Bristol, la ciudad alternativa

Anárquica, desenfadada, rebelde, esta metrópoli inglesa a menos de dos horas de Londres goza de una insaciable vida cultural.

Noelia Ferreiro
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Foto: ChrisHepburn / ISTOCK

Es la ciudad más activa del suroeste de Inglaterra, la gran exponente del ocio alternativo. Bristol es ese lugar donde siempre hay una llamada cultural a la que asistir, un evento detrás de otro, una excusa para salir de casa y empaparse de las manifestaciones artísticas a pie de calle. Hoy el festival del graffiti, mañana la exhibición de globos aerostáticos, pasado una cita musical con decenas de conciertos al aire libre.

A apenas un par de horas desde Londres, esta metrópoli, que se está erigiendo en el primer destino de los españoles para estudiar inglés, tiene el encanto desaliñado que le confiere su población eminentemente joven, cuya estética desenfadada combina con una peculiar arquitectura en la que caben provocadores murales al lado de sobrias iglesias góticas. Porque Bristol tiene el privilegio de ser la cuna de Banksy, el famoso artista del spray que ha dejado su impronta en las fachadas y cuyas carismáticas obras dotadas de mensaje atraen en peregrinación a miles de viajeros. 

Graffiti de Banksy en Bristol. | rafalkrakow / ISTOCK

También en esta ciudad, que fue la primera en el Reino Unido en hacer de la bicicleta un medio habitual de transporte y que por ello se ganó en 2015 el título de Capital Verde Europea, nacieron bandas tan imprescindibles como Massive Attack, Portishead o Triky, que dieron a luz el sonido Bristol. Esto y la Universidad justifican su famosa vena trasnochadora, la que se nutre de los incontables clubs, pubs y bares siempre con música en vivo.

Antes de este fervor juvenil, Bristol era una de las principales metrópolis portuarias –siempre en competencia con Liverpool- que tejió su vida en las márgenes del río Avon. De esta herencia marítima queda el Floating Harbour o Puerto Flotante que hoy, extinguida ya su agitada actividad comercial del siglo XIX, conserva el romanticismo de sus muelles rescatados de las ruinas y reconvertidos en estilosos restaurantes. Al norte se extiende el centro histórico de la ciudad, reconstruido casi por completo tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Aquí encontramos los museos y los monumentos más serios, así como todo un legado de iglesias medievales: New Room o la primera capilla metodista del mundo, la Catedral con la capilla de Lord Mayor enfrente, o, un poco más apartada, St. Mary Redcliffe que, según aseguró la reina Isabel I, "es la parroquia más justa, respetable y famosa de Inglaterra".

Torres de la Universidad y de la Catedral en Bristol. | pjhpix / ISTOCK

Existe también una zona que en nada tiene que envidiar a su vecina Bath en lo que atañe a esplendor georgiano. Es el barrio residencial de Clifton, al noroeste, que ofrece la cara más apacible de la ciudad: calles recoletas con pequeños cafés, boutiques y restaurantes; joyas arquitectónicas como Cornwallis o Royal York Crescent; y casas elegantes rodeadas de jardines donde reside la población más pudiente.

Pero si hay algo de lo que Bristol se siente especialmente orgullosa, esto es su Puente Colgante, icono de la ciudad, diseñado por el ingeniero Isambard Kingdom Brunel. Esta espectacular construcción que cruza la garganta del río Avon a 75 metros de altura sobre un vertiginoso vacío, tiene la macabra reputación de ser un imán para los suicidas. Pero también es el lugar de encuentro de los jóvenes a la hora del atardecer. Nada extraña puesto que las vistas resultan apabullantes con la panorámica sobre el desfiladero y el entramado de la ciudad, tan anárquico como elegante. Tanto es así que este enclave es toda una delicia para las filmaciones cinematográficas.