Brujas: Del arte medieval al culto al cuerpo

Escondida entre campos de tulipanes y abrazada por un laberinto fluvial, la joya mejor conservada de Flandes despierta de un sueño de siglos dispuesta a recuperar el tiempo perdido, pero sin olvidar ni una sola de sus leyendas. La medieval Brujas, que sorprende al viajero por la armonía de sus contrastes y por el solitario romanticismo de sus empedradas callejuelas, muestra este verano su mejor cara con la celebración del Corpus'' 05, un festival de los sentidos que rinde culto al cuerpo humano.

María Bayón

Amanece en Brujas y el tímido sol del Norte arranca destellos de oro en las vidrieras de sus centenarios palacetes. Sus fachadas medievales se desperezan lánguidas sobre las frías aguas de sus canales de plata y observan incrédulas cómo su belleza continúa intacta un día más, un siglo más.

Un cisne se posa sin ruido sobre el agua y sobresalta a dos turistas madrugadores. Un par de bicicletas rompen el silencio ayudadas por el eco de los primeros pasos que recorren sus adoquinadas calles. Amanece en Brujas y la ciudad ansía expectante los flashes de los más de tres millones de turistas que cada año la visitan. Como una estrella de cine, espera que el viajero rinda tributo a su cuidada belleza. Razones no le faltan a la paciente Brujas.

La historia de esta urbe, que data del siglo II después de Cristo, se escribió a golpe de abandonos y contrastes, a fuerza de olvidos y recuerdos. Si durante la Edad Media su riqueza parecía inabarcable, pronto una serie de deserciones la obligaron a creer lo contrario.

El primero en negarle sus favores fue el mar, que, ajeno a su gloriosa actividad comercial, decidió retirarse para siempre durante la dominación española de la ciudad. Eran los comienzos del siglo XVII y Brujas se quedaba sola frente a un estuario baldío salpicado por la sangre que sobre Flandes dejaron las guerras de religión.

La ciudad comenzó entonces a sumirse en un profundo sueño del que ni siquiera despertó cuando la revolución industrial pasó fulguran te por otras urbes vecinas cambiando para siempre su fisonomía urbana. El laberíntico corazón medieval de Brujas no se manchó de humo.

Sus elegantes palacios siguieron albergando telarañas, llenando de leyendas del pasado un presente cada vez más pobre y sombrío, consiguiendo que el enclave pareciera un cuento del que nadie se acordó de escribir un final. Hasta que la suerte volvió a intervenir: Georges Rodenbach escribió Brujas la muerta, y fue tal el magnetismo de su relato que cientos de viajeros quisieron ver la cara de aquella Bella durmiente sin príncipe. Y aquel rostro de princesa recién levantada, todavía aturdida por el sueño, fue el mejor reclamo para que su fama se extendiera por los confines del Viejo Continente, para que nunca faltaran admiradores de su belleza.

Una belleza etérea, casi inalcanzable, definitivamente distinta. Porque la ciudad, fiel reflejo de su historia, transmite emociones contradictorias, y al caminar por sus serpenteantes callejas el viajero puede sentirse asaltado por retazos de melancolía indescriptible, por frustraciones olvidadas o simplemente por imperiosos deseos de grandeza.

Pero la magia de sus secretos no es sólo un producto de la nostalgia; los serenos canales de Brujas también inspiran calma, también invitan a gozar de los pequeños detalles, a disfrutar de una vista en la que seguro no ha reparado nadie en varios siglos. El visitante puede hacer suya la ciudad y ése representa su mayor regalo: la íntima emoción que otorga el saber que tanta belleza también puede ser nuestra, al menos durante un instante.

Hay pocos rincones de Brujas que no merezcan ser inmortalizados, y así lo entendieron desde siempre los aclamados pintores flamencos. Jan van Eyck y Hans Memling regalaron a la ciudad sus mejores pinceladas y atraparon para siempre el encanto de sus mil recovecos y la magia de su atmósfera norteña.

Hoy muchos de sus lienzos cuelgan de las paredes del Museo Groeninge, un templo del arte que ofrece un apasionante resumen de seis siglos de pintura flamenca: desde Jan van Eyck hasta Marcel Broodthaers, desde los primitivos flamencos hasta los artistas más vanguardistas del momento.

Pero el Groeninge no es el único museo de Brujas. La ciudad cuenta con un patrimonio artístico impresionante que no sólo habita en sus calles y edificios sino también en sus muchas iglesias y en sus numerosos museos, lugares todos donde conocer un poco más de la historia y de los quienes la escribieron.

Destaca por su originalidad el Museo Memling, situado en uno de los hospitales medievales más antiguos de Europa. Completamente restaurado, sus orígenes se remontan al siglo XII y en sus atmosféricas salas aún se puede viajar en el tiempo. La iglesia del Hospital cuenta con los soberbios paneles que Memling pintó en el siglo XV. Además, se puede visitar la farmacia del museo, que data del siglo XVII y que sorprende por su perfecta conservación.

En resumen, una visita muy recomendable que no dejará a nadie indiferente. Pero si lo que está buscando es un golpe de originalidad, investigue los molinos de Brujas. Muchos han desaparecido, pero antaño la imagen de muralla de la ciudad estaba salpicada de ellos. Hoy por hoy se puede visitar el molino de Sint-Janshuis, una joya con aspas del siglo XVIII, el único, por cierto, que se encuentra en su enclave inicial. Aunque los otros tres molinos que siguen en pie han cambiado de sitio, sigue mereciendo la pena visitarlos. Y no sólo por ellos, también por el lugar donde se encuentran.

La ciudad está casi rodeada por un canal arbolado , y pasear por él es uno de los muchos lujos que ofrece Brujas. La caminata es agradable y las vistas son maravillosas. Y por si esto fuera poco, a lo largo del recorrido se irá tropezando con varios deliciosos cafés con terraza que, alejados de la concurridísima Plaza Mayor, alegran el espíritu de los que prefieren la calma de lo cotidiano.

Allí los parroquianos leen tranquilamente o conversan junto a una buena cerveza a precios mucho más sensatos que los que ofrecen los establecimientos del centro de Brujas. Y es que el corazón de la ciudad es un hervidero humano, especialmente durante los meses de primavera y verano. Sorprende que una urbe de reducidas dimensiones sea capaz de absorber a tantos miles de turistas, y sin embargo lo hace.

La oferta gastronómica es variadísima y muy elevada. Intente contar en uno de sus paseos el número de restaurantes que ve y más pronto que tarde dejará la tarea por imposible. Es mucho mejor que los pruebe porque todos, incluso los muy turísticos cafés de la Plaza Mayor, poseen un encanto especial. Sus coloristas terrazas alegran la vista al viajero y sus interiores, coquetos y refinados, alegran el espíritu y el estómago. Recuerde que los mejillones (moules) son el plato típico y las salsas que los acompañan una buena excusa para probarlos.

En casi todos los locales se puede beber cerveza, pero no una cualquiera: el camarero les ofrecerá un menú cargado de sugerentes opciones, empezando por la joya local, la Straffe Hendrik, una rubia muy potente que se bebe sin apenas darse uno cuenta. No es la única, las destilerías belgas ofrecen al amante de esta bebida una sorpresa tras otra, y todas muy agradables. Investigue y elija su favorita, será muy difícil que no la encuentre.

Ocurre algo parecido con sus exquisitas chocolaterías , donde incluso los menos golosos caerán en la tentación. La variedad de trufas, pralinés y bombones es extenuante, y la calidad, indescriptible. Sólo con el olor sentirá que se le hace la boca agua; un aroma, por cierto, que serpentea indolente por los muchos recovecos de Brujas y que se queda pegado en el recuerdo y a veces también en la báscula.

Si, pese a todo, está decidido a disfrutar, una buena idea es empezar por el Museo del Chocolate (Wijnzakstraat, 2), el lugar perfecto para conocer a fondo la novelesca historia del cacao. El museo le sumergirá en el universo maya y azteca, y de paso le irá obsequiando con un menú degustación inolvidable. Además, sabrá cómo los belgas consiguen hacer filigranas con tan preciado producto, pues la visita cuenta con un buen número de demostraciones prácticas del mejor arte de los maestros chocolateros.

Una vez de vuelta a las calles de Brujas podrá comprar en cualquier chocolatería con conocimiento de causa y, de paso, lanzarse a las nuevas tendencias en mezclas como, por ejemplo, la de los bombones de chile picante; definitivamente una sorpresa para el paladar.

Recuerde que la noche de Brujas comienza pronto, al menos antes que la española, y no es raro que los restaurantes cierren sus puertas a las diez o diez y media. La vida nocturna de la ciudad no es la de una metrópoli, pero también es fácil encontrar bares donde darse un respiro aferrados a un buen cóctel.

En muchos hay pequeños conciertos en directo que con- vierten la velada en una experiencia muy agradable. Pero si realmente quiere vivir una sensación única, opte por visitar el Edificio de Conciertos de la ciudad, la joya de la corona de la Brujas más vanguardista.

Su arquitectura se inspiró en dos conceptos: aventura y apertura, por lo que el edificio no le dejará indiferente ya que es una referencia en arte moderno. Llama la atención su Torre de la Farola, un minarete de 28 metros de altura desde el que se consiguen las mejores vistas de la ciudad. Precisamente allí se instaló una sala de música de cámara con capacidad para 300 personas. Sus conciertos son perseguidos con ahínco por los belgas, amantes donde los haya de la música y la mejor acústica.

Tenga en cuenta que su Sala de Conciertos, con capacidad para 1.300 personas, es como la plaza pública de la ciudad. Cuenta casi a diario con distintos espectáculos, no sólo conciertos, también todo tipo de representaciones internacionales dedicados a las artes escénicas. Además, es un lugar que puede alquilarse para eventos privados, una opción que aprovecha la sociedad de Brujas con mucha frecuencia.

Ver y ser visto en el Edificio de Conciertos constituye todo un deber para los locales y un placer para los viajeros amantes del arte. Un arte que se expresa de mil maneras en la urbe: desde sus esbeltos campanarios góticos hasta sus tradicionales tiendas de encaje de bolillos, uno de los mayores reclamos de Bélgica a la hora de comprar.

En los alrededores de la Plaza Mayor de Brujas son muchos los establecimientos que tientan al visitante con sus filigranas de hilo blanco, y no es raro que en sus puertas se encuentre una señora vestida a la antigua usanza con su multicolor mundillo. Mientras los flashes de los turistas acribillan a la paisana, sus dedos se mueven a una velocidad endiablada creando puntillas de excepcional belleza.

Sin embargo, la ciudad ofrece muchas más tentaciones a los amantes de darle gusto a la tarjeta de crédito. Son famosos sus diamantes y su sólida manera de engarzarlos, desde los diseños más clásicos hasta los más nuevos y atrevidos. Las joyerías de la urbe sorprenden por su elegancia y por la calidad de sus productos. Y otro tanto ocurre con sus tiendas de ropa.

Los flamencos, aclamados antaño por lo exquisito de sus telas, son hoy unos excepcionales diseñadores, algo que podrá comprobar sin problemas en cualquier escaparate. Comprar en sus tranquilas callejuelas constituye otro placer más para disfrutar de la misteriosa Brujas, una ciudad que debe su nombre a la palabra vikinga brygglia, que puede traducirse como "embarcadero".

Un enclave abandonado por el mar y el ruido, rescatado por el encanto de su atmósfera medieval, por sus románticos rincones sombríos y por la serena belleza de sus canales. Una historia que es eterna porque acaba de empezar. Descifrar el auténtico mensaje secreto de la ciudad de Brujas es tarea de cada viajero, y el resultado siempre dependerá de su estado de ánimo, de la temperatura de su alma, del momento que elija para adentrarse en los misterios de un enclave que parece territorio de los sueños.