En busca del Lignum Crucis de Caravaca

Lo primero que sorprende de Caravaca es su castillo y su santuario, vinculado a la cruz que tanto renombre ha dado al pueblo. En su interior se venera el Lignum Crucis.

Manuel Mateo Pérez
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La legendaria historia de Caravaca de la Cruz comienza un 3 de mayo de 1232, once años antes de que los árabes capitularan en Murcia ante los reyes cristianos. Aquel día se produjo un hecho milagroso en el castillo moro. Gobernaba la fortaleza el caudillo almohade Abu Zeit, que había apresado a un puñado de cristianos viejos entre los que se encontraba el clérigo Ginés Pérez de Chirinos. Una tarde, llevado por su curiosidad, el jefe almohade pidió al cura que impartiera la eucaristía en su presencia. Cuenta la leyenda que el sacerdote preparó la misa, pero al rato se paró ante los presentes exclamando: "Falta la cruz". Al momento, dos ángeles del cielo descendieron hasta el castillo trayendo con ellos un Lignum Crucis que depositaron en el altar. Aquel hecho llevó al gobernante árabe y a sus acólitos a convertirse al cristianismo.

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Otra leyenda dicta que la cruz de Caravaca perteneció al primer obispo de Jerusalén. De hecho sólo cinco ciudades del mundo comparten el privilegio de conmemorar el Jubileo Perpetuo. Se trata de Jerusalén, Roma, Santiago de Compostela, Santo Toribio de Liébana y Caravaca de la Cruz. Al parecer, el patriarca Roberto la portó en procesión una vez que la ciudad santa fue conquistada en la primera Cruzada, allá por 1099. De una manera u otra, los historiadores conceden a esta cruz un origen mítico. Su procedencia es oriental y lo que más llama la atención en su doble brazo. Pero lo realmente importante para la tradición cristiana es que en su interior acoge un trozo de madera perteneciente al madero donde Cristo fue crucificado. De ahí que la Iglesia la venere como una Veracruz (una verdadera cruz), por lo que concede bulas e indulgencias a todo peregrino que venga hasta aquí para adorarla.

El castillo de Caravaca, el monumento principal de la ciudad, se edificó en tiempos de al-Andalus. Entre los siglos X y XI los árabes murcianos levantaron una atalaya sobre la cima de un cerro solitario y áspero. A sus pies se extendían las vegas de los ríos Argos y Quípar. Siglos atrás, los romanos ya habían hablado de la fertilidad de las tierras y la bondad de sus aguas. El castillo cae en manos cristianas en el año 1243, gobernando Castilla Alfonso X El Sabio. Entregada a la enigmática orden de los Templarios, la fortaleza conocerá momentos de expansión y prosperidad. Siglos después, un 16 de julio de 1617 se inician las obras de construcción del santuario que hoy se encuentra en el corazón de la fortaleza. Noventa años después terminan las obras del templo de la Vera Cruz. El resultado fue grandioso. El templo exhibe un aliento tardo renacentista que bebe en buena parte de sus naves del sobrio estilo herreriano, muy propio de aquel que alumbra el monasterio madrileño de San Lorenzo del Escorial. En el siglo XVIII, los hermanos de la Vera Cruz encargaron una portada para el santuario. El resultado fue una fachada barroca esculpida con mármoles de la comarca y con una latente inspiración americanista y colonial. En el interior del templo se puede visitar la capilla de la Cruz, donde se venera el Lignum Crucis, además de la sala de la Aparición, el museo, la logia y la enigmática sala de los Conjuros.

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Catorce torreones bordean la fortaleza, algunos de ellos de época árabe al igual que el aljibe que reposa en el subsuelo del diáfano patio de armas. Uno de los torreones, el más grande y próximo a la entrada principal del recinto, posee un reloj que marca la vida cotidiana del pueblo. A sus pies se arremolina el barrio medieval, de estrechas, tortuosas e intrincadas callejuelas que derivan en plazas mínimas y perfumadas. El Ayuntamiento de la ciudad, un elegante edificio de corte barroco mandado construir allá por 1737, adorna una parte del barrio viejo. Cerca quedan las iglesias de la Compañía de Jesús y de Nuestra Señora de la Soledad. Esta última fue la primera parroquia que se ubicó en la ciudad. La iglesia del Salvador fue edificada entre los años 1534 y 1600. El templo constituye un hermoso ejemplo del tránsito del gótico al renacimiento. En torno a su nave se suceden los altares barrocos que acogen algunas piezas de la mejor imaginería de la escuela murciana.