localidad de vital importancia en la historia por su empeño y defensa de la región cántabra, que se encuentra situada a mitad de camino entre la montaña y el mar Cantábrico. Ligada desde tiempos ancestrales a la producción de sal, ya desde época romana, ha llegado hasta nuestros días como un centro urbano desligado ya de aquella importancia económica que supuso antaño este comercio. En su lugar nos ha legado la nomenclatura relacionada con esta actividad en muchos puntos del municipio, empezando por el propio nombre de Cabezón de la Sal. 

Más allá de las diferentes teorías sobre el origen del nombre completo, lo cierto es que la población se encuentra situada en una zona especialmente proclive para el aprovechamiento de este producto. La intrusión salina que fuera explotada ya desde los romanos ha dejado ante nuestros ojos una curiosidad geomorfológica consecuencia de esta acción milenaria: los hundimientos del terreno en el subsuelo de la villa debido a las galerías del antiguo sistema de explotación. Unos hundimientos que obligaron a cesar los trabajos y la actividad por completo en 1979.

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Hoy en día ya no quedan prácticamente vestigios de esta industria salinera, pero aún queda el recuerdo de una actividad que ha supuesto para Cabezón de la Sal el elemento más característico a lo largo de su historia. Fruto de las épocas de bonanza económica son muchos de los importantes inmuebles que forman parte de su destacado patrimonio histórico-artístico, haciendo mención especial de las típicas casas señoriales y de palacios como el de la Bodega, construido a finales del siglo XVIII. Pero al margen del patrimonio arquitectónico, Cabezón de la Sal cuenta hoy con otro gran recurso turístico que se está convirtiendo lentamente en una de las señas de identidad del municipio. Hablamos de las secuoyas que crecen en su territorio. Empezando por el propio casco urbano, donde prosperan dos lustrosos ejemplares de esta gigantesca especie arbórea. Se trata de las «Secuoyas de Igareda», plantadas entre la calle San Fernando y la calle de Tresano.

Sin embargo, la impresionante figura de este par de enormes especímenes sólo es una pequeña muestra comparada con lo que nos vamos a encontrar en los alrededores de la localidad.

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El Monumento Natural de las Secuoyas del Monte Cabezón

A tan sólo dos kilómetros y medio del núcleo urbano de Cabezón de la sal, avanzando por la carretera CA-135, encontramos un bosque completamente atípico para lo que podríamos esperar en esta zona. El Monumento Natural de las Secuoyas del Monte Cabezón, protegido por su notable interés como recurso natural, es un raro ejemplo que aún pervive de las políticas autárquicas del periodo franquista. Es en esta etapa en la que se deciden plantar 800 ejemplares de secuoyas en este espacio, atraídos por su rápido crecimiento con vistas a destinarse a la industria maderera de aquel entonces. Dos hectáreas y media de plantación que, con el paso del tiempo, fueron perdiendo su finalidad inicial para pasar a ser una rareza dentro de la península ibérica.

Actualmente, este impresionante bosque de secuoyas – 848 árboles - se ha convertido en un imán para todas aquellas personas que buscan un entorno diferente y un tanto exótico para realizar una pequeña ruta a pie en la Naturaleza a lo largo de este monte poblado de otras especies foráneas como pinos o eucaliptos. La gran altura de estas secuoyas y sus imponentes troncos, que sobrepasan a veces el metro y medio de diámetro, llaman poderosamente la atención de quien transita estos parajes tan próximos a la villa de Cabezón de la Sal, haciendo elevar la vista hacia las lejanas copas que se extienden en lo alto.

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