Bubblegum Alley, un callejón de récord... De chicles pegados en las paredes

San Luis Obispo, en California, una ciudad en la que hay que parar, sí o sí, cuando se recorre la Pacific Coast; especialmente el 13 de enero, Día Mundial del Chicle.

Araceli Ocaña
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Foto: Emma Walsh / ISTOCK

Cualquier excusa es buena para recorrer California enlazando la Pacific Coast y la Big Sur, por ejemplo, pero el 13 de enero, Día Mundial del Chicle, hay un lugar donde celebrarlo a lo grande: San Luis Obispo, una pequeña ciudad con mucho encanto y un callejón único, el Bubblegum Alley, en cuyas paredes que turistas y habitantes pegan miles de chicles masticados.

Este pequeño callejón ostenta un récord de lo más peculiar, el de mayor número de chicles pegados del mundo. La tradición, que viene desde los años sesenta, es que todo el que pase por ahí pegue un chicle en su pared: el resultado es, a la par, hipnótico, y algo desagradable, según la sensibilidad de cada uno.

La magia reside en sus pequeñas dimensiones, pero suficientes para convertirse en una miniexplosión de color: sus muros miden 21 metros de largo y 4 de alto y la acumulación de chicles se considera ya una muestra, curiosa, eso sí, de arte urbano.

Bubblegum Alley en San Luis Obispo (California)
scottiebumich / ISTOCK

La polémica historia del Bubblegum Alley en San Luis Obispo

A la hora de revisar el origen de Bubblegum Alley, llega la polémica. No es fácil, como ocurre con estas expresiones populares, identificar su historia concreta. Parece claro que hay que remontarse a los años 60, pues en la década de los 70 ya estaba establecidísima esta costumbre, pero hay dos versiones diferentes: algunos historiadores señalan la época de la posguerra, tras la Segunda Guerra Mundial, como una celebración más en la graduación de los estudiantes del San Luis Obispo High School. Otros, sin embargo, señalan la década de finales de los 50, y la costumbre llegó como parte de la rivalidad entre los estudiantes de este instituto y los de la California Polytechnic State University.

Desde su 'nacimiento', fuese cuando fuese, le ha acompañado la polémica: evidentemente, a nadie (y por nadie, queremos decir los comerciantes de las inmediaciones) le gusta tener un monumento de estas características cerca, aunque la discusión actual gira en torno a si debería al menos desinfectarse de vez en cuando (algo que, al parecer, sí suele hacerse, según algunos medios locales, gracias al dueño de un pub cercano).

De hecho, en la década de los 70, el callejón se limpió por completo en dos ocasiones, pero los visitantes rápidamente volvieron a llenarlo y desde entonces no ha vuelto a sufrir variaciones. Es más, en las inmediaciones hay una tienda que convenientemente vende chicles de todo tipo de colores y sabores, porque no es solo la participación per se, en algunas ocasiones se crean hasta pequeñas esculturas o imágenes.

Desde luego, una curiosa atracción que rinde homenaje a esta chuche, no solo el 13 de enero, Día Mundial del Chicle, sino todo el año. Y lo merece, porque se estima que al año se consumen unas 100.000 toneladas de chicle en todo el mundo... Casi nada.