Braga y su escalera hacia el cielo, el destino ideal para la cuaresma

Una escapada perfecta desde Oporto

José Miguel Barrantes Martín
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Oporto es uno de los destinos más evocadores y recurrentes de cuantos nos atraen de Portugal a la hora de pensar en realizar un viaje. El hecho de su cercanía, su famoso encanto a orillas del río Duero, su gastronomía y los aires atrayentes del país vecino, hacen de él un lugar marcado con letras de oro que nunca defrauda. Muy cerca de esta bella población, a tan sólo unos 50 kilómetros por carretera, se encuentra situada una importante ciudad que se ha convertido con el tiempo en una de las escapadas más demandadas y sugestivas desde Oporto.

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Considerada por la población portuguesa como la capital religiosa del país – según apunta el dicho popular «Lisboa se divierte, Coímbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja» -, es también una de las más antiguas. Aprovechamos pues la entrada del periodo de cuaresma y «sobrevolamos» este interesante lugar del norte de Portugal para descubrir algunos de sus más importantes secretos.

Un patrimonio religioso excepcional

Braga cuenta con más de 2000 años a sus espaldas, acumulando una historia que se respira al paso de sus callejuelas y plazas. La tercera ciudad más poblada de Portugal es todo un referente cultural y lo demuestra en gran parte a través de sus incontables monumentos, fruto de ese constante flujo de corrientes que la han enriquecido desde su existencia. Seguramente la fuente que más ha nutrido Braga de ese crisol de culturas es el peregrinaje, siendo esta población la principal competidora de Santiago de Compostela durante un largo periodo del pasado.

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Herencia de ese pasado y su importancia como diócesis son las incontables iglesias que se diseminan por toda la ciudad, con la catedral a la cabeza, orgullo de todos los habitantes del municipio por tratarse de la más antigua construida de entre las que se mantienen en pie en Portugal.

La comenzó su andadura como templo hace más de mil años, recorriendo desde entonces un arduo camino en el que se ha ido alimentando y completando con diferentes estilos arquitectónicos que no han hecho sino engrandecerla. Desde el románico hasta el manuelino o el barroco, la joya de Braga y madre de las catedrales lusas nos deleita con un interior único plagado de capillas que nos dejarán con la boca abierta por su rica decoración, como la icónica Capela dos Reis, donde se ocultan varias sorpresas que no se esperan los visitantes.

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Pero más allá de la serie de iglesias de la ciudad – muchas de ellas barrocas – o la insigne catedral, existe un monumento a las afueras del núcleo urbano, a escasos kilómetros, que representa sin lugar a dudas el lugar más venerado y espectacular de este municipio. El Bom Jesus do Monte, un santuario cuya razón de ser gira en torno a los peregrinos, es toda una oda a la belleza y una invitación a la reflexión religiosa.

Situado en lo alto de un monte, donde ancla sus comienzos en el siglo XIV a través de una capilla, ha ido evolucionando a lo largo de los siglos convirtiéndose en un centro de peregrinaje cuyo aspecto actual, con la sensacional escalinata barroca a sus pies, se proyecta como una de las construcciones más bonitas y armoniosas de todo Portugal.

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Los 577 escalones salvando un desnivel de 116 metros forman una estampa incomparable, con la serie de jardines rodeando todo un conjunto que fue recientemente declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El ascenso por las escaleras representa la Pasión de Cristo, evocando el esfuerzo de la subida para alcanzar una cima donde la persona creyente obtiene la recompensa de lo divino; un esfuerzo que ciertamente vale la pena tanto por la belleza del entorno como por las espectaculares vistas que se contemplan desde lo más alto del santuario.

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Un funicular de finales del siglo XIX – el más antiguo de la península ibérica de estas características que aún sigue en uso - permite alcanzar sin esfuerzo el santuario y es una atracción en sí mismo.

Toda una experiencia que, al margen de lo apropiado de su visita durante el periodo de cuaresma por las connotaciones que conlleva, es todo un alegato de esta ciudad como símbolo del sentir religioso; un sentir que alcanza su máximo grado durante la Semana Santa, cuando la población se vuelca en unas celebraciones que están consideradas las más importantes de Portugal. Los Farricocos, con sus características túnicas negras y sus matracas, forman parte de una de las manifestaciones más impresionantes y antiguas de entre las que se llevan a cabo durante esos días en todo el país.

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Más allá de todo ello, Braga nos embriaga con su encanto. Desde la Plaza de la República, centro de la vida de la ciudad, nos esperan lugares y monumentos que no podemos dejar de ver en nuestra visita. La Rua do Souto, el Palacio dos Biscainhos y sus jardines, la Iglesia de Santa Cruz – con los tres gallos de su fachada y su leyenda -, el precioso y llamativo exterior del Palacio do Raio, la Iglesia y Convento do Pópulo, el magnífico e imprescindible interior de la Capela dos Coimbras o el céntrico y elegante Jardín de Santa Bárbara, son todos ellos los principales acicates para rendir homenaje a Braga y dedicarle una escapada que nos sorprenderá.