Boston, la elegante cuna de los Kennedy

Orgullosa de su pasado colonial, de su antiguo linaje y su crucial papel en la independencia de Estados Unidos, la elitista ciudad de los Kennedy se autoproclamó un día "el centro del universo". Una broma que define la arrogancia de los bostonianos, que viven a orillas del río Charles, frente a dos de los grandes centros intelectuales y tecnológicos del país (Harvard y el MIT), en una urbe de elegantes mansiones y barrios de inmigrantes irlandeses con más de 7.000 edifi cios históricos, calles empedradas iluminadas con farolas de gas y muchos sellos turísticos frente a un resucitado puerto.

Noelia Sastre

Las últimas imágenes de Boston nos han llegado a través de la cámara de Martin Scorsese en su oscarizada película Infiltrados, como lo hizo hace cuatro años Clint Eastwood con Mystic River y las populares series de televisión Ally McBeal y Cheers hace algunos más. De Boston conocemos a los Red Sox, el equipo de las medias rojas por el que los bostonianos se dejan el alma y el gaznate en cada partido. Tanto, que la taquillera Drew Barrymore protagonizó en 2005 un filme sobre este equipo de béisbol que levanta pasiones.

Boston es también la ciudad de los Kennedy. En Brookline se conserva la casa donde JFK nació en 1917 y una biblioteca-museo recuerda al presidente asesinado. Y la de John Kerry, el demócrata que intentó ganar a Bush en las presidenciales del 2004, cuando los Red Sox ganaron su primera Serie Mundial en 86 años. Los vecinos de Kerry en el elegante barrio de Beacon Hill se acostumbraron a los fotógrafos que rondaron su residencia durante meses, hasta que el senador reconoció la derrota en un emocionado y amargo discurso en el histórico Faneuil Hall, edificio de 1742 dedicado a la discusión y oratoria de rebeldes y patriotas en una urbe que presume de su importante papel en tiempos de la colonia, pero, sobre todo, de su crucial rol en la independencia.

En el Boston de finales del siglo XVII se juzgó a las brujas de Salem y nació el primer periódico de Estados Unidos. Allí está el faro más antiguo del país (1717) y se leyó la Declaración de Independencia en 1776. Casi un siglo después, Louisa May Alcott publicó Mujercitas. Boston está además junto a Cambridge, esa tranquila población al otro lado del río Charles donde quedan el Massachusetts Institute of Technology (MIT), creado en 1861, y la prestigiosa Universidad de Harvard, fundada en 1636 y bautizada con el nombre de su benefactor, el británico John Harvard.

Tan querida como odiada por los americanos, Boston arrastra su imagen de sosa, pija y elitista, pero también la herencia irlandesa e italiana de sus primeros inmigrantes. Bueno, en realidad los primeros fueron los reformadores calvinistas británicos que en 1630 decidieron crear una nueva sociedad, un "reino de Dios visible sobre la colina", una "sagrada commonwealth" que buscaba purificar la Iglesia. Así que un grupo de 150 colonos compraron la península de Shawmut y la llamaron Boston en homenaje a su ciudad en Lincolnshire, que estaba situada al otro lado del Atlántico.

La ciudad de Boston creció rápido, tanto como las arcas de los mercaderes que se enriquecieron a toda velocidad con la pesca del bacalao, el comercio de esclavos y la construcción de barcos hasta que los ingleses pidieron más impuestos y prohibieron la moneda colonial y el lucrativo comercio de azúcar con las Indias. Así nació el germen de la revolución, al grito de "no pagaremos sin representación", comandados por los Hijos de la Libertad de Paul Revere, Samuel Adams y John Hancock.

Los ciudadanos se armaron. Nacieron los Minutemen (sí, el mismo nombre que esos grupos ultraconservadores que hoy andan a la caza de inmigrantes en la frontera con México, pero entonces eran civiles dispuestos a luchar "al minuto" contra la colonia opresora). Las batallas se recrudecieron y el general George Washington llegó a Cambridge para dirigir a las fuerzas rebeldes. Tras la revolución, los ricos confiaron en el joven arquitecto Charles Bulfinch para transformar una villa de casas de madera y polvorientos caminos en una ciudad de adoquines y ladrillo. Bulfinch levantó las mansiones de Beacon Hill, un barrio coronado con la Massachusetts State House, desde donde lucharon para abolir la esclavitud en la Guerra Civil de 1861. Cuando acabó, el poder económico había abandonado Nueva Inglaterra en favor de Nueva York. Pero Boston seguía creciendo gracias a la inmigración que llegaba de Irlanda (uno de aquellos irlandeses hambrientos fue el bisabuelo de Kennedy), Italia, Portugal, Grecia y el Este de Europa, compartiendo espacio en el North End, el barrio de los restaurantes italianos y las tradiciones católicas.

Crecía también gracias a nuevos proyectos como Back Bay, la respuesta ordenada a los tortuosos callejones del Downtown y las estrechas calles de Beacon Hill, que se levanta justo detrás del jardín público, con su estanque y sus barcas-cisne, separado del parque Boston Common por la calle Charles. Ese parque es el pulmón verde de la capital y el comienzo de Back Bay, con su afrancesada Commonwealth Avenue y sus calles por orden alfabético: desde Arlington, perpendicular al Public Garden, hasta Hereford, pasando por las elegantes y comerciales Newbury y Boylston, donde quedan las terrazas y tiendas de lujo.

El paseo es una muestra de los gustos arquitectónicos del XIX, desde el estilo italianizante hasta el beaux arts o el revival colonial en casas que antes pertenecían a una sola familia y ahora se han dividido en exclusivos apartamentos. Aquí se levantan varias iglesias de interés, hoteles como el Ritz Carlton o el Fairmont Copley Plaza (realizado en 1912 por el mismo arquitecto que creó el hotel Plaza y los apartamentos Dakota en Nueva York), el 500 Boylston diseñado por Philip Johnson en 1988 y la Torre John Hancock que I.M. Pei dibujó en 1976 como la más alta de Nueva Inglaterra junto a la Trinity Church de la céntrica plaza Copley. También la Biblioteca Pública de Boston, el Instituto de Arte Contemporáneo, el Centro de Arquitectura y el Christian Science Center, de nuevo diseñado por Pei, con un reconfortante estanque para los calurosos días de verano. En el Fenway está el Museo de Bellas Artes: una estructura clásica de principios del siglo XX que Pei amplió en 1981. Lo mejor son los tesoros egipcios, la colección de arte japonés, las pinturas impresionistas y los artistas americanos -Hopper- o la escuela de Boston -Sargent y Copley-, además del jardín japonés.

Muy cerca, el Isabella Stewart Garden Museum ocupa un palacio veneciano construido para albergar la colección de esta rica neoyorquina casada con un adinerado hombre de Boston, cuyo comportamiento era demasiado excéntrico para la convencional sociedad del Boston victoriano. La mujer no guardaba leones en la bodega ni los paseaba por Beacon Street, como cuenta una leyenda urbana. Pero tenía intereses muy diversos, desde la filosofía oriental a los Red Sox. Y en su testamento estipuló que todo quedara exactamente como lo dejó. Así se hizo hasta que en 1990 robaron obras por valor de 300 millones de dólares, entre ellas un Vermeer, tres Rembrandt, cinco Degas y un Manet, que todavía no han aparecido. Aun así, en el museo quedan piezas de Bellini, Matisse o Botticelli. El arte y el deporte, dos palabras que definen Boston, se dan la mano en esta zona donde también se levanta desde 1912 el Fenway Park de los Red Sox, el más pequeño y más antiguo estadio de las grandes ligas. Desde aquí se llega al Harvard Bridge, que cruza el río Charles hasta el MIT, con sus barcos y paseos llenos de ciclistas, joggers y skaters. Es una de las mejores imágenes en esta ciudad que alardea de un viejo chiste: "Boston se levanta donde los ríos Mystic y Charles se encuentran para formar el Océano Atlántico". La broma refleja el inmenso orgullo (o la arrogancia) de una urbe que provoca opiniones encontradas. Boston era "un estado mental" para Mark Twain y "una pieza de museo" para Frank Lloyd Wright. Y sí, puede que se haya vendido tan bien que ahora muchas poblaciones la imitan para promocionar sus productos.

Pero la capital de Massachusetts lleva décadas de ventaja, desde que el profesor de Anatomía Oliver Wendell Holmes la definió como "el centro intelectual del continente, y por tanto del planeta". Al osado profesor le siguieron otros más atrevidos, que proclamaron la Massachusetts State House como "el centro del universo". Ahí es nada. Y aunque este título no nació para ser tomado del todo en serio, irritó a filósofos como Bertrand Russell, al que nunca le convenció el orgullo de antiguo linaje. "Boston está cubierto de moho, como el parisi- no Faubourg St. Germain. A menudo quiero preguntarles de qué están tan orgullosos", escribió en 1914. Dicen que sólo un bostoniano puede entender a otro bostoniano. Y con la autoestima por las nubes, han seguido modernizando el Downtown (los rascacielos se multiplicaron en los 80), escondiendo los coches de la autopista con un nuevo túnel bajo el puerto y revitalizando los muelles para llegar en plena forma al 377 aniversario que cumple este año.
Boston sigue convenciendo con su imagen de vieja ciudad (para estándares americanos), sus más de 7.000 edificios históricos (para estándares locales), sus calles empedradas iluminadas con farolas de gas y sus dos grandes reclamos turísticos: el Freedom Trail y el Faneuil Hall Marketplace. La primera es una ruta de cinco kilómetros, siguiendo un camino pintado en el suelo que une 16 puntos históricos, desde el Boston Common hasta el monumento a la batalla de Bunker Hill en Charlestown (al otro lado del puerto), pasando por las dos State House, la iglesia de Old North, la casa de Paul Revere o el USS Constitution, el barco más antiguo de la armada estadounidense. La zona de Marketplace, frente al agua, con el Quincy Market lleno de restaurantes y tiendas de souvenirs, fue rehabilitada en los 70. Y el puerto, la gran joya de Boston junto al río Charles, ha resucitado para disfrute de sus 580.000 habitantes y los miles de visitantes que recibe cada año esta capital que eligió a su primer alcalde italoamericano, el demócrata Thomas Menino, en 1993.

Menino rige desde entonces el destino de la principal ciudad de Massachusetts, el Estado que ha perpetuado la dinastía Kennedy en el Senado (Ted Kennedy, hermano de John y Robert Kennedy, lleva 45 años en la Cámara Alta) y cuyo gobernador, el también demócrata Deval Patrick, se convirtió en enero en el segundo gobernador negro en la historia del país. Su antecesor, el republicano y mormón Mitt Romney, se ha lanzado a la carrera hacia la Casa Blanca. Seguro que todos han pasado muchas horas en las cercanas dunas de Cape Cod y Martha''s Vineyard.