Brasil, cómo hacer el indio en el Amazonas

La llamada de la aventura nos llevó hasta el Amazonas, a visitar una tribu de la zona. Pero los indios y el gran río ya no son, desde luego, lo que eran: los primeros quieren tarjetas de móvil y las pirañas del segundo hay que buscarlas cerca de las casas. Lo mejor: la gente alucinada al ver la llegada de Loles León (que sufrió algún que otro percance) y los cuerpos de la playa de Ipanema (el mío lo guardé para no dejarles en ridículo...).

Jorge Salvador

PRIMER DÍA
El lío de los 50 pescados
Visita a una tribu de indígenas del Amazonas. ¡Qué aventura!, ¿no? Pues no. Todo empezó unas semanas antes: habíamos llegado a un acuerdo con el jefe de la tribu por el que nos piden que les lleváramos cincuenta pescados y... ¡unas tarjetas de recarga para móvil! (vaya, indígenas primitivos no parecen). Pero lo que parecía una simple jornada al más puro estilo "National Geographic" estaba a punto de complicarse peligrosamente. Al llegar a la tribu aparecen dos indígenas que nos saludan cordialmente y nos reclaman los cincuenta pescados. Nosotros, como si fuéramos Cristóbal Colón o Francisco Pizarro, les dimos nuestra mercancía a cambio de poder pasar unas horas con ellos; pero ya era tarde, el lío estaba formado...
(Una hora más tarde)
Subimos la colina que conduce al poblado indígena y cuál sería nuestra sorpresa cuando el jefe de la tribu nos recibe muy cabreado, incluso con algún grito y gestos poco cordiales. "¿Y los pescados? ¿Dónde están nuestros pescados?". Resulta que en la colina viven dos familias en dos aldeas separadas por escasos metros y que están peleadas entre ellas. Los indígenas a los que dimos los pescados eran los de la tribu contraria. El indio más listo, para joder a su vecino, se había adelantado a pedir los cincuenta pescaditos. En cuestión de segundos me imaginé los titulares: "Unos españoles provocan el inicio de una guerra tribal en el Amazonas". Por fortuna, todo se arregló tras 30 minutos de negociación y enviando una lancha rápida a Manaos en busca de otros cincuenta pescados.
(Dos horas más tarde)
Uno de los temas pactados con el jefe de la tribu era permitir a Sardá disfrazarse de indígena y bailar una danza tribal delante de un grupo de turistas, y así fue: tras 10 minutos de pintarrajear a Javier y otros 10 minutos de carcajadas, Sardá ya estaba listo para la ceremonia. El problema surgió cuando los turistas llegaron antes de lo previsto y Sardá no tuvo tiempo de ensayar la coreografía. Momento de caos, ¿qué hacemos? Los indígenas fueron mucho más rápidos que nosotros. Había que improvisar. La hija del jefe agarró a Sardá del brazo y lo arrastró por la choza al ritmo de los tambores a trompicones. Javier parecía que había bailado danzas tribales durante toda su vida. Los del programa "Mira quién baila" deberían fichar rápidamente a la hija del jefe como profesora de baile. Desde luego, se ahorrarían las jornadas de ensayo. Sardá al final cogió confi anza y se arrancó con otro baile, pero en éste todos sufrimos muchísimo: ¡el pie del jefe de la tribu estaba en grave peligro!... La coreografía de este segundo baile consistía en golpear el suelo con una gruesa caña de bambú que al dar con la superfi cie de la choza producía un golpe seco preocupante, aquello pesaba mucho. Cuando empezó la danza, Javier Sardá golpeaba con fuerza el suelo sin tener en cuenta el ritmo de los pies del jefe, que inconscientemente daba pasitos para adelante y para atrás. En cualquier momento podía coincidir el bastonazo de Sardá con los dedos descalzos del patriarca indígena y la ceremonia podría convertirse en una sangría de dedos digna de "La matanza de Texas". Por fortuna, la sangre no llegó al Amazonas.
SEGUNDO DÍA
Llega Loles León
La llegada de Loles León a Manaos (la capital del Amazonas) fue traumática para los ciudadanos de esta ciudad. Es como si la Infanta Elena entrara un día en un bar de camioneros. La gente miraba a Loles como si hubiera llegado un extraterrestre, y es que Loles iba un tanto extremada, toda ella de arriba abajo de leopardo: blusa, mallas, sombrero, zapatos y hasta guantes. De hecho, si hubieran visto un leopardo auténtico no se hubieran sorprendido tanto. Para más inri, las prendas se las había prestado su amiga, la diseñadora Elena Benarroch. Por si esto fuera poco, también llevaba toda la tienda Coronel Tapioca encima, hasta un aparatito en el canalillo del pecho que emitía un zumbido para asustar a los mosquitos. El zumbidito provocaba que estar 5 minutos al lado de Loles te volviera loco. El problema llegó cuando Loles tuvo que pisar la selva. La primera huella dejó pequeña la pisada de Armstrong en la Luna; el pie quedó sumergido en el barro y de repente se oyó un grito desgarrador: "¡Mis zapatos de leopardo! ¡Tengo que devolverlos! ¡Valen 600 euros!". A partir de ese momento Loles no fue la misma. Se pasó dos noches intentando arreglar el estropicio, pero los tacones ya no tuvieron arreglo. Fue un pequeño paso para una persona, pero muy caro para Loles León.
TERCER DÍA
La pesca de la piraña
Hoy toca día de pesca en el Amazonas. Misión: pescar unas cuantas pirañas. Dicen que tiras un trozo de carne en el Amazonas y en cuestión de segundos desaparece devorado por las pirañas. ¡MENTIRA! Pasamos media hora echando carne al río y no había manera. Al cabo de un rato empezaron los nervios y nuestro guía, contrariado por el fiasco, se emperró en conducirnos a otro lugar más apropiado para la pesca. El lugar resultó ser al lado de una casa flotante, ¡vaya lugar tan salvaje! Resulta que a las pirañas lo que les apasiona hoy en día es comer desperdicios que lanzan por las ventanas los descuidados habitantes del Amazonas, y así fue sólo amarrar la barca y empezaron a picar. El problema es que el decorado no era el más apropiado para una escena salvaje de pesca de pirañas y el guía se negaba a salir de la zona para no herir su orgullo de pescador. A todas estas, la piraña va y pica, y mientras el guía intenta sacar el anzuelo de la boca de la piraña, el realizador se enfada con éste porque la toma no es buena, el guía entonces se distrae y... ¡ñaca! La piraña le muerde en el dedo y se le lleva un trozo de carne del índice, con lo que la piraña se desprende del guía y queda suelta, vivita y coleando por la barca. ¡Caos absoluto! Loles grita histérica... El guía, impresionado por la cantidad de sangre que sale de su dedo, va y se desmaya... Solución: apartar al guía desmayado y volver a grabar la toma con la piraña muerta... Pasarán años hasta que los dueños de aquella casa flotante olviden cómo un grupo de locos provocaron un caos, con gritos, nervios y desmayos, por una piraña carroñera que vivía tan tranquilita debajo de su casa.
CUARTO DÍA
Un mini-tsunami en la playa de Ipanema
Vamos a Río de Janeiro, a grabar unos planos en la playa de Ipanema. Lo primero que me viene a la cabeza es: "¡No te quites la camiseta que vas a hacer el ridículo!". Mis michelines van a llamar demasiado la atención. Todo el mundo luce una fi gura espectacular. Parece un club de gimnasia en la playa. Pero de repente sucede lo que nadie esperaba: una ola barre la playa, llevándose todo por delante, sombrillas, sillas plegables, toallas y a nosotros mismos. En cuestión de segundos el mar pasó a cubrirnos por la cintura y la gente empezó a gritar "¡tsunami!". En realidad fue un mini-tsunami también llamado "ola cabrona". Un helicóptero pasó media hora rescatando gente que se había llevado la resaca mar adentro. La glamourosa playa de Ipanema se había convertido en unos minutos en un desastre.